Literatura

Lejana Buenos Aires (7ª entrega)

viernes, 3 de diciembre de 2021 · 07:36

Por Mauro Peverelli

Una bruma débil, estática, como una porfiada presencia en las ciudades portuarias, se instala sobre las cúpulas, sobre la parte alta de los edificios. En algunas calles, incluso, permanece encajonada, inmóvil. Sopla un viento tenue y desganado. No alcanza para disiparla. Apenas la interpela, sin conseguir, en ningún momento, perturbar su gesto de apatía y de tristeza. Reina un extraño silencio. Cruzo el centro en diagonal. Desde Congreso hasta Retiro. Busco las puertas de los edificios donde entrábamos con Ana. Me parece reconocer alguna. La fisonomía del centro es un organismo vivo. Permanece en una transformación constante. Hay comercios que cierran, otros que abren, algunos simplemente se reciclan. Con el tiempo las fachadas, la cartelería, se han vuelto gritonas, implorantes. Su intento por ingresar, de cualquier manera, al esquivo y apático reducto de la conciencia del caminante, se ha tornado voraz, desesperado. Cruzo la avenida Córdoba. Hay poco tránsito. El panorama aquí es algo más claro. El viento se siente en la cara.

Estábamos en Padock la noche que me lo dijo. Nos habíamos encontrado de casualidad. Ella venía del centro. Acababa de bajar del 57. Yo sólo caminaba. No recuerdo, en este momento, qué era lo que hacía, ni hacia dónde me dirigía. Ana fue quien me vio. Yo estaba parado en la esquina del colegio número 1. ¿Esperaba a alguien? ¿Me dirigía hacia algún sitio? No lo sé. A lo mejor sólo aguardaba a que cambiaran las luces del semáforo.

La invité a tomar algo. Hacía más de dos meses que ya no salíamos. Paddock estaba sobre Rivadavia, al lado de la joyería Cormery. Era un edificio de dos plantas. Creo que fue demolido. Fue el pub más lindo de Pilar, de todos los tiempos. Incluso hoy no hay uno que se le acerque. La decoración, la temática, como lo anunciaba su nombre, era relacionada a los caballos. Semejaba un establo. El interior era alto, con un entrepiso de madera donde había mesas con vista a la planta baja. Tenía un enorme hogar a leña sobre una pared lateral, y asientos con almohadones rodeándolo. Allí nos sentamos con Ana. Le pregunté cómo estaba, qué había sido de ella, qué había hecho durante todo ese tiempo. No mucho, me dijo. Ya me conocés... Por eso pregunto, dije yo y nos reímos. Tomaba una gaseosa con un sorbete. Me observaba por encima del vaso. Quería decirme algo, lo notaba en los gestos, en el repentino silencio que seguía a las risas.

En el centro quedan, todavía, algunas esquinas sin ochava. Últimos vestigios del Buenos Aires de la colonia. La gente camina enfrascada en sus asuntos. Un mundo en cada rostro, en esa ausencia que hay en cada mirada. ¿Hacia dónde avanzan las ciudades, la vida en las ciudades? En su Sueños de un paseante solitario, Rousseau termina confesando que, en el único lugar donde fue feliz, fue en una isla donde había una sola casa. “Desde entonces”, escribe, “me he hartado de los hombres, y mi voluntad, que coincide en este punto con la suya, me mantiene aun más alejado de ellos de lo que consiguen sus maquinaciones”. Había escrito El contrato social, el tratado más influyente en la creación de los nacientes Estado Nación, que le daría la forma social y política a todo occidente. Un manual de convivencia. Y había terminado solo, exiliado, perseguido; observando y poniéndole nombre a las especies de plantas con las que se topaba en sus paseos. “Acaso es tiempo de aprender, en el momento en que hay que morir, cómo se hubiera debido vivir”. Se preguntaba. Una visión amarga. Entendible para alguien a quien las monarquías europeas de la época, buscaban acallar de la manera que fuera.

En la avenida Santa Fe el tránsito está interrumpido. No alcanzo a ver, a la distancia, si se trata de un corte, un reclamo, o simplemente de una obra. El tráfico se desvía hacia Paraguay, hacia Marcelo T. de Alvear.

Ana hablaba de pintura. El dolor desgarrado en las oscuridades de Caravaggio. La luz en Rembrandt. Las coloridas aglomeraciones en la Italia de Veronese, de Tiépolo. Yo me perdía. Mi ignorancia en la materia hacía que me quedara afuera de gran parte de lo que ella explicaba. ¿Qué pasa?, la interrumpí en un momento. Se quedó callada. Mirando el pulmón oscuro de hollín en el hogar a leña. Me voy, dijo, de pronto, sin mirarme. ¿A dónde? Recién llegamos, recién… No, me voy a Italia; conseguí una beca en Milán, en la academia, en… No la escuché más. Se me presentó su imagen mirando el río, una mañana de sábado, en una terraza del barrio de Retiro. Hacía de ello, en ese momento, algo más de un año. Estábamos juntos en ese entonces. Yo la sentía cerca, casi parte de mi persona. Sin embargo sus pensamientos, ahora estaba seguro, ya tenían esa distancia que acababa de pronunciar con sus palabras. Ya no estábamos, como decía, en pareja. El hastío, el aburrimiento, la facilidad con que se agotaban en Pilar, en aquél tiempo, los circuitos, los lugares donde divertirse, o por lo menos donde distraerse, habían hecho que la relación se desgastara. También la diferencia, claro, la distancia en las expectativas. Yo me consideraba incapaz de seguirle el ritmo. Era un chico de pueblo. Creo que lo sigo siendo. En los ojos de Ana, en cambio, ya estaba el mundo.

Lo sentí como un golpe. Aceptar que no seguíamos juntos, que no teníamos más relación que la de dos amigos con algunos buenos recuerdos, era algo que podía tolerar sin problemas. Pensar que ya no estaría en la misma ciudad por la que yo caminaba todos los días, que ya no podría encontrármela, era algo que no me lo esperaba.

Llegué hasta Suipacha. Reconocí la puerta del edificio que buscaba. Miré hacia arriba. A un costado, del lado en que Ana se había apoyado y miraba a lo lejos, han construido un enorme edificio, en su exterior vidriado. Piel de vidrio, es como le dicen ahora. Supera al otro en altura, por unos cuantos pisos. La parte más alta se pierde en la bruma. Desde la terraza donde antes se podía ver la distancia, el río, ahora ya no se puede ver nada. 

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