Soy mano

Asuntos de la pospandemia

sábado, 7 de mayo de 2022 · 07:35

Por Chino Méndez

Aquello de que la pandemia nos convertiría en mejores como sociedad no fue así, vale como ejemplo el tema del crecimiento del número de soledades, que la historia humana en algún momento podrá enumerar. Y no hablo sólo de las ausencias definitivas, también intento ponerle palabras a la reclusión individual y voluntaria de tantos que todavía no han podido acercarse al otro, por miedo o por la adaptación a vivir la vida pantalla mediante. Quizás sea motivo de sorpresa ver estadísticas de depresiones pospandémicas, personas que se quedaron en sus casas persiguiendo un panorama que les perteneció alguna vez, hace un tiempo ya. Son datos que, dadas las urgencias de estos tiempos, escasamente se resaltan. Porque está bárbaro llevar la cuenta de los perfiles que miran al pasar nuestras historias de red social, las cosas son así, caímos todos en esa, pero tendremos que comenzar a repensarnos como individuos dentro de un modelo sociocultural que nos impone inmediatez y eficacia porque, de otro modo, nos corre el riesgo de entrar en el olvido. La locura del cortoplacismo sólo parece combatirla las frases de los cartelitos de autoayuda que leemos ¿Dónde? ¿Dónde leemos cuando leemos?

Que se nos instaló la lógica de ver y vivir una realidad fragmentada y le escapamos a la búsqueda del todo, lo sabemos hace mucho ya. Que somos una sociedad pensada en lugar de pensante, también. Sin embargo seguimos corriendo tras el resultado, lograrlo como sea o aparentarlo.

Pero el que no comparte nada con su celular a lo mejor no murió, eh. Tal vez sólo está solo. “La soledad es un amigo que no está” decía el Flaco… Vayamos a buscarlo ya.

Aquel que cercó la existencia y validó la atomización real, ¿llevará a sus hijos al colegio? ¿Tomará café con su madre mientras la escucha hablar? Lo dudo. Hasta se me ocurre pensar que sus amigos tan sólo son sus socios.

¿Hacia allá vamos? ¿Es esa la meta a alcanzar?

Decía el inmenso José Pablo “te van entretener hasta matarte”. Aquí sentado, escribiendo esta columna que muy pocos leerán, me rehúso a vivir esa muerte. Prefiero, cada tanto al menos, extender los brazos y mirar a los ojos, escuchar sin tener que dar respuestas a diestra y siniestra, ni sentir que incomoda el silencio.

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