La ciudad de la luz

Bach a la Morra para mi limpiador zen

domingo, 12 de septiembre de 2021 · 08:00

Por Pablo Ramos


Según el Islam, el día del juicio final, ese juicio que ningún ser humano va a poder eludir, toda persona que haya fabricado, pintado o esculpido una imagen de algo viviente resucitará junto a su obra y se le ordenará darle vida. Al no poder hacerlo, tanto él o ella como su obra, serán condenados al fuego y a los eternos tormentos del infierno. Leí esto en un libro de Borges, cuando tenía quince o dieciséis años, y nunca se me borró de la memoria. Mi misticismo y mi fe me llevaron entonces a dedicarme a ramas del arte en las cuales jamás tuviera que representar una imagen de algo vivo: la música y la literatura.

Desde que soy pilarense por adopción estoy viviendo en el departamento de mi novia María, en Villa Morra. Y si bien conté esto el domingo pasado, la aclaración vale por si usted, estimado lector/a/x, se perdió la anterior crónica. Vivimos en un condominio de pocos departamentos en donde las paredes son, ¿cómo decirlo? ¿Antiacústicas? ¿Imaginarias? Para que se den una idea: se escucha hasta el silencio que hacen los queridos vecinos. Pero lo extraño es que dentro del departamento la reverberación casi nula hace difícil hablar bajo porque uno tiende a no escuchar lo que dice. Ahora si estornudo, muevo una silla, tiró la cadena del inodoro o me afeito de madrugada, seguro la vecina de al lado me golpea fuerte en la pared. Ta-ta-ta-tan, onda quinta sinfonía de Beethoven. Y si se me ocurre hacerme un omelette a las dos de la mañana directamente avisan a la administradora denunciándome por ruidos molestos. De hecho ya tuvimos dos llamadas de atención por parte de esta vecina. Una señora muy amable que es la que suele golpear la pared (imaginaria tal vez) que separa su cocina de nuestro cuarto y una vez, un sábado vino a decirme directamente, aunque siempre amable y en tono bajo, que por culpa mía su marido se sabía ido al taller. No especificó al taller de qué cosa, pero lo que sí especificó fue que era por culpa mía y por culpa de la guitarra. La guitarra en cuestión es una guitarra española, que yo tocaba a un volumen normal, ya que tocaba los primeros compases balbuceados del “Bourrée” de J.S. Bach, de manera bastante amateur, más vale, pero no tan horrorosa como para que un hombre salgo corriendo a trabajar a su taller en su sábado de descanso. Le dije que no había problema, que dejaba de tocar y ella se fue tranquila. Serían la tres de la tarde de ese sábado y por supuesto que dejé de tocar. Luego María me dijo que de nueve a seis, cortando dos horas de siesta, uno podía tocar o escuchar música y eso es lo que comencé a hacer, de manera sigilosa vale aclarar, o sea, pulsado las cuerdas con la delicadeza con la que David Carradine caminaba sobre el papel de arroz en el spot de famosa serie Kung-Fu. Y acá viene la historia jugosa, extraña por demás, de esas que usted, estimado lector, va a tardar en creer que verdaderamente me pasan. 

El consorcio, en sus espacios comunes, es limpiado dos veces a la semana por un extraño hombre de una edad incierta pero seguramente mayor de la que sería conveniente para un trabajo de limpieza tan arduo como el de repasar la serie de escaleras y pasillos de este diseño edilicio tan habitual en esta época. Estos condominios son bastante agradables para vivir, excepto por las paredes que separan los departamentos. Supongo que debido a que no existe en la Argentina una regulación al respecto. Pienso que algún arquitecto, en el tiempo que se ahorra de no pensar diseños, debería hacernos el favor de proponer que se haga ley que las paredes se hagan más anchas. Eso mejoraría considerablemente nuestras vidas. Pero volviendo al tema, y a lo fantástico de esta historia, cada lunes y cada jueves el limpiador que viene se hace notar porque a cada paso choca algo contra las barandas de caño cuadrado de todo el largo recorrido de pasillos y escaleras. Desde la seis de la mañana hasta que termina. Haciendo un sonido de Gong perfecto, un sonido agradable para mí pero considerablemente fuerte. Afinadísimo. Lo sé porque pude medirlo con el afinador cromático de mi celular. Un LA en 440 Hz perfecto. Lo hace a cada paso, como si más que un limpiador fuera un Budista Zen que sale del monasterio Shaolin para venir directo a Villa Morra a limpiar nuestros andariveles.


Gong, gong, gong y el hombre va y viene a una velocidad imposible para su edad. Gong, gong, gong: y el hombre vuela deslizando su lampazo como el viento desliza las nubes blancas del cielo.

Le conté mi alocada idea a María y ella se río y me dio que no fuera tonto, que ella lo había visto por la ventana y era un tipo joven el que limpiaba. Me sorprendí, le dije que sería lo que fuera pero que no era nada joven, que yo lo había visto una vez al salir temprano a caminar. Apostamos y esperamos y una mañana en que los gones empezaron a sonar, apareció en el pasillo del frente de la ventana que está sobre el escritorio en el que María escribe. Era el mismo tipo pero cuarenta años más joven.

