Un abrazo de madre II

Por qué escribo

miércoles, 3 de noviembre de 2021 · 07:44

Por María Colaneri

“Lo que se publica es para algo, para que alguien, uno o muchos, al saberlo, vivan sabiéndolo, para que vivan de otro modo después de haberlo sabido; para librar a alguien de la cárcel de la mentira, o de las nieblas del tedio, que es la mentira vital”. María Zambrano

Se suponía que este miércoles vendría la segunda parte de la historia de Lorena. El domingo le mandé el borrador. Tal como había hecho con el primero, y tal como voy a hacer con cada una de las entrevistadas. Esperando su aprobación y sus correcciones; mínimas o enormes, lo que ella considerara necesario. Pero esta vez Lorena no envió correcciones. Creo que ni siquiera llegó a leer el borrador enviado que me dijo que no quería que subiera la crónica que había escrito, no por lo que yo había escrito, sino porque no quería publicar más cosas de su vida.

–No quiero que cuentes más nada de mi vida –me dijo.

Pensé que era una broma y pregunté de nuevo. Me confirmó que no quería. Y me dolió, mucho. Supongo que me decepcionó. No porque Lorena esté equivocada, es respetable que no quiera hacer pública su historia; pero tal vez sí se equivoca en la manera de decírmelo: tan sobre la hora, y sin explicarme qué cambió entre su deseo y su pedido de que yo escribiera su historia, y esta decisión de último momento. Sin embargo, no le dije nada, intenté comprenderla:

–Me siento mal –me dijo–, nadie me entiende.

Sentí culpa. Yo, preocupada por una crónica. Yo, vanidosa, queriendo que se publique lo que escribí acerca del dolor de otro. Lorena sufre y yo escribo; es una gran diferencia. Me pregunto ahora, y a eso viene esta reflexión, si escribir sobre alguien, a pedido de ese alguien, por interés en ese alguien, es darle una historia o es, en definitiva, robársela, sacársela de entre los dedos. Entonces: acepté ese “no” rotundo, y acá estoy, escribiendo, no sólo para cumplir con la responsabilidad que asumí, sino también para aprovechar el “no” y convertirlo en un hecho literario.

Es difícil ver lo que es realmente escribir. Es difícil para un escritor; supongo que mucho más para una persona que no escribe. Uno se pasa horas pensando la historia, la mejor manera de contarla, midiendo los límites del pudor, tan necesarios, que garantizan el respeto y la perspectiva necesarios. ¿Vale la pena contar esto? ¿Vale la pena contar aquello? Y uno avanza, sin estar seguro de nada.

Hace cuatro años que escribo seriamente. Esto quiere decir, todos los días, un rato. Y sigo sin estar segura de nada. Pero sí entendí algo, al menos desde que soy parte del taller literario de Pablo Ramos, mi maestro y también mi novio: que la literatura es un hecho colectivo, que necesita ser compartida para existir. Y para ser compartida tiene que haber sido escrita.

No publicar la segunda parte de la historia de Lorena no significa no haberla escrito. De hecho, ella no habría podido elegir no publicar algo que nadie escribió. Sin embargo, ¿me alcanza esto para estar satisfecha? No lo sé. Pero la crónica que usted, estimado lector, no va a leer, existe. Y en ella están las palabras que habrán surtido un efecto que yo no calculé, pero que Lorena sintió al leerla. Al leer su historia. Al leerse. Y que no parecía haber sentido cuando me lo contó.

