por Víctor Ejgiel
Con motivo de la eliminación de nuestra selección de fútbol del Mundial de Sudáfrica 2010, apareció una increíble cantidad de periodistas y técnicos sin título a intentar explicar los por qué de habernos quedado afuera.
Lógicamente con el diario del lunes, como dicen algunos, es fácil decir lo que se tendría que haber hecho, quiénes debieron haber jugado, cuáles eran los cambios, etc.
Lo increíblemente raro es, en frío, darnos cuenta cómo todos o casi todos pusimos nuestras esperanzas en algo más abstracto que la capacidad o la experiencia.
Dejamos que Dios dirija esa pelota para llegar adentro del arco, creímos que ese rosario que Diego llevaba en sus manos era quien le daba la dirección a cada una de sus acciones.
Pero esto no es un hecho aislado, desde hace tiempo vamos desprendiéndonos de la capacidad, de la perseverancia, de las condiciones para hacer cargo del resultado de nuestras acciones a… Dios.
Lejos de encontrar en la capacitación, en el análisis, en el estudio, las factibilidades de un correcto resultado de cualquier acción a tomar, el llamado esotérico es fundamental y lamentablemente con mucho más peso.
No me pongo en contra de la comunicación con el de arriba, pero es necesario volver a pensar que mucho de lo que hacemos o queremos hacer es sólo el resultado de lo que nosotros mismos disponemos que suceda.
A su vez, todo es parte de cómo deslindamos responsabilidades, cómo dejamos de hacernos cargo de las cosas para echar la culpa a otros, y si es al de arriba mucho mejor, total nadie va a decirle nada.
Entre semana escuché también con respecto a esto una comparación que me llamó la atención y que me despertó cierta bronca, por encontrarla tan pero tan cierta.
Hoy en día en las escuelas, los encargados de portar la insignia nacional, nuestra bandera, son el resultado de la elección de sus propios compañeros, en un proceso “democrático”, que nunca jamás se asocia a la capacidad, al estudio.
El elegido puede ser aquel que, en su sana niñez o juventud, busca en el descontrol el aliado necesario para llegar al liderazgo del grupo, que lo depositará, aunque no quiera, en ese lugar con el que otros sí sueñan, lugar que es el de mantener erguido el pabellón nacional.
Pero esta alteración de las premiaciones tiene también el sustento en las decisiones de quienes debieran ordenar las cosas.
Las becas estudiantiles a veces distan mucho de llegar adonde realmente hacen falta. La elección de los receptores no depende de su compromiso con el estudio, con la disposición a aprender, y buscan por supuesto con razones suficientes, las familias menos pudientes. Sin embargo no cuentan con el control de la aplicación en su uso para lo que realmente fueron destinadas.
Se pone como un logro fundamental, cómo la famosa Asignación Universal por Hijo logró un 25 por ciento más de inscripción de chicos en las escuelas públicas, lógico, es un requisito fundamental para su cobro.
¿Pero a costa de qué? Esos chicos están en las mismas escuelas que en marzo anunciaban su falta de vacantes, la falta de espacios, muchos de los padres llegaban el 9 de marzo, un día después de iniciadas las clases, a pedir la constancia de alumno regular para poder seguir cobrando la asignación, y, ¿Hoy siguen yendo a la escuela?
En una reunión llevada a cabo durante esta semana donde nuestra inspectora citó a los docentes de la Escuela Media Nª 8, de la Escuela Secundaria Básica Nº 45 y de la ESB Nº 31 con el fin de encontrar maneras de mejorar nuestra tarea educativa, escuché de una colega una verdad tan cierta como real.
La misma señalaba que podemos aconsejar, podemos guiar, podemos acompañar, pero la decisión de aprender es única de cada chico, que lo hará en tanto y en cuanto los ejemplos demuestren que éste es el camino, el de dejar de hacer cargo al de arriba para hacernos responsables de nuestras acciones.
En definitiva, si Dios quiere, vamos a volver a creer en nosotros, en nuestra capacidad.
