¿Y yo qué?

13 de junio de 2010 - 00:00

 

por Víctor Ejgiel

 

En uno de los noticieros televisivos de esta semana se conoció con nombre y apellido el negociado de la entrega de viviendas de tal o cual plan, el del gobierno de turno, que siempre serán destinados a quienes más lo ¿necesiten?, o no, simplemente conociendo a quien hay que conocer.

Pero no sólo es el tema de la vivienda, los planes tan sociales que nunca alcanzan, tal vez porque nunca son bien distribuidos. En las escuelas las famosas becas de estudio no requieren de ningún detalle en cuanto al “estudio” y generalmente se entregan a partir de septiembre donde quienes realmente las necesitaban ya debieron abandonar la escuela.

Muchos directores de escuela han tenido que demorar la entrega de certificados de estudio de los alumnos que concurren a ella por primera vez para asegurar la continuidad de los mismos y que no sea sólo una necesidad para poder cobrar la famosa asignación universal por hijo.

Pero más allá de toda la ayuda que el Gobierno determine para cada persona que realmente lo necesite, y ojalá siempre fuera así, para quien realmente lo necesite, está el hecho de ¿quién analiza la situación de aquellos que nunca solicitamos la ayuda de ningún gobierno, de los que no teniendo casa propia nos bancamos un alquiler eterno y que pareciera que si no aparece la mano de Dios jamás podremos tenerla?

Por suerte o por decisión tengo trabajo, que me permite alquilar un lugar donde vivir, bancar mi cuota de alimentos que mas allá de la justicia, la conciencia me exige, para con mis hermosas hijas, y vivir, más o menos vivir.

Lo que nunca pude resolver es cómo llegar a dejar de alquilar y tener una casa propia donde pueda decidir cómo pasar mis días y pueda mínimamente saber que algo, además de educación, podré dejar a mis retoños.

Cada nueva noticia de planes hipotecarios para la compra de viviendas despierta en mí una luz de esperanza que muy rápidamente desaparece cuando busco esa información que en letras muy chiquitas dice que para comprar una casa prácticamente ya tenés que tenerla. Mientras los valores de las viviendas se muestran en dólares, los créditos hipotecarios se hacen en pesos, pocos por cierto, teniendo en cuenta los sueldos que cualquier persona común puede tener.

Pero no sólo se prestan en pesos, se cobran también en pesos pero con esos intereses que hacen que ese préstamo no sea “social”, sino “usurero”. Las tasas variables que siempre asustan en este país tan inestable, y si así no lo fuera, como se quiere presentar, el famoso eslogan de no existe más la inflación, ¿Por qué no se hacen a tasa fija?

Recuerdo mucho el momento en que mis viejos con un beso y un abrazo enorme festejaban haber pagado la ultima cuota de ese plan hipotecario que les permitió volver a tener un techo propio después que un tal Rodríguez, ministro de Economía de otro gobierno más,  se quedó con lo que fuera la plata de la venta del departamento donde vivíamos, vendido con la intención de tener un lugarcito un poquito más grande.

En aquel entonces tenía casi 10 años y no entendía bien por qué tanta alegría, ahora sé que los esfuerzos, cuanto más grande son más sonrisas provocan cuando terminan.

No pido ni más ni menos que lo que a cualquier otro habitante de este suelo, no pretendo sacarle la casa a ninguna persona que no pueda comprarla, sólo pretendo que mi país financie, como le financia a tanta empresa privada, a tanto amigo del poder, a tanto negocio inexistente, con los mismos planes, las mismas tasas, para poder pasar de un alquiler a una casa propia. Acaso ¿no es justo?

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