Un abrazo de madre IX

Ramona. Merendero “Nuestra Señora de Caacupé” (1)

miércoles, 29 de diciembre de 2021 · 07:20

Ramona. Merendero “Nuestra Señora de Caacupé” (1)

"Pues a ti Madre mía querida clamamos para que intercedas por nosotros”. Oración a Nuestra Señora de Caacupé.

Por María Colaneri

Ramona Maidana, paraguaya, devota de la Virgen de Caacupé. Su casa queda en el barrio Toro de Presidente Derqui. Lejos, donde parece que todo se termina. Las calles son de tierra y la casa está frente a un campo todavía baldío; cruzando el campo está La Escondida. En la casa, además de Ramona, viven Zully y Diego, sus hijos; el hijo de Zully, Gustavo, de quince años; y la familia de Diego: su mujer María Elena y sus hijos mellizos Mariana y Luis, de dos años.

­–¿Tu marido? –le pregunté a Ramona.

–No hay.

Conozco a Ramona desde hace varios años, pero no nos volvimos a ver hasta uno de los talleres. Ella se acercó después de la clase y me mostró, en su celular, una foto en la que estoy subida a una bicicleta con Rosario, una compañera. Nos dimos un abrazo largo y prometimos quedar en contacto.

Otra vez, terminado un taller, aproveché para llevarlas a ella y a Zully hasta su casa. Digo “aproveché” porque, si no fuera por estas cosas, nunca andaría por Toro. Me hicieron dar vueltas y vueltas y pensé que no llegaríamos nunca. Llegamos. Había gallinas y pollitos por todos lados, y Ramona me llenó una bandeja de huevos frescos.

–Voy a venir a visitarte más seguido –dije, y volví a casa contenta.

Sabía que tenía que escribir sobre Ramona. Pero antes de poder hacerlo iba a tener que hablar con ella, visitar su casa con tiempo, verla trabajar en el merendero. Porque, aunque ya conocía a Ramona, no la conocía realmente, porque nunca había prestado atención a su historia. Es la literatura, escribir estas crónicas, lo que de verdad me acerca a personas como ella.

Ocho de diciembre, día de la Inmaculada Concepción de María. Ramona me invitó al festejo del merendero. Me recibió de brazos abiertos, como hace siempre. La galería estaba decorada con guirnaldas y abajo de un níspero habían montado un altar. Una imagen grande de Nuestra Señora de Caacupé, la patrona de Paraguay. Varios rosarios colgando de la imagen. Un florero con flores rojas y una vela azul, encendida. Alrededor de la Virgen, golosinas; parecía un símbolo de abundancia.

Me quedé helada ante el altar. Ramona se acercó, pero no la miré porque tenía los ojos llenos de lágrimas. Miré la imagen. Corona dorada, con una estrella brillante: María, estrella de la mañana que anuncia el final de la noche y el comienzo de un nuevo día. La túnica blanca y el manto azul con flores. El rostro moreno, mestizo, y el pelo largo que cae por la espalda, pelo larguísimo como el de Ramona y el de Zully. Mirada maternal que guarda sobre sus hijos. Todos sus hijos. Guarde a mi Pablo, Señora, quise pedirle.

–¿Puedo sacar una foto? –dije–. Para Pablo que es devoto.

–Claro, mi reina.

–Él no anda bien, Ramo.

No andábamos bien, debería haber dicho. Tampoco andamos bien ahora.

–Entonces pedile –dijo Ramona.

Nuestra Señora de Caacupé, Señora de los Milagros, ten piedad de mí, me gustaría haberle dicho, pero no me animé a pedir.

–¿Cuál es la historia de la Virgen de Caacupé? –pregunté en su lugar.

–Dicen que en la zona había un indio converso, porque ahí estaban las misiones de los jesuitas. El indio se llamaba José y era escultor. Y un día estaba en el bosque y escuchó que venían los indios malos –dijo Ramona; lento, como habla ella, mezcla de español y guaraní, con una voz dulce y riendo seguido–. Los indios malos perseguían a los católicos. Entonces José le pidió a la Virgen que lo protegiera, y la Virgen le dijo que se escondiera en un árbol de yerba mate. Cuenta la leyenda que los indios pasaron de largo sin verlo. Entonces José talló una imagen de la Virgen de la madera de ese árbol. En el lugar del milagro hay un manantial de donde sale agua bendita. Y muchos más milagros hizo la Virgen por la zona.

Habla lento y cautiva, sus ojos chispeantes en una cara hermosa que parece tallada en madera.

–Años después encontraron la imagen original y ahora está en una capilla en Caacupé. Hay una imagen de la Virgen que sale, incluso va por distintos países, pero la imagen original, esa no sale de la capilla. Y miles de personas se acercan a pedirle.

–¿Qué significa Caacupé?

–“Detrás del monte” –dijo.

Los chicos empiezan a llegar.

"Ya la caravana / de los promeseros / ascienden la loma de Caacupé. / Campanas de bronce / tocando oraciones / llaman a los fieles con un canto dulce para el Ñembo'e”.

Zully, María Elena y Nancy, otra de las colaboradoras, sirven la mesa. Hay chipa, sopa paraguaya, milanesas, rosquitas, budín. Botellas grandes de jugo y hielo porque hace calor. Los chicos se sientan, demasiado pegados porque hay pocas banquetas y en mal estado – aviso que Ramona busca mesas y banquetas para el comedor, por si algún lector puede colaborar.

