Tribuna del lector: Patria… ¿qué?

por Juan Manuel Alonso

20 de abril de 2010 - 00:00

Esta columna esboza una suerte de respuesta a la columna “Bi…¿qué?” de Víctor Ejgiel, publicada en El Diario el domingo 11 de abril. Si bien considero dicha columna más una declaración de principios que un grupo de conceptos, establezco una serie de ejes dialógicos con profundo respeto y espíritu democrático.

Cuando leí esta columna algo provocó a mi conciencia. Esa molestia la he reconocido días después. Es la molestia del nacionalismo.

Comparto con usted la idea de que las personas son cada vez más individualistas. Pero disiento en que ésto sea el síntoma de una identidad verdadera perdida. A lo largo de su columna subyace la idea de una identidad nacional perdida, un “ser argentino” ya obsoleto. Este tipo de posturas, masivas por cierto, creo que esencializa ciertas categorías que son, en realidad, fenómenos sociales, con historia, conflictos y poder de por medio. Eso que usted llama Nación o Patria no existe en sí, no es una esencia que uno pueda tener dentro suyo cuando nace. En cambio, es un fenómeno social con historia y sangre. La idea de nacionalidad argentina no existía en 1810. Es posterior. Es un proyecto de la generación de 1880. Y como tal, se construyó en base al aniquilamiento de identidades que no respondían a los ideales del régimen.

Esto es fundamental: la Nación o Patria argentina nace en 1880 a través del proyecto homogeneizador de la enseñanza pública obligatoria. Pero esta nacionalidad no se construyó sin dolor ni tragedias. Esa identidad, ese “ser argentino”, se gestó a partir de la eliminación sistemática de otras formas de identidad presentes en la sociedad de ese momento -el gaucho (aunque después lo revalorizó), el aborigen, el inmigrante europeo, etc.

Alejandro Grimson, antropólogo argentino, escribió un libro muy lindo como Interculturalidad y Comunicación en donde aborda la cuestión de la formación de las nacionalidades. Compara los proyectos de Argentina, Estados Unidos y Brasil, muy interesante. Y define acertadamente: “El nacionalismo es la utilización política del símbolo nación a través del discurso y la actividad política, tanto como el sentimiento que atrae a la gente a responder al uso de este símbolo. Es un discurso homogeneizador y diferenciador por excelencia. En otras palabras, nación y nacionalismo son parte de una dimensión ideológica y de un sistema clasificatorio que se articula con la afectividad”. Es decir, es un símbolo utilizado políticamente a la vez que un sentimiento, una vivencia, que articula la interacción entre las personas y los grupos sociales.

Lo interesante de Grimson es que reflota la dimensión social del término Nacionalidad. Retomando a Segato, dice que la sociedad nacional se vincula con tres conceptos: campo de interlocución, caja de herramientas identitaria y sentido de las categorías. En síntesis -su pensamiento es mucho más profundo-, “un campo de interlocución es un marco dentro del cual ciertos modos de identificación son posibles mientras otros quedan excluidos. Entre los modos posibles de identificación, existe una distribución desigual del poder”. Hay que historizar estos campos de interlocución. “Ciertas modalidades de identificación cobraron especial relevancia mientras que otras pasaron a segundo plano. Esos modos de privilegiar ciertas modalidades de posicionamiento son históricas, resultado de un entramado de fuerzas sociales, interpelaciones y resistencias”. Ligado a esto, la sociedad crea un amplio conjunto de categorías con las que se identifica -caja de herramientas identitaria-, que son, en su mayoría, las impuestas por el Poder. La sociedad comparte esa caja de herramientas y comparte los criterios de interlocución. Pero la lucha principal se da en el sentido de las categorías de identificación. Dice Grimson: “Toda lucha social es en una de sus dimensiones una disputa sobre los sentidos de las identificaciones en juego en el proceso”.

Esto se aplica también a la defensa que usted realiza de los héroes San Martín, Belgrano y Sarmiento. Sin poner en tela de juicio su acción social de época (espero esto se comprenda), su heroísmo es una construcción posterior. Fueron colocados en ese panteón de la mano del proyecto de escolarización homogénea de 1880. Necesitaban borrar las diferencias para instalar un orden económico definitivo.

En resumen, naturalizar la nacionalidad es, desde mi forma de ver, erróneo. Es un fenómeno social con historia, relaciones de poder, fuerzas sociales en juego, relaciones simbólicas y una pesada materialidad. El “ser argentino” no existe en ningún lado.

¿Por qué hago un intento de complejizar términos como Nación o Patria? Porque creo que su uso indiscriminado conduce a una revalorización de discursos nacionalistas. El uso de términos como Patria o Nación en este contexto encierra una temible peligrosidad: la posibilidad de justificar todo, cualquier cosa, por ellos. Inclusive vidas humanas. ¿No es imprudente denominar gesta a la guerra de Malvinas? Más que una gesta, fue un genocidio. Con todo el respeto y orgullo que me merecen los soldados que dieron su vida allí -porque todos la dieron, los que quedaron en las islas y los que volvieron-, Malvinas lejos estuvo de ser gesta y se trató de una irresponsabilidad del Gobierno Militar de facto que necesitaba consenso y unidad nacional para mantenerse un tiempo más en el poder. No existían chances históricas ni estratégicas de ganarla. Tal vez la sociedad en su momento no lo sabía. Pero sí lo sabía la cúpula militar. Tampoco era el camino ganarla. Volviendo al eje que abrió el párrafo, para mí la Patria no puede justificar todo: en mi opinión una vida humana vale más que mil naciones.

Surgidos en el siglo XIX, los Estados Nación y Nacionalismos no han resuelto nada de las miserias humanas. Es más, las han acrecentado. No ha habido siglo más sangriento que el pasado XX. Los Estados Nación y los Nacionalismos conducen a más y más intolerancia. ¿Por qué? Porque como toda identidad, no existe en sí sino como relación. Para definir un Nosotros necesitamos un Ellos. Y a este Ellos lo vemos como enemigo. En el discurso nacionalista y los Estados Nación, la Otredad no puede ser incluida. Es un discurso excluyente. Por lo tanto, intolerante.

Para concluir, apelo a Michel Foucault. Su frase final “saber es poder” es precisa. Pero quizás lo problemático de esta locución resida en su último término. Justamente es el Poder el que define el saber correcto. Es el Poder el que establece los ejes de ese saber legítimo. Es el Poder el que pretende reproducir ese saber establecido para perennizar el status quo, un status quo excluyente y perverso. Si reproducimos ese saber correcto estamos legitimando las condiciones sociales que permiten la existencia de esos chicos que hoy no saben qué significa Bicentenario. Reproducir la verdad del Poder significa reproducir esas condiciones de existencia. Es allí donde me pregunto: ¿somos simplemente observadores de esa realidad o también cómplices?

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