Un abrazo de madre VII

Yvonne. Merendero “Aún hay esperanza” (2)

miércoles, 8 de diciembre de 2021 · 07:35

“Nunca es triste la verdad. Lo que no tiene es remedio”. Joan Manuel Serrat.

Por María Colaneri

“Mi nombre: María Ivonne

Yo: Yvonne

Yvonne siempre tendrá que acarrear con María”.

Así empieza el relato de Yvonne, en el cuaderno que me entregara en un encuentro anterior. Así: en tercera persona, y distinguiendo entre sus nombres, como si fueran dos personajes, dos personas diferentes: María e Yvonne.

–¿Pero a vos te decían María? –le pregunto.

–No, nunca usé ese nombre, no me gusta –dice–. Porque es el nombre de mi mamá y de mi abuela. En casa decías María y se daba vuelta todo el mundo.

Sólo usa ese nombre para distinguirse de la mujer que era antes: “esta mujer que hacía locuras, que era espontánea, efusiva, explosiva, engreída y altanera, que lo que quería, no importa cómo, lo obtenía. De hecho, se casó a los catorce años”. Y a los quince años, viajó a Buenos Aires. Wilson les había dicho a todos que acá los esperaba una casa y un futuro de prosperidad. El primer tiempo vivieron de serenos en el último piso de un edificio en construcción, en el barrio de Caballito. Wilson trabajaba en la obra (siempre trabajó en la construcción, aún hoy lo hace). Y cuando la obra se terminó, se mudaron a Parque Domínico, en Avellaneda. Una mañana, Wilson se demoró afeitándose. Vamos, lo apuró Yvonne, que “nunca supo esperar”. Entró al baño, se paró al lado de su marido, frente al espejo, y, en tono burlón, lo imitó afeitarse. Era todavía una niña: dieciséis años. Y Wilson tuvo su primera reacción. Violencia, que cada tanto se iba a repetir.

Al poco tiempo volvieron a Uruguay, donde nació Jesica, pero las cosas no anduvieron bien.

–Es que en ese país, que él tanto ama, no se puede progresar –dice Yvonne.

Volvieron a la Argentina y se instalaron cerca de la casa de su suegro, en Del Viso, primero en una panadería desocupada en el barrio Pinazo. Después les avisaron de un lote que estaba vacío y lleno de mugre, y les dijeron que por qué no lo limpiaban y se metían.

–Así se hacía, imaginate que acá no había nada, era todo campo –dice Yvonne.

Así que limpiaron el terreno y levantaron una casilla en el fondo. Cortaron el pasto y armaron un jardín. Una tarde, se presentó el dueño. Les dijo: lo estábamos por vender, pero viendo que lo tienen tan cuidadito, se lo queríamos ofrecer a ustedes primero. Para juntar la plata, Yvonne se puso a trabajar de peón de Wilson en una obra. Estaba embarazada de Jonatan, y llegaba a su casa agotada de levantar baldes. Puedo imaginarla, tan chiquita y tan joven, pero con una voluntad de hierro. Sólo imaginarla, porque tengo que buscar en internet cuánto pesa un balde de cemento. 1,6 kg por litro. La cintura dolorida, y las manos ajadas. Creo que ahora entiendo un poco más la fortaleza de Yvonne, que a veces se confunde con dureza.

La cosa es que juntaron el dinero y compraron el terreno. Y, por un programa del gobierno, y gracias a los padrinos de Jesica, Graciela y Edi, contruyeron una casa de material adelante: una cocina, un baño y dos habitaciones.

Transcribo literal de su cuaderno: “A veces su marido (les recuerdo que ella lo escribió en tercera persona) no quería ir a trabajar y ella lo insultaba, lo degradaba, y entonces todo comenzaba y terminaba con la más débil golpeada. Comenzó a engañarlo y los golpes fueron peores. Aún así nunca lo dejó”.

Una mañana, cuando se levantó, Wilson no estaba. Pensó: habrá salido. Golpearon las manos y era el encargado de TSU (Yvonne vendía productos de la marca), que venía a retirar el dinero de las ventas. Yvonne fue a buscar el dinero al cajón, pero el dinero no estaba. Ese mismo día vino un hombre a decir que Wilson le había vendido la casilla del fondo; se llevó la casilla. Se había quedado sola, en un país que no era el suyo, y sin dinero.

–Yo pensaba que él me iba a cuidar. Pero no. No sé si pensaba que me quería, pero sí que me iba a cuidar. Y yo necesitaba que me cuidaran. Y ese hombre que me trajo a un país que no era el mío y me dejó sola con mis dos hijos... ¿sabés lo que es eso? Yo estaba sola en el mundo. Porque eso era mi mundo. Eso es el mundo, las personas y las cosas que están alrededor...

Oscar, amigo de Wilson, venía seguido a lo de su suegro. A veces se cruzaba a la casa y hablaban. Yvonne sabía que Oscar la miraba. Pelusa, le decía, porque así le decían a Yvonne de joven. Pelusa.

–Horrible –me dice Yvonne.

“Yo voy a ayudarte, Pelusa”, le decía Oscar.

Yvonne escribió: “Luego de tanto ir y venir estuvo sola, hasta que apareció alguien en su vida con la promesa de ayudarle y hasta hoy día: lo hace”. Oscar la cuidó durante ese tiempo en que Wilson no estuvo, y fue como un padre para Jesica y Jonatan.

