Literatura

Lejana Buenos Aires 11 (Última entrega)

viernes, 31 de diciembre de 2021 · 07:58

Por Mauro Peverelli

Con la ciudad casi vacía, entre calles apretadas y avenidas desiertas, el colectivo avanza. La noche estira los brazos y se despereza. Un cansado parpadeo de carteles y de pantallas inmensas. Un viento tibio y desganado como el aliento fatigado de una deidad perezosa, vista en la impostergable necesidad de tener que tomar la decisión sobre qué hacer con este mundo. No hay casi gente en las paradas. Entonces el colectivo avanza, sin más interrupciones que la de los semáforos y su caprichosa apatía cromática.
Sube una mujer y se sienta en una de las butacas individuales. Mira la noche a través del vidrio. No hay mucho en la mirada. No parece más atenta a la ciudad cansada que al tembloroso y colorido mapa de sus pensamientos. Unos segundos después hurga en su cartera. Saca un libro. La sonata para Kreutzer, de León Tolstoi.

En la primavera de 2019, en el otoño europeo, viajé a España, por cuestiones personales. Antes de viajar le escribí a Charly. A veces con mayor fluidez, otras con intervalos de años, habíamos conseguido mantener el contacto. Charly escribía largos mails contando, en ocasiones con excesivo detalle, las alternativas de su vida en Europa. Cada tanto mandaba alguna foto. Con la alemana había durado poco. Vivió algunos años en Portugal. Como conocía las cosas que me interesaban, me enviaba fotos de lugares históricos. Una vez mandó una de él, de pie, en la puerta de la casa de Pessoa, en el centro de Lisboa. Había pasado por varias ciudades. En Portugal vivió también en Porto. En Francia en Grenoble, la ciudad donde nació Stendhal. En España en Valencia y en Gijón. Desde hacía algunos años, casi desde principios del siglo, se había establecido en Madrid.
La mujer sigue leyendo, indiferente a la noche y al recorrido. Con esta luz… digo, con algo de envidia y casi en voz alta. Pienso en Ana Karenina. Piglia narra esta escena en El último lector. Ana, en el asiento de un tren, lee un libro. Se alumbra con un farol que apenas le deja ver la página.
La marcha, ahora, se hace más lenta. Adelante hay un camión, de los que levantan los contenedores con la basura para después volcarla en la compactadora. El colectivo se detiene. Después, cuando arranca, sigue al ritmo del camión que va adelante. El chofer parece no tener apuro. Saca su teléfono celular y se pone a toquetear la pantalla.
Sobre el final de la novela, en uno de los últimos capítulos, Tolstoi rompe el perfecto equilibrio de la escritura decimonónica para darle paso a la literatura moderna. Ana Karenina tiene que viajar a Moscú, a encontrarse con Vronsky. Llega a la estación de trenes. Su vida es un desastre. Su matrimonio ya no existe. Siente que Vronsky ha dejado de amarla. La sociedad aristocrática a la que pertenece le ha dado la espalda.
Me encontré con Charly en el centro de Madrid, a unas cuadras de la Puerta del Sol. Lo había visto en imágenes, en fotos que solía mandar junto a los mails que me escribía. Pero verlo allí, ocupando una mesa en la vereda, en aquél bar en una callejuela de Madrid, casi treinta años después, fue algo que difícilmente se pueda explicar con palabras. Se puso de pie y me abrazó. Hubo unos segundos de silencio. Qué viejos que estamos, me nació decirle, cuando recuperé el aliento. Hablá por vos, me dijo y se rió y se pasó la mano por la cabeza donde ya no quedaba un solo pelo. Era de tarde. Pedimos cerveza. Hablamos.
Ana Karenina camina por el andén. La habita la decisión de la muerte, y lo hace, está claro, como una acechanza. Es imposible sostener la prosa equilibrada y cadenciosa de las mil páginas anteriores. El relato se requiebra. Aparecen fragmentos de pequeñas impresiones que dan perfecta cuenta de una conciencia en crisis. 
Algunas décadas después, Joyce escribe el Ulises, y le da la forma definitiva a la conciencia moderna. La metralla intelectiva de la vida moderna. No sobresale una desgracia a la vista, pero sí una acechanza.
Charly se había casado con una uruguaya, en 2003. Tenía dos hijas, 16 y 13 años. Seguía trabajando con los caballos. Ahora de salto. El bar donde estábamos era el hermoso rincón de una esquina con árboles, lleno de mesas afuera. Un acordeonista tocaba canciones folclóricas y los turistas le dejaban monedas en el estuche del instrumento. Tocó algunos fados, algún cante jondo, una canción flamenca. Sobre el final de nuestra charla, cuando Charly me contaba que no había vuelto a la Argentina, que sólo había hecho un viaje, hacía unos años, a Montevideo, a ver a la familia de su mujer, el tipo se puso a tocar Por una cabeza, de Carlos Gardel
Quizás por asociaciones literarias, pero es más probable que fuera a raíz de las relecturas por el hecho de haber tenido que entregar, hace unos días, el libro, volví a pensar en el Viaje al Río de la Plata, de Ulrico Schmil. Pensaba en ese libro. Pero no tanto en el libro sino en las notas que Schmidl toma del viaje. Fragmentos de impresiones. Notas sueltas sobre la inminente amenaza de los indios. La muerte por todos lados. La letra temblorosa. Las páginas sucias de barro y de sangre. La tragedia acechando a cada instante. Joyce reescribe las notas de Schmidl, pensé. Una voz requebrada y vertiginosa reproduciendo los ecos del delirio. Es el principio del siglo veinte y el capitalismo moderno comienza a mostrar los dientes, a perfeccionar su lógica de jungla, donde depredadores y presas coexisten. Escenario, este, que propicia las pulsiones primitivas, que refina la tensión de una conciencia ahora sólo volcada a la necesidad de tener que devorar y no ser devorada
Por una cabeza, si ella me olvida… qué importa perderme, mil veces la vida, para qué vivir…Ya no escucho esta música, me dijo Charly. El acordeonista insistía con aquella melodía. Yo las llamo canciones de gatillo, seguía; escucho dos temas de estos y me tengo que balear en un rincón, como dice el tango. Habíamos pagado la cuenta. Nos pusimos de pie para despedirnos. ¿Te acordás cuando íbamos al boliche de Carlitos Jainaga, allá en la Buide, frente a la estación… existe todavía?, preguntó. No, le dije. Dejó la mirada perdida; los pensamientos en aquél pasado. Escuchábamos estos tangos…  jugábamos al chinchón con los viejos, ¿te acordás?, hasta la madrugada, ahora los viejos somos nosotros, agregó. Nunca pensábamos, en aquél momento nunca…
El acordeonista, de pronto, empezó a tocar: Anclao en París. Charly me miró. Guardaba los anteojos en un bolsillo de la campera. Yo ya no sabía si era risa o pena lo que había en su expresión, cuando empezó a escuchar aquel tango. ¿Vos sabés cómo empieza? Me preguntó. ¿El Qué? Este tango, ¿te acordás cómo…? No, dije. Me abrazó y nos despedimos: Quedamos en escribirnos, en mantener el contacto. Se fue. Hizo un par de pasos y se dio vuelta. Lejana Buenos Aires… dijo. Siguió caminando. Lo perdí de vista cuando llegó a La Gran Vía.

 

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Comentarios

5/1/2022 | 12:26
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Que hermosa historia! Voy a extrañar leerla todos los viernes