La ciudad de la Luz (segunda entrega)

El hombre que está solo y espera

domingo, 5 de septiembre de 2021 · 08:07


Por Pablo Ramos 


Yo camino mucho en relación a mis amigos y a la gente que conozco. Mis caminatas pueden ser de hasta 10 kilómetros en un día, en una o dos salidas. Y a veces más. Tengo un podómetro en mi celular, una especie de GPS de mis pasos. Pasos que, debo confesar, suelen ser perdidos. Suelen estar relacionados con el conocido Flanear que se dice inventara Walter Benjamín. Pero que a mi ver lo robó a otro alemán más antiguo y más talentoso, el escritor admirado por Kafka: Robert Walser. La diferencia es que Walser le decía como le decimos nosotros: Paseo. Sin las pretensiones afranchutadas del Benjamín. Pretensiones que, en este tiempo de gran necedad y deseo extranjerizante, gozan de mejor prestigio. Ya sabemos: si se dice en inglés o en francés es mejor, aunque no entendamos ni ocho cuartos.

Mis caminatas en Pilar fueron, hasta hoy, de dos tipos: a la vera de las rutas, donde se hace difícil y peligroso ya que no hay casi veredas; y por los barrios, donde las aceras son anchas y se suceden plácidamente. Salgo siempre de Villa Morra hacia el centro y sigo a veces pasando la estación. Mirando todo con una enorme alegría. Serpenteando quintas, baldíos y casas de todo tipo.

Camino lento. Porque la lentitud conlleva la ventaja de la serenidad cardíaca, y así puedo detenerme a admirar la belleza, buscarla en rincones inesperados. Y en Pilar la belleza no es para nada poca. Sobre todo cuando cae la tarde y la luz atraviesa la plaza y da contra la iglesia, con un tono rojo que semeja a veces la bandera del Paraguay o la peruana que en un delirio febril soñara el

Santo de la Espada, mientras el celeste y blanco nuestro se despide hasta la otra mañana.

Y acá va esta nueva confesión: en estas, mis primeras y lentas caminatas pilarenses voy parando sobre todo a comer, a probar cuanta papa frita, pancho, lomito, arepa, empanada, sopa paraguaya y etcéteras anden por ahí. La comida que me resulta más interesante es la comida de calle. Pienso que comer comida de calle no es solo comer. La comida de calle como ninguna otra cosa habla de la gente. Y cada barrio en Pilar tiene la suya, más de una supongo, por supuesto. Comida de calle que incluye los lugares al paso. Yo hasta la fecha me detuve en la parrilla de Leo y comí morcipan, en el kiosco de Guido y Panamericana y comí el mejor chori de la zona, y en el carrito de la calle Uruguay, frente a la Plaza de los Niños, comimos junto a María la mejor empanada de carne frita que probase en mucho tiempo. También un excelente arepa de carne desmechada en Punto del Venezolano, ahí por la Tucumán, pasando la Eco. Y claro: empecé a engordar. Drásticamente. Porque esas caminatas lejos de ser ejercicio son puro ocio.

No digo que esté mal hacer lo que hago. Pero luego vuelvo a casa casi a velocidad de caracol; arrastrando un caparazón que crece en mi abdomen. Hasta que descubrí el Corredor Municipal y su Plaza de la salud y decidí comenzar a usarlo. Caminar en él seriamente, velozmente, hacer algunas flexiones, algo de aparatos, un mínimo indispensable para que un hombre de actividad sedentaria como yo no se derrita en su silla. Sería muy triste para mi querida María encontrar a su amado escritor en una variante deprimente de la metamorfosis del nombrado Kafka, en vez de cucaracha, aguaviva. Horrible.

Y fue esta semana que pasó, este sábado 28 de agosto, que encontré al hombre que, junto a Raúl Scalabrini Ortiz, le da el título a esta crónica. Eran más o menos las 11 de la mañana y hacía calor. Un sábado a esa hora el corredero estaba bastante lleno. La mayoría era hombres embarbijados caminado velozmente, y algunas parejas o ternas de mujeres caminando más lentamente. Los hombres solos y en silencio, y las mujeres en pequeños grupos un poco parlanchinas. Gente de más de cincuenta años en todos los casos. Y cuando alguna de esas personas o yo nos detenemos en algún aparato otra que pasa caminando (rara vez alguien corre) el saludo es inminente. Y fue ahí que saludé al hombre. Yo en el aparato de fortalecer pectorales y es el momento en que el hombre en cuestión me saluda al pasar. Supongo que obligado ya que yo lo miré deliberadamente. Es que estuve tentado a decirle que se sacara el barbijo para caminar, era un barbijo casero, muy cerrado a mi manera de ver, y además el hombre estaba excesivamente abrigado. Lo vi pasar dos veces más y luego vi cómo se sentaba en uno de los bancos de cemento, no los de las mesitas sino los destinados a la elongación. Di otras vueltas y el hombre seguía sentado, pero en cada vuelta más y más inclinado hacia adelante. Ya casi las 12 del mediodía, el calor se había puesto serio y al verlo casi hecho bolita fue que le dije a la señora de la vigilancia que estuviera atenta.

