Literatura

Lejana Buenos Aires (8)

viernes, 10 de diciembre de 2021 · 07:27

Por Mauro Peverelli

En ocasiones, cuando las distancias no son importantes, suelo ir a entregar los pedidos en persona. Camino por Adolfo Alsina, para el lado del centro. Las veredas son angostas. Esta es una ciudad de muchos peatones y de veredas angostas. La mañana está rara. Había pleno sol cuando salí de casa. Ahora, lentamente, el cielo comienza a cubrirse de nubes. Con esta luz, algo apagada, la visibilidad aumenta. Siempre me parece algo extraño. Se cubre el sol, se apaga esa prepotencia incandescente de la luz golpeando las calles, las fachadas, y todo cuanto uno mira, los árboles, los autos o las personas, se definen con mayor nitidez, se aprecian los detalles. Los fotógrafos entienden de estas cosas. Las variables caprichosas que plantea la luz. Me fijo la altura. Faltan unas cuadras. Todavía tengo que cruzar 9 de Julio.

Ana por fin se fue. La vi una última vez. En la plaza de Pilar. Fueron sólo unos segundos; apenas alcanzaron para los saludos. Ella venía con una amiga. Era de noche, casi de madrugada. Iban a un boliche. Tactos, creo que se llamaba. Estaba en la manzana de la terminal. Sobre Rivadavia. Me voy la semana que viene, me dijo. Yo sólo la había saludado. No quería preguntarle nada. Como si consiguiera, con aquella negativa, borrar la contundencia de esa realidad que se avecinaba: su ausencia definitiva. La amiga había cruzado la calle. Miraba la vidriera de Gary Sport. Una tienda que había frente a la municipalidad, donde hoy está el bar Lions. Me acuerdo que tenía un toldo de chapa. De esos que se abrían sus pliegues y dejaba pasar el sol. ¿Vas a escribir?, le pregunté cuando vi que ya estaba atrapado dentro de la conversación de la que buscaba escapar. La amiga la llamaba, desde la vereda de enfrente. Es tarde, le decía. Ella se acercó y me dio un beso. Por supuesto, dijo y cruzó corriendo la calle. Es lo último que recuerdo. Ese paso apurado, con el que llegaba hasta donde estaba su amiga. Un comentario y una risa entre ambas, y yo, ahora sí, fuera de su vida para siempre.

Estoy llegando. El problema es que es muy temprano. Había quedado a las once. Falta más de media hora. En la esquina donde concerté el encuentro, con el comprador, hay un bar. Entro. Pido un café. Es en Mitre y Suipacha, frente al Palacio San Miguel. Saco, del sobre, el libro que traje para entregar. Es Viaje al Río de la Plata, de Ulrico Schmidl, expedicionario en la primera fundación de Buenos Aires. Recuerdo que leí este libro hace muchos años. Me había llamado la atención, en aquél tiempo, una de la primeras impresiones que anota Schmidl cuando llega hasta esta orilla del río “Desembarcamos en el Río de la Plata el día de los Santos Reyes Magos, en 1535”. Y sigue: “Allí levantamos una ciudad que se llamó Buenos Aires: esto quiere decir buen viento”. Más adelante narra las idas y vueltas con los habitantes originarios del lugar. Cuando los indios se cansan de los malos tratos de los españoles, que los obligaban a conseguirles comida, deciden juntar a todas las tribus y sitiar aquella precaria ciudad hecha de troncos, de barro y de paja. Es entonces donde aparece descrita la escena más feroz y desgraciada de la historia antigua de esta ciudad.

Nos escribimos durante algún tiempo. Poco a poco, por supuesto, el contacto se fue perdiendo. Ana nunca volvió a Pilar. Tenía poca familia en la ciudad. El padre, el hermano. Creo que también ellos se fueron. De a poco, entonces, me fui haciendo a la idea de que ya no volvería a verla. La ciudad, el pueblo, también de a poco fue cambiando, acompañando, a veces con excesivo celo, cada una de las crisis que le tocó vivir al país. Pilar suele estar, a veces, demasiado atenta a las alternativas políticas y sociales de su ciudad capital. Esto la ha hecho, en ocasiones, experimentar síntomas de dolencias que Buenos Aires ni siquiera había comenzado a atravesar.

Schmidl era alemán. Era uno de los tantos extranjeros europeos que viajaba con los españoles. De vuelta en Europa, ya viejo, en su ciudad de origen, reúne las notas de la expedición al sur del mundo, y escribe este libro increíble. Saer toma ese modelo narrativo para escribir El entenado -una de las mejores novelas argentinas de todos los tiempos-. El hombre mayor que en su ciudad europea, ya retirado de la vida práctica, recrea en la memoria el esplendor de un pasado lleno de aventuras y de tragedias, del otro lado del planeta.

Pilar, como decía, crecía vertiginosamente, El Parque Industrial empezó a volverse importante. La periferia comenzaba a urbanizarse. En pocos años la población se multiplicó de manera exponencial. Con los amigos, sin embargo, salíamos, recorríamos los boliches, agotábamos los circuitos con la misma prontitud de siempre. A veces veníamos al centro. No conocíamos mucho. Recorríamos la noche porteña como extranjeros de visita. Un poco fascinados.

Lo cierto es que, con la ciudad sitiada por los indios, el hambre se vuelve el mayor de los problemas. Unos soldados se roban un caballo y se lo comen. Pedro de Mendoza, ya devorado por la sífilis, los hace ejecutar y colgar a la vista de todos para escarmiento. Hay soldados que, por las noches, les cortan los muslos a los cadáveres y se los comen. Uno de estos soldados, que apela a este desesperado recurso, es hermano de uno de los muertos. 

El inevitable interrogante, en el que siempre se cae, por supuesto, es qué futuro, qué porvenir le auguraba a una ciudad que, como hecho fundante, tenía el desgraciado episodio de un hombre que se come a su hermano. Me niego a caer en triviales analogías con nuestras crisis actuales, pero no se puede dejar de reconocer que el eco tenaz y sonoro de este episodio recorre el tiempo, y en algún rincón de este presente perpetuo sigue haciendo ruido, sigue molestando.

Una tarde de sábado me vine solo. Estaba algo lluvioso. Me metí en el Museo de Bellas Artes porque había una muestra de bocetos de Picasso, de Joan Miró, de Barceló. Se exhibían fragmentos del Guernica. Bocetos de la gran obra por separado. Visto de ese modo, el gran trabajo de Picasso, causaba una impresión más desgarradora aún que la obra completa. 

Cuando salí del museo no llovía. Caminé por las calles anochecidas del barrio de la Recoleta. Me detenía a mirar las vidrieras de las galerías de arte cuando algo me interesaba. Cuando miré la hora ya era tarde. Caminé para buscar un colectivo que me llevara a Plaza Italia. Fue entonces cuando lo vi, en una galería cerrada. Se reunían obras de distintos artistas. Unas lámparas de luz tenue iluminaban individualmente cada uno de los cuadros. El más cercano a la vidriera era una pintura en acuarela de las dos torres de la iglesia de Pilar. En el vértice inferior derecho estaba firmado, con letra apretada y puntiaguda, Ana Rodríguez. Era el mismo dibujo, ya hecho pintura, que yo había visto, hacía muchos años, bocetado en una hoja del cuaderno de Ana, espiando por encima de su hombro, en una mesa del Colonial, pegada al vidrio que daba a la mañana llena de gente.

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