Es que escribir y hablar no son la misma cosa. Cuando hablamos tantas veces largamos las palabras por pura reacción: según el estado de ánimo de ese momento, confundidos por nuestras pasiones, queriendo generar algún efecto. El proceso de escritura es tomar esas mismas palabras para forjarlas con paciencia y volverlas perdurables. Al hablar soltamos las palabras como golpes enloquecidos; es como escupirle a alguien en la cara, como linchar a un vecino. Las palabras habladas muchas veces son barbarie: producto de la falta de responsabilidad. Escribir, por el contrario, es civilización pura: me guardo el escupitajo o el golpe y lo convierto en una obra para ser compartida. Y para que otro: el otro, en las palabras escritas, descubra un secreto. Por eso el proceso de escritura es casi siempre tortuoso, no sólo para mí. Conozco a muchos escritores y les pasa lo mismo. En el proceso de escritura y corrección uno se duele, se enoja, llora, se recompone; ve su vanidad metida entre las palabras todo el tiempo y tiene que luchar contra la vanidad, porque la vanidad opaca la verdad literaria, la disimula. Supongo que esa es la tarea más difícil de ser escritor: luchar contra la vanidad, que es mucho más que corregir un texto. Abelardo Castillo dijo que uno no corrige texto, que corrige persona: se corrige. Se lee, en el primer borrador escrito, e identifica sus defectos, sus virtudes, sus anhelos, sus deseos, sus miedos; en definitiva, ve lo que debe y puede escribir. Es así que uno se entiende más íntimamente y que nace un nuevo ser en uno. Y es ese nuevo ser el que escribe un nuevo texto. Por lo tanto, la corrección literaria no es un trabajo técnico, es un trabajo espiritual.

Uno hace lo que puede con uno mismo y con el texto, hasta que ya no puede más. Entonces toca soltarlo y publicar. Un escritor tiene que publicar, tiene que cumplir con ese compromiso de entregar un texto para que comience a existir el juego que se completará en la mente del lector, y quién sabe hasta dónde llegará.

Escribo porque al hablar no me siento justificada. Escribir es mi manera de ser en el mundo, me da la posibilidad de ordenar los sentimientos y construir con los escombros de nuestras vidas, los ladrillos de una literatura. Pero no voy a exagerar. Escribo todos los días un poco, sin esperanzarme demasiado, pero sin desesperarme. Tal como leí que hacía Raymond Carver.

Las historias que voy a contar en estas crónicas son las historias de un puñado de mujeres más entre las millones de personas que viajan en un tren y miran por la ventana y anhelan llegar a casa pronto. Podrían no ser escritas y no ser publicadas; nadie moriría por eso. Pero muchos de nosotros, que quizá alguna vez nos cruzamos con alguna de estas mujeres por la calle, no nos daríamos cuenta de que acabamos de cruzarnos con una persona extraordinaria. De apariencia común y corriente, pero por fuera del orden común. Estas crónicas, entonces, nacen de la motivación de darme cuenta para que nos demos cuenta. Por eso se cuentan. Escribo a estas mujeres y me escribo, las cuento y me cuento, y en ese proceso me doy cuenta.

Pretendo volverme la voz documentada de todas estas mujeres. Mujeres que sostienen un merendero para que los chicos y chicas de su barrio tengan una taza de leche o de jugo a la tarde. Mientras entregan un plato de comida, abren la boca para contar su historia; intentan gritarla, como Bartimeo, el ciego al costado del camino. No quiero ser una de las que pasa de largo. No quiero dejar de escuchar esas palabras verdaderas que lamentablemente siguen apareciendo en todas las historias: hambre, sed, tristeza, dolor, enfermedad, desolación; pero también: alegría, caridad, redención, amor.

La escritura ilumina, enciende una luz. Y yo puedo entonces seguir buscando eso que busco, y quizá ayudar a otro a que lo intente. Si eso que busco pudiera resumirse en una imagen, sería un lugar. Tal vez no tan lejano, y aunque no sé qué es exactamente, quiero alcanzarlo. Cuando escribo, soy como un explorador que busca una vertiente en lo profundo de un bosque: guiado por el murmullo lejano del agua. Un canto lejano pero claro para el que está dispuesto a oír. Eso busco, porque sé que está, en alguna parte. En alguna parte.

Quien quiera oír, que oiga.

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