—Mire –le dije—, me da vergüenza preguntarle al hombre pero parece a punto de caerse.
—Si se cae llamo a una ambulancia enseguida –dijo ella.

El comentario me tranquilizó un instante y luego me produjo todo lo contrario. ¿Porque íbamos a esperar que se caiga para hacer algo? Era absurdo. Es absurdo. Decidido, caminé hasta él que más enroscado no podía estar y lo llame tímidamente.

—Señor –dije. Luego repetí en voz más alta—. Eh, Señor.
El hombre levantó la cabeza.

—Disculpe mi atrevimiento pero ¿se siente usted bien? Es que lo vi varias vueltas así, y estoy preocupado –y agregué—. Disculpe si lo incómodo.

—De ninguna manera, muchacho –dijo el hombre—, por el contrario, gracias por preguntar. Estoy bien, soy un hombre pensativo nada más.

—Menos mal. 

—¿Que pienso o que me siento bien?

—Las dos cosas –dije.

—Sólo espero a mi chiquita —dijo el hombre pensativo—, está en un instituto, acá enfrente.
Le sonreí, le choqué el puño y seguí con las dos vueltas que me faltaban. Cuando estuve listo para irme, veo que el hombre está de salida también. Levanto la mano y él levanta la suya y me indica que me acerque. Lo hago al trote, no sé por qué. El hombre debe pasar los setenta años, bien pasados y bien llevados también. Al estar cerca extiende su mano y la apoya sobre mi hombro.

—Es mi nietita, querido –me dice—mi hijo y mi nuera se mataron en la Panamericana, hace unos años, no recuerdo cuantos, no importa ya. Ella, mi chiquita, es todo lo que tengo y por eso la espero acá.

—Entiendo –le dije—, aunque juro nadie puede entender cómo es que pasan estas cosas.

Volví a Villa Morra por un camino largo. Pasé por la iglesia y le pedí a la Virgen desde enfrente. Le pedí algo que no me atrevo a decir acá, algo para mí, algo egoísta. En Tratado del Pilar y Ruta 8 crucé mirando en cinco dimensiones y de no ser porque el bocinazo de un camión me hizo saltar para el récord Guinness, me atropellaban. Cruzar en esa intercepción es algo bastante complicado, realmente. Llegué a la vereda de la YPF y pensé en el hombre que está solo; que espera a su chiquita. Seguro ya habría dado con ella. Me imaginé a la niña y los imaginé caminando de la mano. Él aferrándola bien fuerte, casi estrujándole la mano inconscientemente. ¿Cómo cruzaría él estas mismas calles?, 

¿Cómo dejaría a esa niña cruzar sola alguna vez? Y mi hija Antonia, ya de siete años en Buenos Aires, cómo cruzará con su madre y sus abuelos…Virgen Del Pilar, Madre Santa… no quiero ni pensarlo.

Sabía que María estaba en lo en sus padres y entonces me demoré un poco más y seguí por la Ruta 8. Pensaba pasar por el ANSES y encontrar a mí cuñada Juanita o a mi amiga Rosario, esa mujer que trabaja tanto y tanto por la gente de Pilar. Pero pasé de largo seguí, y seguí por una ruta que iba develando lentamente vestigios de recuerdos para mí, ya que con mi padre, un bobinador de dinamos y alternadores de autos y camiones, recorríamos los talleres ruteros de la 8, y la 9; una de ellas cada mes, haciendo los recambios de las bobinas quemadas por nuevas, allá por los finales de los años setenta. Me di cuenta de que esos talleres, de tanto en tanto, sobreviven al progreso, como las siluetas fosilizadas de la Pompeya que fueran estas rutas. Fantasmas de los perjuicios ignorados que las nuevas autopistas traen y dejan con su trazo veloz y discriminatorio. La autopista

Panamericana le quitó casi todo al hombre que está solo y espera; y es, en cierto modo, la negación de las ontológicas rutas 8 y 9. En afán de que algunos lleguemos más rápido a casa, condenando a otros a no llegar nunca más en la vida.  l

Comentarios

8/9/2021 | 21:29
#1
Gran relato, no se si es real o ficcion pero en sus pinceladas se huelen las calles de pilar, la nostalgia y la dura realidad que en cada paso nos deja una enseñanza una historia
6/9/2021 | 10:13
#0
hermosa, me emociono leer ese texto pense en ese abuelo.