Un abrazo de madre VI

Yvonne. Merendero “Aún hay esperanza” (1)

miércoles, 1 de diciembre de 2021 · 07:46

No va a volver atrás

Ni por uno, ni por veinte, ni por cien...

Puede ser feliz igual.

G.I.T.

Yvonne vive en El Faro, en una casa azul que por dentro parece un laberinto. Vive con sus dos ex-maridos, Wilson y Oscar; su hijo menor, Patricio; tres perros y una gata. Tiene un fondo grande con una higuera que da sombra, una enorme pileta pelopincho y un jardín de flores, sobre la tumba de su perra Puca. Los ex-maridos trabajan juntos, se llevan bien, y para Patricio, hijo de Oscar, Wilson es su tío. O al menos así lo llama.

Pero cuando Yvonne dice “mi casa”, se refiere a un ambiente en la planta alta. Ahí tiene una hornalla para el agua caliente, una heladera, una mesa donde cose mientras mira por la ventana hacia el jardín, y un baño grande de paredes de azulejos azules con arabescos que le gustan mucho. En su casa hay que andar esquivando cosas, porque Yvonne junta de todo: muebles, ropa, retazos de tela, juguetes, vajilla; porque “nunca se sabe a quién le puede servir”.

Su habitación ahora le queda grande. Patricio dormía con ella, pero hace unos meses se mudó a uno de los cuartos de abajo. Su hijo tiene dieciséis años y es pegado a su mamá.

–Es que con él fui una madre diferente de lo que fui con Jesica o con Jonatan –me dijo.

Jesica y Jonatan son sus dos hijos mayores, hijos de Wilson.

–También con Nicolás –agregó Yvonne.

Sé que Nicolás es su ahijado, al que ella considera su tercer hijo. Lo trajo a la casa con tres años y ahora tiene veintisiete.

En las fotos familiares están todos juntos: los cuatro hijos, los dos ex-maridos, el yerno, Kristian, y las dos nueras, Daniela y Agustina, y Uriel, su nieto. A Yvonne no le importa lo que los vecinos puedan decir.

La primera vez que fui a su casa, un mediodía, nos sentamos a la sombra de la higuera y tomamos mates dulces, mientras esperábamos que la gente viniera a buscar su plato de comida. Yvonne habló un rato largo. No es difícil hacer hablar a Yvonne; lo difícil es que pase desapercibida. La recuerdo de cada uno de los talleres que compartimos, por las cosas que dijo y también por las que hizo. Recuerdo particularmente el taller del 3 de junio, cuando dijo claramente que su alegría era vivir, estar viva; lo dijo fuerte y mirando al cielo, en esa manera teatral que tiene de expresarse. Por momentos es un poco avasalladora. Pero dan ganas de estar con ella.

Yvonne nació en Montevideo el 24 de septiembre de 1966, y pasó su infancia en Uruguay. Sé que tuvo una infancia dura, y sin embargo lo que más me conmovió de su relato fue cómo habló de los frutales de la quinta de su abuela, que vivía al lado. Árboles de ciruelas rojas y de ciruelas amarillas, árboles de durazno, nogales y castaños, higueras tres en un plato. Hermanos y primos se tiraban frutas de un árbol al otro.

–Mi abuela era un ángel –me dice.

–La mía también –pienso, quizá porque el acento de Yvonne es parecido al entrerriano y me recuerda a mi abuela.

Su abuela la protegía de las cosas que no iban tan bien. Sin embargo, cuando Yvonne tenía seis años, su abuela se mudó. Siendo la mayor, pensó que la llevaría con ella, pero en su lugar su abuela se llevó a su hermana. Yvonne sintió esto como el primer abandono.

–Me quedé sola en la casa –dice–. Papá estaba poco y mamá prefería acostarse con tipos que cuidarnos a nosotros.

