por Alejandro Lafourcade
A medio vestir, luego de haber sido ultrajada en el asiento trasero de un Dodge Polara, Virginia Rodríguez caminó por el costado de la Panamericana, rogando que la pesadilla terminara. Al cabo de unos pasos, cinco tiros por la espalda terminaron con su vida de apenas 16 años. Diez días más tarde, otra mujer correrá la misma suerte.
Desde que se develó su identidad, a principios de 1972, Carlos Eduardo Robledo Puch pasó a la historia criminalística argentina por ser un frío verdugo de serenos, a los que ultimaba a pesar de estar dormidos y no advertir su presencia. Sin embargo, Robledo también asesinó a dos mujeres, luego de haberlas llevado en auto con su compañero de andanzas hasta Pilar. Fue en junio del ’71, cuando el Ángel de la Muerte sobrevoló el distrito.
Robledo Puch se crió en Olivos. Su padre era un empleado modelo de la General Motors, y su madre, ama de casa. Juntos lograrán que Carlitos aprenda piano, alemán e inglés. Pero en el barrio los chicos no lo tratan de la mejor manera: por su prolijidad y buenos modales recibe burlas y golpes. Los problemas de conducta aparecen durante el secundario, que termina abandonando luego de deambular sin éxito por tres colegios de la zona, incluyendo un industrial en el que aprendió a usar el soplete.
Luego de algunos robos menores, la carrera delictiva “seria” comenzó al conocer a Jorge Antonio Ibáñez, un joven decidido que despertó gran interés en Carlos. Tanto Ibáñez como su padre tenían antecedentes penales, por lo que fueron la puerta de entrada de Robledo Puch a la delincuencia.
Los adolescentes planean así los primeros trabajos: los objetivos eran concesionarias, joyerías, supermercados y cualquier lugar que contara con una caja fuerte que los entusiasmara. Sin embargo, en sus golpes siempre estaba incluida la muerte: Robledo Puch asesinaba a los serenos que encontraba a su paso, por más que estuviesen durmiendo y ni siquiera se enteraran del robo. Fueron nueve en poco menos de un año.
Destino, Pilar
Virginia Rodríguez era un adolescente de 16 años que debía ejercer la prostitución para poder sobrevivir, en la zona de Constitución, precisamente el barrio en el que vivía Robledo Puch luego de haber abandonado la casa de sus padres, poco antes de cumplir los 19.
La noche del 13 de junio del ‘71, Carlos estaba comiendo en una pizzería cuando Ibáñez pasó a buscarlo a bordo de un Dodge Polara. “Metele que le tuve que hacer la boleta al sereno”, le dijo para apurarlo.
Apenas comenzado el viaje encontraron a Virginia en una esquina, y sin dudarlo la obligaron a subir al auto. Tomaron la Panamericana con rumbo al norte y se detuvieron en Pilar, a la altura del kilómetro 57: con el Dodge estacionado a la vera del camino –cabe aclarar que la ruta, en esas épocas, era un paraje despoblado muy diferente al actual-, Ibáñez desnudó a la fuerza a la joven para después violarla, mientras Robledo esperaba debajo del vehículo, impasible. Sólo aguardaba su momento de actuar, para hacer lo que mejor le salía.
Cuando bajó del auto, Virginia recibió la orden de irse, por lo que con paso apurado comenzó a caminar en sentido contrario a la autopista. No sabía que Robledo la seguía a unos metros de distancia. Le disparará cinco veces por la espalda, para luego sacarle de la cartera unos pocos pesos que no lo dejaron conforme. A él le gustaban los golpes grandes.
Al Polara lo chocaron en el camino de vuelta, luego de recorrer algunos kilómetros, por lo que lo dejaron abandonado, como solían hacer. Al fin y al cabo, robar otro auto o comprarlo con el dinero de un botín era sólo cuestión de tiempo.
Apenas 11 días después, el 24 de junio, la pareja volverá a matar, a bordo de otro Dodge. La víctima fue Ana María Di Nardo, una modelo de 23 años que fue abordada cuando salía de la discoteca “Katoa”, de Olivos. Su novio, que trabajaba en el lugar, miró por la mirilla de la puerta cómo se alejaba la joven, por si sucedía algo raro. Cuando la perdió de vista, aparecieron Ibáñez y Robledo Puch.
El recorrido fue similar al anterior: Panamericana rumbo a Pilar, casi al mismo lugar en el que mataron a Virginia Rodríguez. Pero la situación fue distinta, ya que Di Nardo sabía artes marciales y se defendió del ataque sexual de Ibáñez hasta donde pudo. Luego de un largo forcejeo, el delincuente le ordenó que se fuera, pero sólo para darle paso a Robledo, quien al igual que con la adolescente la atacó por la espalda, esta vez con siete disparos. El Ángel de la Muerte había pasado por Pilar otra vez.
Cautiverio
A principios de agosto, Ibáñez murió luego de un choque, mientras viajaba en auto junto a Robledo Puch, que alcanzó a arrojarse a tiempo del vehículo. Esa fatalidad no lo detendrá, sino que le dará pie para elegir a su nuevo compañero de andanzas: Héctor Somoza, un chico de Saavedra que trabaja en la panadería de su familia. A pesar de tener un empleo estable, se encandiló con el dinero fácil que le ofrecía su amigo. Entre los dos siguió el periplo de asaltos y asesinatos a serenos, hasta que llegó el golpe final.
El 3 de febrero de 1972, ambos ingresaron en una ferretería y, por supuesto, Robledo asesinó al encargado. Luego trabajaron unas cinco horas para abrir la caja fuerte, hasta que sucedió lo inesperado: un gesto de Somoza a espaldas de Carlos hizo que éste se sobresaltara y le disparase. Minutos después aplicó los conocimientos del industrial: con un soplete desfiguró la cara y las manos de su amigo para evitar un reconocimiento, pero un error de principiante marcará el fin de su carrera. Olvidó quitarle del bolsillo la cédula de identidad.
A la policía no le llevó mucho tiempo llegar hasta el chalet de Olivos, del que salió un joven desgarbado que parecía más chico que los 19 años que decía su documento. El terror de los serenos había caído. La imagen del pelirrojo esposado, con remera a rayas horizontales y mirada penetrante será una de las más famosas de la historia del crimen.
Carlos Eduardo Robledo Puch está preso en el penal de Sierra Chica, Olavarría. Condenado a prisión perpetua, es la persona que más tiempo lleva detenida en la Argentina. Sistemáticamente se le han negado la libertad condicional y las salidas transitorias. Tal vez, jamás vuelva a pisar las calles. Nadie se atreve a estampar su firma para dejar suelto al Ángel de la Muerte.
Robledo Puch, es decorado como un frío asesino de serenos.
