Sale o sale. Algunos objetos llegan a venderse hasta a una cuarta parte del precio del mercado.
Puede resultar raro y hasta algo incómodo para quienes no lo hayan experimentado todavía, sin embargo cada vez son más las personas que optan por hacer de su casa un negocio poniendo a la venta todos o gran parte de los objetos que utilizan a diario. Una versión remixada de las ventas de garage norteamericanas que cada vez tienen más eco en Pilar.
Surgido en los Estados Unidos como una manera conveniente de desprenderse de los objetos que llevan tiempo en desuso ocupando lugar en cajones y armarios (y de los que ninguna casa está exenta), este tipo de remate domiciliario comenzó a consolidarse en la Argentina en los últimos años entre personas a punto de mudarse o dueños de propiedades en sucesión, ya de forma más abarcadora y profesionalizada.
Tal es así, que hoy existe un mercado de empresas especializadas que se encargan desde tasar los objetos hasta contratar el personal de seguridad necesario.
Carmen García junto a su socia Liliana Smith se inició en la actividad hace dos años cuando el auge estaba en los barrios porteños de Palermo y Recoleta. Hoy el panorama es distinto: “la zona de Pilar vino creciendo muchísimo en el último tiempo en el tema de las ferias”, afirmó la mujer que precisamente este fin de semana se encuentra abocada a la organización de un evento de estas características en una casa del country Saint Matthew´s.
En cuanto al procedimiento, explicó que en estos encuentros todos los objetos de la casa se encuentran a la venta, desde costosas obras de arte hasta artículos de bazar, pasando por indumentaria, libros y muebles. En tanto que los honorarios de las empresas organizadoras consisten en un porcentaje del volumen total de ventas. “Para todo –aseguró- siempre hay un comprador”.
Una ganga
Además de la variedad y las curiosidades que pueden llegar a hallarse, como objetos familiares heredados imposibles de conseguir en una tienda, el máximo atractivo que tienen estas ferias es el precio de los productos.
Según García, “depende del estado del producto, pero los objetos suelen venderse a un 50% menos que el valor del mercado”, en tanto que la rebaja en la indumentaria es aún mayor y suele venderse a un 30% del precio original. “Se pueden comprar objetos desde 1 peso, sobre todo en bazar”, juró la mujer.
Por su parte, José Riu de la firma Matilda Mouse, con cuatro años de experiencia, hizo una diferenciación entre los productos: “hay muebles que son piezas únicas, nosotros vendimos uno hace poco a 15 mil dólares y valía eso o una araña de cristal de Murano a 6 mil pesos, pero en productos genéricos el precio se reduce a la tercera o cuarta parte”.
Así, a modo de ejemplo, indicó que “un juego de platos que cuesta 600 puede venderse a 50 pesos, o un mueble de los que se consiguen en Easy a 300 pesos se vende a 80”.
Más allá de las piezas únicas favoritas del público entendido, son la indumentaria –carnada efectiva para la mujer si las hay- y los electrodomésticos las primeras cosas que suelen volar de las ventas de garage.
No obstante, ponerle el pecio a un producto es una de las tareas más engorrosas para los organizadores, dado que es allí donde se cruza el valor afectivo que le otorga el propietario y el del mercado. “No es como comprar algo en un lugar nuevo, acá hay objetos que en algunos casos vienen de los bisabuelos, es muy fuerte para la gente y a veces estamos varios días para hacer un inventario”, expresó García.
El público
Cazadores de oportunidades y regateadores en su gran mayoría, el público habitué de este tipo de encuentros se divide, según Riu, en tres categorías: “los que llegan primero, que en general tienen casas de antigüedades y compran para la reventa, los consumidores finales que van con un capital para gastar, y los curiosos que ya se aburrieron de los shoppings y lo toman como un paseo de fin de semana… y por ahí se llevan u imán para la heladera”.
En tanto que García apuntó que “en las ferias se regatea mucho y a medida que pasan las horas las cosas van bajando de valor, entonces los que llegan primero son los que buscan cosas de valor o antigüedades y también los que vienen casi al final para encontrar las cosas más baratas”.
Al momento de ofrecer una descripción del público que asiste a las ferias, que ella definió como “un mundo aparte”, la mujer que durante 30 años trabajó en el área de marketing definió: “es un target intelectual que va a buscar cosas raras o libros, es gente instruida, es raro ver gente que no sabe lo que va a ver”.
Testimonio
El negocio visto desde adentro
Lucrecia Paggi recuerda entre risas la impresión que le causó ver por la ventana de su casa en un country de la zona la cola de gente que esperaba con paciencia la apertura de la feria para “arrasar” con los objetos que hasta entonces le pertenecían. “Es rara la sensación –relató- uno se imagina como una especie de saqueo, pero la verdad que están muy bien organizadas, hasta con personal de seguridad”.
Precisamente, las empresas se hacen cargo de la vigilancia con la contratación de compañías de seguridad y en algunos casos de miembros de las fuerzas públicas, como el caso de Smith-García que trabajan con personal de Gendarmería.
Anfitriona de ferias en dos oportunidades, no fue una mudanza lo que motivó a Paggi a desprenderse de parte de sus bienes sino las ganas de hacer espacio en su guardarropas y renovar parte de la decoración de su casa. “En cada una de las ferias saqué cerca de 10 mil pesos”, recordó, y agregó “es plata que tenés parada en tu casa en ropa y cosas que ya no usás”.