Hay música. Ramona me sirve un plato especial de empanadas, chipa y sopa. Las mujeres les insisten a los chicos para que coman. Y vuelven a llenar los platos cada dos por tres. Son mujeres francas, directas, que ríen y hablan fuerte. Me gustan estas mujeres. Los nenes parecen estar contentos. Algunos son tímidos y comen en silencio; otros hablan hasta por los codos. Se ríen entre ellos. Llegan por tandas, son quizá treinta, vienen solos y se retiran cuando terminan de comer. Antes de irse, les dan una bolsita con golosinas, y los nenes se van, caminan por la calle de tierra a medida que el sol va bajando.

Antes de irme, a mí también me dieron algo para llevarme a casa: bandejas rebalsando de sopa, chipa y empanadas.

–Es demasiado –les dije a Ramona y Zully cuando veía lo que servían.

Ramona contestó:

–Hay que alimentar a Pablo.

Como si entendiera que eso me daba la excusa de un regalo, como si supiera aquello que yo no le había contado.

Fui otra tarde, a la hora de la siesta, a hablar con ella, las dos solas. Yo tenía poco tiempo pero ella me dijo:

–No hay problema, mi reina.

Para Ramona es como si nunca hubiera problema, como si todo pudiera solucionarse.

Nos sentamos en la galería. Sobre la mesita hay dos vasos y una botella de agua con hielo.

–Estuvimos sin luz hasta hace un ratito –dice Ramona–. Están poniendo los medidores.

Me cuenta que las casas de alrededor estaban colgadas de la luz, y que ella organizó, junto con la Municipalidad, para que regularizaran la numeración en las calles y pudieran poner medidores en cada casa.

–La gente está contenta.

–¿Qué más hacés para la comunidad, además de dar comida y de esto de los medidores? –pregunto.

–Y... de todo. Medicamentos, si alguien necesita, o les sacamos turno en la salita. O cosas de ANSES. O si necesitan chapa o madera, les conseguimos –dice, y se ríe–. De todo.

–¿Dirías que trabajás para la Municipalidad?

–Y... yo diría que sí. Pero yo con cualquiera que pueda ayudar, yo trabajo.

–¿Cuándo empezaste con el merendero?

–En 2011.

–¿Y cómo empezaste?

–Primero en el merendero de una mujer allá en la otra esquina. Rosa. Cuando llegué acá, una vecina vino a verme y me dijo que me iba a llevar a conocer a una mujer, que llevara un bolso y una mochila. Entonces fuimos. Era María (Romero). María me contó que iban a marchas en Buenos Aires, me preguntó si alguna vez yo había ido a una marcha. Yo le dije que no. Yo quería trabajar, siempre trabajé.

–¿Y qué pasó?

–María me dijo que entonces iba a empezar en lo de Rosa, y después ya me iba a conseguir algo. Y me preguntó: ¿trajiste la mochila? Yo se la di y ella puso ahí adentro harina, aceite, azúcar, tomate. Me lo llenó que casi no lo puedo traer. Y me dijo: vos vení todas las semanas que te voy a dar.

María Romero era la referente del MUP, el Movimiento de Unidad Popular.

–En lo de Rosa primero lavé platos, pelé papas, así. Una tarde había que hacer tortas fritas y me preguntaron si podía preparar la masa. Entonces yo mezclé todo y después les dije: ¿amaso? Y me dijeron: sí. Ellas querían hacer así redondas pero eso no rinde cuando son muchos, entonces yo estiré la masa así grande y corté en diagonales con un cuchillo. Y después les dije: ¿las hago? Freí y salieron riquísimas. Y de ahí en más decían que ellas no querían hacer más nada, que yo hiciera todo.

Cuando Rosa dejó de tener el merendero, le dio la idea a Ramona de continuarlo. Para entonces ya se habían mudado a la casa donde viven ahora.

–Acá no había nada. Sólo la casa de la esquina y una casa allá en la otra cuadra. Pero igual la gente venía.

–¿Estás conforme con el programa María Romero? –pregunto.

–Sí.

–Viste que dicen que hay mujeres que abren un comedor para cobrar la plata del programa... ¿cómo ves eso?

Piensa un segundo.

–Bien... mientras den de comer –dice Ramona–. Lo que veo mal es que se guarden. Eso sí que yo no me animo.

Además del merendero, la gente viene al mediodía a buscar su comida. A veces Ramona recibe donaciones de mercadería; entonces arman bolsas y las reparten. Sé que hacen esfuerzos grandes para conseguir y buscar las donaciones.

–¿Tenés un registro de la gente del merendero?

–Sí. Acá todos la primera vez que vienen a pedir comida, ya vienen con la copia del DNI. Eso no es un problema.

–Y los chicos que vienen acá... ¿vienen con sus mamás?

–Algunos sí, otros no.

–¿Sabés si los chicos tienen algún problema de salud? Porque si no les pueden dar algo que les haga mal.

–Nos pasó una sola vez... una nena que era celíaca. Y le conseguimos comida especial. Ella venía acá, pero no comía nada de lo que cocinábamos, después se llevaba la comida especial a su casa.

–¿Qué pasa si ven que un nene viene con algún problema de la casa? Un moretón, un golpe, o algo que dice...

–Ahí le preguntamos al nene. Y después tratamos de hablar con la familia. Pero a veces no te podés meter. Yo ahí le aviso directo a la asistente social de acá.

Sé que a Ramona hay personas del barrio que la llaman “mi ángel”.

Miro el reloj.

–Me tengo que ir, Ramo.

–¿Cuándo volvés?

–¿Mañana?

–Te espero, mi reina.

(Continuará.)

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