La ciudad de la luz (IV)

La fe de los pilarenses

domingo, 19 de septiembre de 2021 · 08:11


 por Pablo Ramos


Unos sábados atrás leí en la página de la parroquia que había misa a las ocho de la mañana, y luego de despertarme a las seis, de dar vueltas una hora en la cama, salí demasiado temprano y comencé a caminar hacia la iglesia. Serpenteando como siempre, haciendo algo de tiempo. Pero como necesitaba tomar un mínimo desayuno antes de largar mi caminata, decidí doblar en Rivadavia y encarar para el lado de la plaza central, ahí donde el espíritu original de toda ciudad permanece intacto. Llegué a la iglesia a las siete y media y comprobé que estaba cerrada. Supuse que iban a abrir las puertas tan sólo unos minutos antes de empezar la misa y no me preocupé. Alguien en el bar El Colonial estaba sacando las sillas, preparando la vereda para atender a los pocos clientes que en ella podían caber, resistiendo al impacto que la pandemia tuvo y aún tiene sobre el gremio gastronómico. Como vi a una persona ya sentada, leyendo el diario, le pregunté al que armaba la vereda si podía sentarme y tomar un café. El hombre me respondió que sentarme sí, pero que no podía servirme nada ya que el bar abría a las ocho.

—Además la máquina está fría –dijo el hombre: un parroquiano de boina verde militar de mirada achinada y levemente maliciosa que no tenía pinta de camarero sino más bien de arriero de no sé qué vacas porque en el campo no estamos, y de hombre de pocas pulgas.

—¿No sabe a qué hora abre la iglesia? –le pregunté—No soy de Pilar, y prácticamente no conozco nada.

—Abre a las ocho también –me dijo el hombre y siguió acomodando sillas.

Me crucé a la plaza y me senté en un banco helado y húmedo. La neblina bajaba como un telón gris en el horizonte límpido vedando la visibilidad, reduciéndola paulatinamente a menos de doscientos metros. Luego, en menos de cinco minutos helados, como un fantasma inconmensurable, la niebla cayó directamente sobre la plaza dejándome ver apenas la reja del templo, las sillas y los dos hombres espectrales de El Colonial.

Un tipo de aspecto polaco, de ojos celestes vitrificados de alcohol y de un peso penosamente menor al que reclamaba su más de metro ochenta de altura, se agachó frente a mi banco y me ofreció varias bolsas de distintas especias. Le compré provenzal y pensé que a María no iba a importarle que en este caso el ajo y el perejil fueran de dudosa procedencia agroecológica. Ella es muy estricta al respecto, pero seguramente tolerante dado el caso. Terminaba de pagar el mejunje cuando el hombre de la boina verde me hizo una seña de que todo estaba listo. Bueno, tan sólo me hizo una seña y yo respondí levantándome enseguida como si el hombre más que avisarme me estuviese llamando la atención. En ese momento la niebla lo cubría todo, y la plaza principal de Pilar se me figuró uno de esos suburbios de Londres que tan bien conocí cuando estuve de beca en las Europas.

Crucé, me senté y pedí un café doble, aclarando que no era cortado ni café con leche, porque es algo que en estos tiempos lácteos hay que ir aclarando y aún aclarándolo los camareros y camareras del mundo moderno tienden a meterle un chorro leche o crema a todo lo que se les cruza por delante. También pedí una medialuna de grasa. El boina verde fue y volvió con tres medialunas. Me dijo que me convenía porque la oferta era así.

    —Es lo mismo una que tres –dijo y me vi tentado a hacer la broma que siempre hago en estos casos, el hecho que para mi dieta no es exactamente lo mismo, ya que tiendo siempre a tres mas que a una. Pero no lo hice.
    —¿Así que es nuevo en Pilar? –me preguntó el boina verde y no me di cuenta de que me estaba midiendo.

—Sí, y leí en internet que había misa a las ocho –dije.

—No, acá en invierno ni el cura se levanta temprano.

—Bueno, usted y yo aparentemente sí –dije.

—Yo soy hombre de campo –dijo él, enfatizando en el tono, al menos eso me pareció a mí, esa nota moral que suele tener la frase. La idea implícita de que “Hombre de Campo” es mejor, mucho mejor y más digno que “Hombre” a secas. Y mucho más hombre a secas también.

—Yo no –le dije, tratando de enfatizar la idea de que no me cae tan bien el “Hombre de Campo”, ya que suelo imaginarlo descerebrado blandiendo una bandera argentina en una manifestación a favor de los delincuentes de Vicentín.
Comí dos de las medialunas y otra se la di a una perra completamente redonda con forma de salchichón a la cual apenas le salían las patitas como para poder reptar por el mundo. La perra la devoró. Y al ver que la iglesia no hacía ni el asomo de abrir, pedí la cuenta.

Tan sólo hice la seña universal con la mano, seña que me sirvió para comunicar la idea de pagar hasta en Moscú, pero que el Boina Verde no entendió. Ya que salió del salón, vino hacia mí y me preguntó qué deseaba. Se lo dije, volvió a entrar y habló con una chica. Salió nuevamente, sin ningún tiquete en la mano, y me robó deliberadamente.

—Son 460 pesos –me dijo.

Lo miré a los ojos, le sostuve la mirada y le di un billete de 500. Le dije que se quedara con el vuelto y crucé a la iglesia. La niebla era menos tenaz, pero seguía ahí. Estaba casi desolado cuando vi a una mujer abriendo la reja. Le pregunté si había misa, y le dije que lo había visto en la página parroquial de la internet. 

