Literatura

Lejana Buenos Aires (10)

viernes, 24 de diciembre de 2021 · 07:58

Por Mauro Peverelli

La llovizna, ahora, como el gesto abatido de un dios desganado, apático, que paladea el sabor riesgoso de la depresión para ver si puede convertirla en inofensiva nostalgia, cae vertical, indiferente. Nada de viento. Un silencio de ciudad dormida se mete entre las bocacalles. Se queda en las esquinas. Permanece. Remonto, otra vez, la calle Alsina. Un hombre con la mitad del cuerpo metido en un tacho de basura. Una escena repetida en la ciudad. El carro cargado de cartones y de porquerías sobre la calle. Los autos no pueden pasar y empiezan los bocinazos. El tipo se balancea, entre el interior del tacho y la vereda. Desoye las bocinas. Cuando alcanza lo que buscaba sale. Lo sacude golpeándolo sobre el muslo. Parece una lámpara, un velador destartalado. Lo mete dentro del carro y sigue por Alsina. 

Voy al mismo sitio donde, hace un par de semanas, entregué el libro de Ulrico Schmidl. Viaje al Río de la Plata. Esta vez se trata de un viejo catálogo de pinturas de Martín Malharro. El pintor de los paisajes, injustamente oculto detrás de una época que trató al paisajismo como mera pintura decorativa. En algunos cuadros de Malharro, en la quieta luz de sus extensas soledades, como un desamparado impresionismo lleno de distancias, dormita el resplandor pálido pero insistente de nuestra identidad siempre difusa, siempre esquiva.

Cuando Charly se fue lo acompañamos al aeropuerto. Éramos cuatro, cinco amigos. Me acuerdo de cuatro. La noche anterior nos fuimos a dormir a su casa. Había que salir de madrugada y decidimos que saldríamos todos desde la casa de Charly. Era en la Villa Buide. Un par de cuadras antes de llegar, por la calle Corbeta Uruguay, había un boliche de barrio donde los parroquianos hacían un asado, en la vereda. Cuando pasamos por allí la gente saludaba. Algunos abrazaban a Charly en una despedida auténtica y sentida. Me acuerdo que el boliche se llamaba El gorrión zurdo. Cómo olvidar ese nombre.

Me meto, otra vez, en el bar que hay en la esquina de Mitre y Suipacha. Enfrente está el Palacio San Miguel, y frente a este la iglesia del mismo nombre. La fachada, que fue remozada a principios del siglo veinte, es de estilo neorrenacentista, según consigna una ficha explicativa. La construcción original data de la primera mitad del siglo dieciocho. La ficha refiere, también, que durante la segunda invasión inglesa, una columna al mando del teniente coronel Duff, acosado por el fuego de fusiles, por los vecinos que habían quitado las piedras de las calles y las arrojaban al enemigo desde las azoteas, intenta entrar en esta iglesia. En su informe a la Corte Marcial Daff declara: “...el enemigo comenzó un terrible fuego de fusil desde las casas opuestas… comprendiendo que era imposible forzar la puerta de la iglesia, con las herramientas que nos habían entregado, juzgué prudente desistir y penetrar en la ciudad…”

Llegamos a Ezeiza después de un largo viaje en tren, en dos, tres colectivos, ya no me acuerdo. El clima era de algarabía, de entusiasmo, tenía el impulso cándido y despreocupado con el que, a esa edad, se acometen estos momentos, aunque en el breve futuro sobrevengan las distancias, las largas ausencias. Se suele pensar, en esos momentos, que nada, en absoluto, consigue dañar la membrana que recubre el ímpetu avasallante de una juventud que durará para siempre. ¿Es, acaso, esa edad, esa etapa de la vida, el momento donde el tiempo se detiene?, ¿donde la idea, vaga, difusa, de un porvenir auspicioso, prometedor, siempre cerca y siempre lejos como la imagen del último sueño, se perpetúa? 

Anunciaron el vuelo. Las voces se acallaron. El ánimo cambió, de pronto, como si alguien hubiera apagado una luz. Vinieron los abrazos, las discretas bromas disparadas con la intención de evitar una emotividad que igual se imponía.

El comprador me envía un mensaje avisando que está demorado, unos diez minutos. Ya no llueve. El cielo, igual, está oscuro, poco amigable. Tenemos, pienso, mayor habilidad para socavar nuestros logros, nuestras gestas, que para ufanarnos de ellas. Así la historia es un laberinto que siempre encierra nuestra pobre autoestima. Es eso, me parece, lo que hace que, a lo largo del tiempo, prevalezcan nuestras endémicas divisiones. 

Juan Manuel Beruti escribe, en sus Memorias Curiosas: “El 5 de julio de 1807 feliz para esta capital por haberse librado a la fuerza del valor de sus hijos del enemigo…No cabe en expresión, ni es posible pintarse la acción de este día con todas sus circunstancias… “

El coronel Lancelot Hollan, al mando de una brigada que se había refugiado en el convento de Santo Domingo, anota en su diario las alternativas al momento de rendirse: “Se nos ordenó salir desarmados. Fue un momento amargo para todos nosotros… Se nos hizo marchar a través de la ciudad hasta el fuerte. Nada podía ser más mortificante que nuestro paso por las calles en medio de la chusma que nos había vencido. Eran individuos de piel muy morena, cubiertos de harapos, armados con mosquetes largos y algunos con espadas. No había el menor asomo de orden ni uniformidad entre ellos.”

La amargura, el natural desprecio de Hollan por nuestra gente, pienso, se vuelve aquí el mejor halago, y quizás hasta un lugar donde encontrarnos. Están en la historia, a cada paso, los hechos que nos hacen grandes, o por lo menos no tan despreciables como a veces nos suponemos. La historia tiene, también, por supuesto, algunas calamidades de las cuales avergonzarnos. Llegará el tiempo, sería de esperar, en que aprendamos a mirar para ver con qué nos quedamos.

Pisó la escalera mecánica. Ensayó un saludo aparatoso al que reprimió al instante, intentando no delatar que la despedida lo afectaba. La expresión en su cara, en cambio, no conseguía escapar a la densa atmósfera de los adioses. Pasaron casi treinta años. He olvidado, como es entendible, infinidad de cosas, de hechos. Hay personas cuya presencia se ha vuelto borrosa, lejana en el recuerdo. Pero la expresión en la cara de Charly, aquella mañana en Ezeiza, alejándose en la escalera mecánica, el miedo, la fragilidad y el espanto, se quedó impresa para siempre en mi memoria. 

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