Soy mano

Litio

sábado, 17 de septiembre de 2022 · 08:18

POR VICTOR KOPRIVSEK

Se apagó el celular porque murió la batería.

-Ahora vamos a tener que hablar. Le dijo ella sonriendo. Estaban en la mesa de al lado. Él la miró con amor. Claramente no se había percatado de cuan atrapado estaba en el espiral de espinas.

Es un tiempo duro, de ferocidad homicida.

-Te amo, le dijo ella.

No se escuchan en voz alta muy seguido esas palabras en una mesa de comidas rápidas.

Traje azul, vista previa, archivos acumulados que no dejan lugar a fotos nuevas.

Más allá de ellos no había mucho, se caía el mundo en el apuro de un mediodía cualquiera en mitad de la ciudad.

Estacionamiento virtual, andar rápido a 20 y con la cabeza detonada.

No hay un análisis psicológico en la prueba de manejo, un índice de inestabilidad. Digo porque en la carrera de autos, colectivos y motos, la calle está dura, llena de una ferocidad homicida.

Igual que las paradas de colectivos cuando no llega el bondi o pasa lleno y sin parar. 

¿Qué pasaría si se apagaran todos los celulares al mismo tiempo?

Barrio de trenes, Panamericana de choques.

Ella le dijo te amo y él la miró apaciguado. Nadie fue testigo de ese silencio chiquitito entre los dos.

A la hora pico, en el regreso con hileras interminables de autos y frenadas en el Cruce Derqui, de ventajeros metiendo la trompa y bocinazos con puteadas ¿qué más da un te amo y una sonrisa?

La gente que viene y va por todos lados, las entradas y salidas de los colegios, detonadas.

El tumulto, el apuro que atasca todo, como esas otras historias de amor que terminan en guerra, en destrucción total.

El espiral de redes, de precios, de vínculos tóxicos, de alambres de púa, televisión con bombas, ojos como pozos sin brillo golpeando el teclado y prendiendo fuego el arranque de la semana.

Te amo, le dijo ella, y él la miró con amor. Se le murió la batería del celular y por un segundo lo soltó el espiral.

Y la miró con amor y ella le sonrió tan leve, tan nube, tan nada en medio de todo.

Tan todo en medio de la nada. Lejos de la ferocidad homicida, de la espiral de fierros retorcidos.

Cerca del amanecer con el sol de la mañana saliendo al otro lado de las vías, cerca de la tarde que se pone anaranjada y se va yendo, lenta, por el final de la calle en el fondo del barrio.

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