—Es que esa página no la mira nadie señor –dijo ella, y muy amablemente me invitó a que pasara, si es que necesitaba rezar.
Yo lo necesitaba. El asunto en mí es que estoy bien, Pilar me hace bien, el amor me hace bien, levantarme bien temprano sin resaca me hace bien y aunque suene raro no estoy acostumbrado a estar así. Sé que suena irreal, pero les juro que a veces extraño sentirme mal. Porque mi enfermedad, la enfermedad de la adicción, tiene algo de sutil locura, algo de mortal insatisfacción.

El amor de María, la mirada de mis hijos, la vuelta a mi proyecto musical, la idea de tener que escribir los libros que me faltan. Poder escribir sobrio. Poder escribir. Escribir, más que ser una idea es en mí un imperativo categórico. Tengo que escribir, y estoy escribiendo por primera vez completamente limpio. Escribir sobre una ciudad, sobre su gente, esta gente tan diferente, tan distinta entre sí a la vez que tan igual es a mí. Que al igual que mi Avellaneda natal, no perdió el rumbo en estas elecciones, ni lo perderá en noviembre, porque empieza a entender la necesidad de estar mejor, de asegurar un mejor futuro. Escribir sobre mi idea de religión, sobre mi religiosidad, sobre la búsqueda desesperada que hay en mí de dar con mi Cristo íntimo, con esa deidad a la que quiero acercarme, a la que deseo parecerme, imitar. Escribir para lograrlo. Escribir como la propia deificación de mi persona. Como una única posibilidad de amar y ser amado. 

Entré a la iglesia y llegué al primer banco y caí de rodillas. Y antes de sacar el rosario de mi mochila, casi sin darme cuenta, comencé a llorar. En silencio, con la mirada en alto hacia la imagen de la Virgen del Pilar. Mi Madre por elección. 

—Las cosas estaban bien señora mía—le dije. No siento abstinencia. Ni ansiedad. 

—Soy Pablo Hernán y estoy entero frente a vos –le dije.

Así hablaba, sin rezar, y mis lágrimas me rodaban por las mejillas cuando la mujer que abrió la reja sale desde el sagrario, desde atrás del altar, y camina hacia el pasillo. Yo trato de esconder la mirada. Estaba avergonzado, parecía la patética imagen de un santo mártir: rosario en mano, mano en rodilla, mochila en la espalda y ojos hacia el cielo.
La mujer se detuvo a mi derecha y se agachó equiparando su cara con la mía. 

—¿Estás bien? –me preguntó ella— ¿Necesitás algo?

—Quédese tranquila –le dije. 

—Me llamo Andrea, podés contar conmigo cualquier cosa –me dijo.

Iba a decirle que el hombre de campo me había estafado, que seguramente me iba a quedar con eso, que tal vez me enojara porque siempre lo hago, pero sólo dije gracias.

Pasaron los días, las semanas en verdad, desde esa vez y muchas veces vi a Andrea en las misas del padre Jorge, esas hermosas misas con esas hermosas homilías que el hombre da. También volvimos con María a El Colonial y ese hombre ya no estaba y una camarera muy amable a la cual le conté lo sucedido me dijo que ya habían tenido problemas con él, que era de seguridad. Y me regaló un tostado de jamón y queso que por supuesto acepté. Ese día le conté todo a Emilio, mi amigo del Quiosco de Villa Morra, y el me lo dijo clarito, 

—Una de brea pero dos de arena –me dijo. 

Pero las de arena son muchas. Emilio mismo, que siempre me da caramelos demás, su perra Lulú que creo que adivina el futuro y su gata que juntas los hermosos nombres de mi amada y mi cuñada: MariJuana: Increíble. Andrea, los vecinos camioneros de al lado, el padre Jorge, la iglesia repleta, la fe de los pilarenses que se agranda y no fue ni siquiera herida en la pandemia.

Gracias, entonces, Pilar. Por tu gente y por estos días en los cuales piso el pasto verde y lo veo verde y siento que no lastimo lo verde de mi existencia de pasto. Que ando por la gramilla acolchada y mis zapatos son tenues como la garúa de mi existencia de lluvia que afuera, si ustedes vieran mi balcón ahora, señoras y señores si lo vieran, se forma casi en bruma espesa, precipita en bloques de niebla y nunca cae del todo; y licua el paisaje en acuarelas grises, en andamios de terciopelos ficcionarios. Por eso estoy acá para decir gracias, y digo gracias. Sólo Gracias digo. Por este aire helado de primaveral. Y esta fe que me ayuda a espantar los caranchos de mi mente, que regurgitan bofes de dolor entre esos naranjales silvestres que marcan el camino de la vida digna, de la rectitud de vivir. Ya no los escucho, porque ante la mínima manifestación de ellos salgo a caminar por Pilar y destruyo esa sopa de plomo de mi mente que nada sabe del amor, que en nada me habla de Dios, que en nada busca mi esencia, que en nada tiende a mí, y que en nada, nunca más, yo he de tender a ella.
Gracias.
 

Comentarios

19/9/2021 | 21:36
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GRACIAS A VOS ,POR ESCRIBIR ESTAS COSAS TAN MARAVILLOSAS, GRACIAS VECINO!!