—Debe ser el hijo –le dije a María.
—No hay más que un limpiador, Pablo – me dijo ella y yo, confiando en lo que había visto, me propuse desentrañar el misterio.
Y fue el siguiente lunes que lo esperé antes de que amaneciera, levantado y con un té, sin hacer ruidos para no molestar a mis vecinos. Gong, gong, gong, escuché y abrí sigilosamente la puerta. Ahí estaba él: viejo, más viejo que antes y con rasgos indudablemente orientales, caminaba lento, muy lento con su lampazo a la vez que cada pocos pasos se frenaba, sacaba un pequeño gong de su espalda y lo hacía sonar. En la penumbra del amanecer aún inacabado, la imagen me convocó a la paz interior y caminé hacia él absorto en mi asombro.

Gong, gong, gong. Pero al llegar junto al hombre, este alzó la mirada y pude ver sus ojos de cerca. Eran realmente achinados, pero lo que colgaba de su espalda era un balde con un palito con esponja de esos que sirven para limpiar vidrios. El palito sobresalía del balde y él lo sacaba y lo pasaba por las barandas de hierro cada tres o cuatro pasos golpeando la base del palo con los caños y haciendo el sonido perfecto que yo escuchaba.

—Disculpe –le dije—pero si le cuento no me va a creer.
—Qué cosa –preguntó el limpiador —que ahora se me hacía también más y más joven que antes.
—Que hace un rato lo vi como el maestro Po del pequeño saltamontes.
—¿Y ese quién es? —preguntó el limpiador.
—Un viejo chino pero no me haga caso, aún estoy dormido, debe ser eso, de hecho de lejos pensé que usted era más viejo –le dije.
—O tal vez será que el trabajo rejuvenece a las personas que lo hacen con alegría –dijo el limpiador, giró su cabeza y emprendió el regreso al eterno retorno de sus pasillos infinitos.
—Espere –lo interrumpí.
—Que sucede pequeño saltamontes –dijo él.
—¿No le dice nada la vecina por los golpes en la baranda? –dije y señalando la puerta en cuestión.
—El sonido de mi bastón adormece a los ancianos y les armoniza el chacra de la divinidad –me dijo.
Me quedé helado. Pensé que el hombre me estaba hablando de la muerte. Pero él se anticipó.
—Demora la partida –dijo—si es que uno quiere demorarla.
—Ah –dije—es que a mí me protestaron por tocar la guitarra.
—No haga caso y toque, que la música aleja a la muerte y el silencio eterno es la única cosa que nos espera más allá de nuestros días en la tierra.
Entré al departamento. Desayuné. María se levantó, desayunó, me dio un beso y se fue a dar sus talleres de educación de género a Derqui o a Del Viso, no recuerdo donde le tocó ese día.
A eso de las diez de la mañana me puse a tocar la guitarra y a eso de las diez treinta la vecina tocó a mi puerta. Abrí, fastidiado, con ganas de discutir
—Disculpe –me dijo.
—Ya sé –dije – le molesta la guitarra a su marido.
—Él no está, se fue al taller –dijo ella nuevamente sin especificar el tipo de taller—quería saber qué está tocando.
—Ah –alcancé a exclamar como un suspiro—es una obra de Bach, una adaptación para guitarra, se llama “Bourrée”.
—¿Y usted vive de esto?
—No –le dije—pero esto me ayuda a vivir.
—Ah –suspiró la mujer—siga tocando muchacho –me dijo—y después pase por casa así le pongo algo de dinero en la gorra.
Le dije que no hacía falta y la mujer salió. Desde lejos pude ver como el limpiador zen se arrimaba a la puerta de salida, giraba y me dedicaba una sonrisa y un agite de manos. Lo vi perfectamente transformarse en muchas personas más, hombres mujeres y niños, todos chinos, todos con un gong en la espalda. Hasta que salió victorioso hacia su destino de armonizador de los diferentes consorcios pilarenses.

De nuevo en la soledad de alguna de mis mañana me di cuenta de que yo debía seguir tocando la guitarra, más allá de las protestas de los que a veces no se dan cuenta de que la música ayuda a vivir, alarga la existencia y la hace más bella. Es más. Por ellos debería seguir tocando. Y entendí mi destino de músico sin que importe en ello el dinero, porque jamás en mi vida pasé la gorra, tampoco me la puse, más vale. Yo tengo la misma función que mi limpiador zen: la de alejar a la muerte de las personas que se dejan estar. Y entonces la voy a cumplir, voy a ser de ahora y para siempre un músico que toque Bach a la Morra. l
 

Comentarios

17/9/2021 | 12:13
#0
Me encanto, cuanto talento al escribir, cuanto dejo de misterio en el relato, sera que La Morra ( como la llamamos quienes la habitamos) deja volar los pajaros del pensamiento, tranformandolas en sentimientos?