Gitanos: retrato de un pueblo sin patria que vive bajo su ley

Desde hace 14 años vive en Del Viso una comunidad gitana descendiente de húngaros. Son cerca de cien miembros. Vida, leyes, costumbres, mitos y mala fama de un pueblo errante.
domingo, 18 de abril de 2010 · 00:00

Las familias de gitanos recibieron a El Diario en una de las carpas que habitan. La periodista se sumó a la foto.  

 

 

por Celeste Lafourcade

 

Del Viso. Barrio Falcón. Una hectárea. Diez carpas. Una buena cantidad de mitos y leyendas que invitan a imaginar qué es lo que sucede del otro lado del alambrado. Algunos autos, un colectivo turquesa que parece abandonado, chicos y varios perros, dan -de lejos- las primeras pinceladas.

Las indicaciones de los vecinos ayudan a no perderse. No hay señales de desconcierto al preguntar por “los gitanos” de Del Viso. Todos saben dónde viven. Sus caras son conocidas  y sus hijos, en muchos casos, comparten horas de clases con los suyos.

Pero siglos de historias tejidas en torno a un pueblo errante, de origen incierto que recorre el mundo sin resignar su identidad ni sus tradiciones, pesan más a la hora alimentar el mito sobre ellos.

Son diez familias descendientes de húngaros, que conservan el idioma y tienen un promedio de ocho hijos cada una. Son católicos o evangelistas. Se dedican a la venta ambulante, a la compra y venta de autos, y reconocen que no les gusta tener jefes.

Llegaron al barrio Falcón hace 14 años provenientes de Córdoba. Nacieron en la Argentina, al igual que sus padres, pero eso para ellos es sólo un detalle. Ante todo, son gitanos. Miembros de una Nación sin tierra, con destino desconocido que adonde vaya lleva consigo sus propias leyes.

 

Pasión gitana

Si en el siglo XXI es difícil pensar en una vida confortable dentro de una carpa, en días donde el frío paraliza y la llovizna hace lo suyo, resulta increíble. Sin embargo, apenas poner un pie en la tienda de los Yancovich, un enorme brasero colocado en el centro del piso alfombrado borra el primer prejuicio.

David Esteban tiene 40 años. Desde hace 14 está casado con Andrea Cristo, de 30. Juntos tienen 5 hijas y una historia con ribetes de novela.

“Yo tenía 16 años y nuestros padres no permitían juntarnos, así que nos escapamos”, relata ella mientras su diente de oro asoma por la sonrisa pícara. “Yo tenia miedo que viniera el padre y que me la quiten, así que nos vinimos de Córdoba para acá”, agrega David.

Conocer el peso que tiene una boda en la cultura gitana ayuda a entender la decisión. “Para los casamientos se hace un fiestón, siempre y cuando la chica sea virgen. Si es así dura tres días, si no, dura un día sólo, ella pierde valor y es una vergüenza para los padres”, cuenta Andrea. Entre sus costumbres, todavía existen las dotes –el padre puede recibir entre 25 mil y 50 mil pesos por cada hija- y la prueba de la sábana blanca para comprobar la pureza de las mujeres, que antes de los 16 años ya son desposadas.

Para evitar dolores de cabeza, David anticipa que a mis hijas “a los 15 no las mando más a la escuela”. Y se disgusta pensando en la posibilidad de que alguna se enamore de un layó (criollo), aunque al instante se retracta: “si le gusta el pibe no soy quien para romperle la felicidad. Pero si es así que se la lleven. Pueden venir de paseo pero ya no es lo mismo, si lo eligió, que haga su vida”.

Las telas de colores que cuelgan de la carpa, los colchones apilados y la escasez de muebles retratan bastante de la vida de los Yancovich, que desafiando su fama de misteriosos, se muestran amables y entusiasmados por contar sus historias.

“Los vecinos nos tratan como gente normal, nos llevamos muy bien con todos”, asegura David, aunque reconoce que “la gente que no nos conoce a veces nos mira mal. Antes era peor, nos hicieron mala fama para asustar a los chicos. No digo que haya gitanos santos, pero nosotros somos trabajadores, vendemos por la calle. Un gitano es un buscavidas”.

Y su hermano Darío Rubén, que desde hace un rato se sumó a la reunión, agrega que: “no nos gusta que nadie nos mande, los únicos que mandan, no importa la edad que tengas, son los mayores”.

Sometidos a sus propias leyes, David afirma que “somos muy unidos, si hay un lío lo arreglamos entre nosotros y la traición se paga a mano limpia y con multas”. Y recurre a un ejemplo: “si una mujer vuelve maltratada a lo de sus padres, el marido tiene que pagar una multa para que se la devuelvan”.

“Besarla delante de otros –continúa- es degradar a la mujer. Si yo hago eso me corren y me pegan. Para nosotros es una falta de respeto”.

 

 

 

Puras sonrisas. Los chicos de la comunidad gitana.

 

 

Costumbres de las mujeres
Ser gitana por amor

 

 

“El hombre gitano es muy seductor, si bien es posesivo hacia su esposa, es muy compañero”, cuenta Julia Ontano, una criolla viuda de un gitano con el que estuvo casada durante 18 años.

“Tengo una hija de él y viví en carpa, en casa rodante y recorrí casi media Argentina y fue hermoso”, recuerda y jura que “es fácil para la mujer integrarse porque el hombre es el que manda, nosotras nos adaptamos a las costumbres de ellos. Ellos van enseñándote, por ejemplo, cuáles son las faltas de respeto por las que los deshonrás delante de los mayores”.

De todos modos, aclara que “son machistas pero tratan muy bien a la mujer”. Y sigue: “por desconocimiento también creen que vivimos en la promiscuidad, pero hay un extremo respeto por las criaturas”.

Con una simpatía desbordante, se entretiene contando que “dentro de la comunidad tenemos que vestir falda por el respeto que se le tiene al hombre, siempre tenemos que tener el pelo recogido y no podemos cruzarnos por delante de ellos”.

Y en su relato se cuelan algunas supersticiones: “no debemos cruzar la manguera por arriba porque es mala suerte”, aunque se apura en despejar los rumores: “no es que seamos de echar maldiciones, somos igual que cualquiera cuando nos enojamos, la única diferencia es que se habla en otro idioma y da más miedo”.

Si bien reconoce que “por tradición las mujeres saben leer las manos”, afirma que “ya no lo hacen para no ser más discriminadas de lo que somos”.

“Es mentira que no nos bañamos –remarca- o que no usamos ropa interior, la mujer gitana es muy femenina, siempre tiene tacos, oro y le gusta seducir al marido”.

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