Las casas de videojuegos pasaron a la historia en el centro de Pilar

Una de las últimas que resistía en la terminal fue remplazada por un local de ropa. Otra en Bolívar y San Martín se extinguió hace pocas semanas. Las máquinas del Club Sportivo también sucumbieron.
domingo, 27 de junio de 2010 · 00:00

 

Nostalgia. Los flippers ya no forman parte del paisaje urbano de Pilar.

 

 

El Pac-Man, el Mario Bross, el Kun Fu Master, el Elevator, el World Cup, el Wonder Boy, el Galaxian, o los ochentosos Flippers, sólo podrán encontrarse a partir de ahora en algún sitio web retro, de esos que invitan a la nostalgia a más de un treitañero.

Porque los únicos reductos del centro que aún permanecían en pie y que albergaban todavía algunas de las viejas máquinas de juegos electrónicos ya pasaron a la historia tras caer doblegadas por sus sucesores: la Play Station, la moderna Wii interactiva, o los cibernéticos juegos en red.

Por ejemplo, el local de videojuegos que hasta pocos meses atrás sobrevivía en la terminal de colectivos –con entrada también sobre la calle Rivadavia- terminó de sucumbir a manos de un negocio de ropa que instaló allí una de sus sucursales.

Además, el último bastión de este rubro, tan vinculado con la infancia de los que rondan los 30, se apagó hace unas pocas semanas. Porque la casa de juegos electrónicos que se encontraba en uno de los ingresos a la galería situada en Bolívar y San Martín dejó de operar, y hoy el local espera deshabitado mientras es refaccionado para albergar algún otro comercio, seguramente más rentable que el anterior en los tiempos que corren.

Hasta hace apenas un mes, dos flippers resistían en el hall de entrada del Club Sportivo como testigos de una época en la que eran grandes protagonistas, una realidad opuesta a la actual en la que prácticamente habían caído en desuso. 

Hoy por hoy, el público que en tiempos pasados se refugiaba en las casas de videojuegos fue absorbido por los cibers, donde los juegos virtuales son la vedette. Por otra parte, los tecnológicos aparatos hogareños son sin duda los preferidos por los chicos y adolescentes de la era de la internet.

Quizás el primer embate contra los antiguos juegos electrónicos fue el reemplazo de los viejos “fichines” por las tarjetas con banda magnética que los sucedieron. En la actualidad, sólo las grandes cadenas que se emplazan en los shoppings (como por ejemplo Sacoa, en el complejo Village del kilómetro 50 de la Panamericana), o en los principales centro turísticos, conservan máquinas de videojuegos similares a las que antes se multiplicaban de a decenas en todas las ciudades del país, inclusive en Pilar.

 

Viejos buenos tiempos

Cualquiera que se haya rendido al encanto adictivo de estos juegos sabe que fueron muchas las generaciones que soñaron con los Pac-Man, los Asteroids, los Space War, los Mario Bross y los Sonic.

Cuando los primeros videojuegos saltaron a escena a principios de los años setenta, muchos intuyeron que esos jueguitos que todo el mundo disfrutaba serían algún día un objeto de colección, al igual que los autitos, las muñecas, o las estampillas.

Pero en una industria que se renueva completamente cada cuatro o cinco años, los tiempos parecen acelerarse, y hoy en día, 40 años mas tarde, ya existe toda una subcultura de los “videojuegos clásicos”, cuyos adeptos buscan comprar software de juegos en desuso y artefactos para su utilización, como ser las computadoras commodore 64, los attari, o los collecovision con sus respectivos cartuchos, cassettes y joystics, así como adaptadores que le permitan utilizarlos en las modernas computadoras personales.

En los últimos 30 años, la tecnología se desarrolló de una manera fascinante y, junto con el microchip, los videos juegos reemplazaron las imágenes crudas, lentas, y de sólo dos dimensiones por otras coloridas y en 3D.

Pero no necesariamente por eso hoy son más divertidos. Porque, para la mayoría, la “edad de oro del videojuego” se desarrollo durante los años en que fue adolescente, mucho más susceptible al encanto de las novedades, y, por sobre todo, tenía el tiempo necesario para disfrutar de esas cosas.

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