Yvonne tuvo que cuidar a sus hermanos desde chica, y lo hacía con mucho amor, al volver de la escuela. Pero un mediodía, cuando volvió, (y cito sus palabras, tal como lo escribió Yvonne, en tercera persona), golpeó, golpeó y nadie contestaba, entonces metió su brazo y sacó el palo que trancaba la puerta y sus ojos no quisieron ver lo que veían. Su hermano, Iván Ismael, de sólo ocho meses, estaba en el suelo. Se había caído de la cama y tenía mucho vómito en la boca. Buscó a la irresponsable de su madre que... con el hombre del fondo. Cuando llegaron, su hermano ya no respiraba, estaba azul como el cielo en un día de tormenta. Sólo recuerda la policía, los gritos, los llantos y aquel pequeño cajón que se llevaba a su hermanito, Iván Ismael, un bebote hermoso de piel blanca como las nubes.

–Con nueve años, perdí a mi segundo ángel –dice–.Todavía me culpo por la muerte de Iván, porque yo lo cuidaba. Porque yo lo puse boca arriba.

Yvonne prende un cigarrillo. Fuma y tose, fuma mucho, pero asegura que sus pulmones están bien, que es bronquiolitis lo que tiene.

–Bronquiolitis o lo que sea, el cigarro me acompaña como en el tango: fumar es un placer genial... sensual... –dice.

–¿Y tu mamá?

–Hacía cualquier cosa –dice–. Se acostaba con hombres. El hombre del fondo. El vecino este, aquel. Ni le importaba que nosotros la viéramos.

Después sus padres se separaron. A los doce años, su madre fue presa e Yvonne terminó en un reformatorio. Lo vivió como otro abandono. Cada vez que habla de abandono, se pone triste. Me cuenta cómo la mañana del juzgado los pusieron a los cuatro en una fila, y su abuelo decidió llevarse a sus tres hermanos. A ella la metieron en el reformatorio del Instituto Nacional de Menores.

–Por rebelde y altanera –me dice Yvonne.

Pasó un año ahí y aprendió muchas cosas. Cuando salió, se casó con Wilson. Ella de catorce años, él de dieciocho. Fue una fiesta grande, en la iglesia en el Prado, Montevideo, y al año se vinieron a la Argentina.

–Me gustaría haber tenido una madre que me dijera que esperara unos años, a cumplir los dieciocho –dice Yvonne–. Porque ¿viste como cuando tu perra tiene muchos perritos? Y vos no los podés cuidar a todos, entonces los metés en una caja y dejás la caja por ahí...

Hace una pausa, mira a la higuera, entre las hojas, quizá un higo que despunta.

–Si uno de esos perritos logra salir de la caja, ¿para dónde agarra? –pregunta–. Para cualquier lado. Bueno, yo era uno de esos perritos.

Escucho que golpean las manos.

–¡Yvonne! –gritan.

Salgo con ella hasta el portón. Niños y adultos empiezan a acercarse con “tapers”. Yvonne los conoce a todos. Con Mariana, su colaboradora en el merendero, servimos el arroz. Yvonne nos da indicaciones.

–Ellos son cinco en la casa, llenáselo hasta arriba.

O:

–Más salsa, que queda todo arroz si no.

Antes de cerrarlo, señala un “taper” y me dice:

–Si tuviera plata, sabés cómo compraría queso y le echaría así todo encima.

De postre hay gelatinas que Yvonne preparó en potes plásticos o vasos descartables, reciclados por ella.

La comida se termina, la gente se va. Volvemos a sentarnos bajo la higuera. Yvonne toma un cuaderno que hay sobre la mesa y me lo alcanza:

–Tome, profe. Acá escribí mi historia.

Guardo el cuaderno, que voy a abrir más tarde en mi casa. Veintinueve páginas manuscritas: su historia, la historia de Yvonne en tercera persona. Lo voy a leer para completar mi impresión con su impresión de ella. Su historia empieza: “Mi nombre: María Yvonne”.

La tarde está tranquila. La miro fumar. Puedo entender lo que le pasa con tan sólo verla fumar. Cómo habrá hecho esta mujer con todo, me pregunto, cómo harán tantas mujeres. Entonces la indiscreción se me sale de adentro:

–Después de todo lo que pasó, ¿cómo pudiste recibirlo en tu casa? –le pregunto, refiriéndome a Wilson.

–Vivía en un hotel y quería estar cerca de sus hijos, y yo nunca prohibiría eso –dice–. Así que ahora vivimos todos acá.

Y la gente habló y habla, pero Yvonne sigue haciendo su trabajo.

–La casa es grande, profe, ¿para que querría todo esto para mí?  

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