Literatura

Lejana Buenos Aires (9)

viernes, 17 de diciembre de 2021 · 07:56

Por Mauro Peverelli

Es una noche calurosa. Algo húmeda. Un grupo de polillas orbita alrededor de una lámpara de luz que hay en una columna de hierro, plantada casi llegando al cordón de la vereda. Hay un colectivo que no llega nunca. Es algo tarde y la frecuencia es más espaciada. Poca gente en las veredas. También poco tránsito. Es como si el ritmo cardíaco de la ciudad disminuyera. Apenas registra signos vitales. Como un animal dormido. Espero unos minutos. Miro a lo lejos, hacia el final de la avenida. No hay rastros del colectivo. Empiezo a caminar. Me meto en el barrio de Almagro. Circulo por algunas calles adoquinadas, por algunos pasajes. A esta altura el plano de la ciudad se desarma. Las calles son afluentes disgregados de un estuario que forma islotes irregulares y fragmentarios. Para Martínez Estrada, a quien le complacía fatigar analogías, la ciudad se había hecho al revés. No se había expandido hacia la periferia. Sino que era la pampa la que había ingresado en ella, imprimiendo su identidad dispersa, austera y solitaria.

En el interior del barrio hay más movimiento que en sus avenidas. Los bares sacan sus mesas a las veredas. Gente caminando por las calles. Repartidores en bicicleta. Un par de pibes toman cerveza sentados en el cordón. Deliberan. Hablan en voz alta. Intentan mutar su pequeña disputa en la solución definitiva a los problemas del mundo. 

 Estoy en problemas, me dijo Charly una tarde. Estábamos sentados en El Colonial, en una mesa en la vereda. Era verano y el calor no daba tregua. Nos disputábamos la pobre porción de sombra que ofrecía la sombrilla clavada en el centro de la mesa. ¿Qué pasa? Lo notaba, a decir verdad, algo raro. Apenas había pronunciado un puñado de palabras desde que había llegado. Quejas por el calor, por el humo de los autos. Me enamoré de la alemana, dijo. Me dejó seco, sin capacidad de reacción. Charly era un pibe alegre, jocoso, expansivo cuando se hablaba superficialmente de las relaciones de él y de sus amigos. Pero, cuando le tocaba hablar de sus sentimientos, se volvía retraído, pudoroso. La alemana… la de los caballos, dije, sin entender todavía lo que pasaba. Trabajaba en una caballeriza. Cuidaba y entrenaba unos caballos de polo. Sí. Y cuál es el problema. Que está casada, dijo Charly. Levantó la mano para pedir su vaso de agua con hielo.

Cuando decido que no estoy apurado me meto en un bar de la calle Guardia Vieja. Estoy en la mesa de la ventana. La noche sigue siendo una membrana tibia y pegajosa. Uno de los pibes, que tomaban cerveza sentados en el cordón de la vereda, está, ahora, abrazado a una columna de luz. Tiene la cara apoyada al caño. Los ojos cerrados. Sonríe y le murmura cosas. Como si estuviera a punto de dormirse y le susurrara las últimas palabras a quien duerme a su lado. En Noches Florentinas, el personaje de Heine se enamora de una estatua. La visita por las noches y le habla como si el objeto lo oyera y pudiera contestarle. Como todo gran poeta, Heine había conseguido conferirle al mundo que lo circundaba, no sólo a los seres vivos sino también a los objetos, a las cosas, la verdadera sustancia que las integra en una relación con nosotros.

El pibe sigue abrazado a la columna. Ya no habla. Parece haberse quedado dormido. Para los Presocrático, los llamados Filósofos Naturales, las personas se relacionaban de una manera más fluida con el mundo y con las cosas del mundo, porque ellas, las cosas, no se limitaban a jugar un papel pasivo, no decoraban el mundo de las personas, se relacionaban con ellas. 

La tarde, de a poco, se iba apagando. El calor no se enteraba. Charly tomaba de a sorbitos su vaso de agua, su Paraná on the rock. Hablaba. Parecía un chico confesando una travesura. A pesar de estar casada, hacía unos cuantos años, la alemana se quejaba de que la mayor parte del tiempo estaba sola. Su marido era mucho mayor que ella. Cuando venían a la Argentina el tipo se iba al sur, a pescar con unos amigos. A ella la dejaba dos meses sola en Pilar, ocupándose del personal y de los caballos.

Conservamos muy poco material escrito de primera mano de los Presocráticos. El poema de Parménides; los fragmentos de Heráclito, alguna frase de Jenófanes, de Anaximandro. Lo demás está todo en la literatura que viene después de ellos, Platón, Aristóteles y algún otro. Uno de estos fragmentos, es la sentencia donde Tales de Mileto asegura que Todo está lleno de dioses. Es decir: todo posee una sustancia que nos conecta, y a la que debemos el mismo respeto que ésta nos debe a nosotros. 

Quizás hay, allí, pienso ahora, en ese pasado tan remoto, como en tantos otros casos de civilizaciones mucho más ligadas a la tierra, a la naturaleza -en definitiva es de ella de donde provenimos-, una respuesta sobre cómo tratarla, cómo mantener, al fin, una relación con ella que sea menos hostil, menos dañina.

El otro pibe se acercó. Ayudó a su amigo a levantarse. Los dos se alejaron caminando por Guardia Vieja. Toda gran poesía, toda obra de arte, pensaba, es, también, aquella capaz de llevar de la mano al lenguaje, hasta enfrentarlo con el precipicio donde las cosas, el mundo que nos circunda, develan la verdadera sustancia que nos conecta con ellas.

Cuando nos fuimos del Colonial, aquella tarde, ya estaba oscureciendo. Charly me contaba que la alemana le había dicho que se fuera con él, que ella le pagaba el pasaje y le conseguía un lugar donde quedarse en Stuttgart, que era la ciudad donde vivía. Ni loco, me decía, qué carajo voy hacer yo en Alemania… no conozco, no sé una palabra de… Caminábamos por San Martín, para el lado de la ruta 8. Recién habíamos hecho una cuadra cuando le dije: Sí, la verdad es que es complicado, acá tenés tu vida, tus amigos… la mina además está casada. Cuando miré al costado me di cuenta de que venía hablando solo. Charly se había quedado parado en la vidriera de Brumel. Brumel era una tienda de ropa para hombres que había sobre San Martín, antes de llegar a Yrigoyen. Me volví hasta donde él estaba. ¿Qué pasa?, le dije, ¿Qué hay? Pilcha, contestó Charly, para el viaje. 

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