Soy mano

Con tibieza de Madre

sábado, 18 de junio de 2022 · 07:58

Por Graciela Labale

A humores y amores de madre olía la cocina. De mañana, en la semana, olía a obligación: tostadas de pan de ayer con manteca y café con leche calentito, levantarse bien temprano y salir de raje para la escuela. En tiempos de primaria, salíamos y volvíamos juntas, compartíamos la Nº 11 de Caseros. Ella ahí se convertía en la señorita Flora y yo en una alumna más de la numerosa purretada en la que se fusionaba la hija de la maestra que llegaba con ella desde Devoto  y los chicos que poblaban la cercana Villa Carlos Gardel. Los fines de semana, la cocina olía a la alegría que provocaban “las juntadas”. Que la familia, que los amigos del Banco Central donde trabajaba papá o las compañeras de la vieja o los vecinos entrañables. Siempre había con quién juntarse, entonces sí la cocina olía a fiesta y calidez sobre todo en las estaciones frías donde la “buseca” era la estrella para todos los que pisaran mi casa de infancia. También hubo momentos en los que predominaba el olor salado de las lágrimas y la soledad, aunque Ella las disimulara. Tiempos sombríos y austeros en los que la vieja de un peso hacía dos, con olor a guiso inventado, sopita de verduras o hígado encebollado. Después, cuando ya rondaba los 15, por las tardes o los fines de semana había invasión adolescente con guitarreada incluida y olorcito a factura recién comprada, a la hora de la merienda. Pero antes, unos pocos años antes, en esa línea de tiempo que cada uno arma con su vida, hubo otro hogar, hasta mis 8 años, el de los abuelos maternos con quienes convivimos mientras se acondicionaba la nuestra, comprada con los populares préstamos del bombardeado Banco Hipotecario. Allí los dueños de la magia y los olores eran la nonna Aurelia y el nonno, conocido en el barrio como Don Domingo. Él era el portero y casero de la Escuela Esteban de Luca, en Alsina y Alberti del porteño barrio de Balvanera por eso de lunes a viernes era el jefe de la cocina, a la hora de servir la copa de leche y la medialuna a cada pibe que como yo esperaba ese desayuno compartido y el inconfundible olor a cascarilla, que impregnaba toda la casa/escuela, convertido en un acto de amor bien guardado en un jarrito de lata. En tanto, los fines de semana, cobraba protagonismo Aurelia con sus ravioles caseros, recién amasados y ese olorcito irrepetible al buen tuco calabrés.

Dicen que el olfato es el sentido más primario del humano, será por eso que fácilmente, si me concentro un ratito, puedo conectar con esos olores de infancia.

El invierno tiene eso de bueno, uno está como más puertas adentro y es así como desde el relato de los tecitos con miel de mi amigo Víctor Koprivsek y esa taza de tibieza que le acercaron las manos de su madre, la semana pasada, llegué a otras manos que aunque ya no están siguen llenando de tibieza mi alma con solo recordarlas.

Y ustedes queridos lectores ¿qué olores recuerdan?

 

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