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Literatura

Diario de la ciudad; Apuntes de escritura #2

por Mauro Peverelli
29 de abril de 2023 - 23:14

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Hago siempre lo mismo. Doy un par de vueltas por el centro. Casi siempre las mismas calles. Los mismos bares. A veces me sublevo y salgo del circuito. Derivo por calles pobladas y ruidosas. Intento descubrir algo nuevo. En realidad las cosas, los lugares, los edificios que me interesan, de esta ciudad, son aquellos que tuvieron su esplendor en el pasado. Siempre aparece algo. Igual mi aventura dura poco. Vuelvo a mi itinerario de lugares y de horarios, de costumbres. Para los hombres solitarios las costumbres son la compañía, decía Pavese.

Entonces vuelvo al Mar Azul. Bar. Tucumán y Rodríguez Peña. Me siento en una de las mesas junto a la ventana. En menos de tres minutos Carlitos me trae el café. Ya no pregunta. Sabe lo que tomo y me lo trae.

Abro el libro que estoy leyendo. Releo las líneas que subrayé con el lápiz. Es increíble cómo, a veces, cuando uno vuelve a leer una de estas notas, encuentra que ha perdido el valor, la importancia que se le otorgó al momento de leerla por primera vez. La densidad, el valor que solemos darle a algunos textos, tiende a estar ligado al descubrimiento.

Se podría juzgar así a una obra de arte. Una intensidad que resiste a más de una lectura.

Wittgenstein. Otra vez. Demarcó los límites del lenguaje. Un universo literal. De proyección binaria, digamos, de ceros y unos. ¿Se encamina hacia allí, la humanidad? Una realidad que no se sale del esquema racional y cognitivo. Sobre lo que no se puede hablar, hay que callar. La frase que condensa las proposiciones en gran parte de la filosofía de Wittgenstein.

Atendiendo a la premisa de que el arte sería una experiencia que asoma la proa de sus naves al abismo de lo indecible, a zonas de una conciencia prelingüística, se podría decir que es Wittgenstein quien mejor marca esos límites. Deja afuera la poiesis. La posibilidad de crear algo donde no existe nada, o por lo menos de mirar allí con intenciones de trasladar, de traducir lo indecible en una experiencia.

Más tarde

La mitad de la semana, o casi, estoy en Manzanares. Mi casa está allí. No escribo sobre eso. Por lo menos aquí no lo hago. Este es un cuaderno de la ciudad. Notas de la ciudad. Está más ligado a la necesidad de escribir que a lo que la realidad ofrece.

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Es pobre la realidad. Casi siempre. Es más interesante lo que la curiosidad le arrebata que lo que ella sola es capaz de ofrecer a una conciencia que simplemente contempla.

Estuve caminando por Callao, en la misma dirección que los autos. En el semáforo de la avenida Córdoba una mujer hablaba por teléfono. Intentaba hacerlo. Pronunciaba monosílabos. Palabras incompletas. Quien en verdad hablaba estaba del otro lado de la línea.

Pensé en un relato sólo con esos breves sonidos. Una conversación extensa, que se prolonga por horas. Alguien que quiere intervenir en una conversación y no lo consigue. Solo emite sonidos, medias palabras, frases interrumpidas. Y de esa manera intentar reconstruir (sin escribirlo) el discurso del otro. La voz del otro lado de la línea.

Todo relato, de hecho, funciona de esa manera. Se sugiere un fragmento de la realidad. Siempre incompleto, por supuesto. Quien interpreta es el lector. Es quien debe darle el sentido. El autor sólo da pistas. Intenta que estas también lo tengan. Pero el sentido último, el definitivo, se lo confiere el lector, aunque este sea erróneo, aunque se trate de una mala interpretación.

El lector va a reconstruir la parte de la llamada telefónica que no escuchamos. Lo va hacer a su manera, con sus herramientas de interpretación.

Sábado 19

Mañana fría de sábado. Las veredas están repletas de gente. Como casi siempre. Pero el sábado es distinto. Otro tipo de ajetreo. Hay un sentido capaz de registrar el ritmo de la ciudad según los días. Si se apagara la conciencia, por una cantidad de días indefinidos, y se despertara uno de pronto en una esquina de Buenos Aires, podría adivinar qué día es según el movimiento, el ritmo, los semblantes.

Exagero. Por supuesto. Pero creo que el sábado sí es fácil de identificar. Es una novela de Alejo Carpentier. Barroca. Colorida; por momentos desmesurada y vertiginosa.

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La literatura atraviesa un tiempo complejo, difícil. Digamos que no encuentra su lugar en la vida moderna. Existe, como nunca, creo que debido a la desmesura de la oferta, a la cantidad y variedad de publicaciones, y de una crisis profunda de la crítica, la dificultad de encontrar algunos criterios de lectura.

Es cada vez más difícil identificar qué es lo que no hay que leer. Y en esta práctica, en esta disciplina, digamos, este es un problema importante. Leer un libro lleva su tiempo. Más si se tiene en cuenta que cada libro que se lee, como bien alguien dijo, es un libro menos que se puede leer.

Por otro lado, da la sensación de que lo que publican las grandes editoriales es una voz monolítica. Se podrían compilar diez, veinte, cincuenta novelas de reconocidos autores contemporáneos; unificarlas en un único gran volumen, como el ambicioso proyecto balzaquiano de juntar sus escritos para crear La Comedia Humana; inventar un nombre, y estaríamos frente a la idea de que nos encontramos ante la obra de un único y prolífico autor.

Qué intento decir. La literatura se ha quedado sin sábados. Es muy difícil identificar a un escritor por la originalidad de su voz, de su tono, del ritmo de su prosa.

Cuando estuve de vuelta en el departamento abrí la novela que estoy terminando. Leo y releo lo último escrito.

Vuelvo a este cuaderno. A veces juego a pensar que el final de la novela es lo que escribo aquí. Una escritura fragmentaria, sin ritmo, infinita.

Fotos: Carla Peverelli.

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