Con dos hijos, Yvonne sabía una sola cosa: tenía que conseguir la comida. Salía temprano de su casa, mientras los chicos dormían, y se tomaba el tren en la estación de Del Viso. Viajaba hasta Aristóbulo del Valle, en Florida. La estación tenía un centro comercial y por ahí siempre pasaban abogados u hombres que trabajaban en alguna oficina de la zona. Yvonne se sentaba en un café y pedía algo de tomar. Se sentaba con las piernas cruzadas, levemente inclinadas hacia un lado.

–Así se sienta una señorita –dice y me muestra–. Yo en esa época estaba muy al tanto de modelaje, así que sabía.

También sabe cómo hay que meter siempre la panza.

–Esto agarrado. Yo antes caminaba así –me muestra–, y comía así –y toma un trago de jugo, para demostrarme cómo puede no moverse la panza aunque tome algo–. Ahora ya no me importa –y suelta la panza.

“Una mujer sumamente seductora que pintaba sus labios de colores oscuros para siempre seducir con el grueso y lo pulposo de sus labios. Con apenas 42 kilos, a los 21 años, era perfecta. Sus ojos de mirada profunda maquillados al estilo Cleopatra hacían que cualquiera se rindiera frente a ella”.

Sentada así, se miraba con uno, con otro. Y esperaba.

–Después el mozo venía con un café, y te decía quién te lo había invitado. Entonces te reías, y él se reía, y se miraban un rato y en algún momento él se sentaba a mi mesa, y hablábamos. Me preguntaban qué estaba comiendo: nada. “Pará que ya, ya pido algo”, me decía. Y pedía unas medialunas o algo; aprovechaba y ya me venía comidita.

Le pregunto cómo hacían después.

–Me preguntaban qué estaba haciendo ahí, y yo les decía la verdad: estoy esperando a ver si consigo un poco de plata para volver a casa con comida para mis dos hijos. A veces se quedaban: ah –y me muestra, abre la boca en un gesto de sorpresa–. ­Seguíamos conversando, y en algún momento nos levantábamos y nos íbamos a un hotel. Tuve de todo: jóvenes, veteranos, lindos, feos. Y cuando entrábamos a la habitación, yo pasaba al baño, y me miraba al espejo y pedía: Diosito, por favor, que sea rapidito. Ya sé que suena horrible, pero eso era lo que pedía. Porque yo quería que pasara rápido y tomarme el tren de vuelta para volver a casa con la compra.

–¿Siempre te volvías con la compra?

–Siempre. Y me organizaba para ir dos veces por semana, y con eso hacer la compra de toda la semana.

Alguna vez me contó que al volver a su casa se refregaba con jabón todo el cuerpo, pero aún así se sentía sucia.

Una mañana, Oscar se cruzó a su casa. A dónde vas, Pelusa, le preguntó. A trabajar. A dónde vas a trabajar vos. A trabajar, qué te importa, respondió Yvonne. Oscar la agarró del brazo y le dijo: No vayás a ningún lado, que yo sé que vos no vas a trabajar. Ese día Yvonne no se tomó el tren.

Wilson volvió de Uruguay cuando Jonatan tenía dos años. Intentaron arreglar las cosas; se fueron juntos a Uruguay. Fueron idas y vueltas, (“porque Wilson ama mucho su país”), hasta que Yvonne decidió venirse a la Argentina con sus dos hijos, quedándose en su casa.

–Siempre intentamos armar la pareja, pero cuando una cosa no va, no va.

De Wilson se separó tres veces. Con Oscar nunca vivió, pero sí criaron a Nicolás juntos, y tuvieron un hijo, Patricio: “maravilloso niño, hoy ya adolescente”.

–¿Por qué no viviste con Oscar?

–A mí me parecía, y me parece todavía, que marido hay uno solo...

Lo más común sería que Wilson, Oscar e Yvonne no se llevaran bien. O al menos eso es lo esperable. Pero vimos otra cosa cuando fuimos con Pablo a comer un asado, un domingo al mediodía. Había un sol radiante. La mesa estaba puesta abajo de la higuera. Había chorizo, carne, ensaladas y mucho pan. Estábamos contentos, todos. “Wilson y Oscar, los amores que no pudieron ser, pero que se unieron en amistad con ella”, escribió Yvonne. “La gran pregunta es: ¿y por qué Wilson tendría que ser un desagradecido con quien cuidó a sus hijos, como si fuera su padre? ¿O por qué Oscar debería ver con malos ojos al padre de aquellos niños a quien él amaba tanto?”

Finalmente, como si fuera un nuevo principio o una nueva promesa marital, Wilson le pidió perdón a Yvonne frente a una iglesia llena. Oscar también pidió disculpas por sus errores. “Se separaron como pareja... pero nunca como padres”.

Las vueltas de la vida son demasiado misteriosas, y yo no soy quien para juzgar a nadie.

Termino de escribir y tengo algunas dudas. Yvonne estuvo preocupada con la publicación de la crónica anterior.

–Profe, yo lo que menos quiero es herir a las personas o traerles a causa mía, por lo que quiero escribir yo, o que usted quiere escribir conmigo, o yo con usted, cosas que ellos capaz que no quieren... entonces mejor así, que sea suave para ellos y, bueno, contar más o menos pero sin herir.

Pero que la verdad se note, pienso yo. Y la verdad se nota. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

(Continuará).

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