Soy mano

Cómo no me voy a acordar

sábado, 20 de noviembre de 2021 · 07:49

Por Víctor Koprivsek

Lo que sucede es que estás un poco limado. Como quien dice. Un poco estresado, capaz. Desfasado.

Seguramente no sos vos solo. A esta altura de la pandemia el coletazo les llegó a varios. Seguramente.

No es solo pesadez física, es nebulosa en las miradas, tensiones, corridas, pausas a destiempo, silencios perdidos y malas contestaciones. ¿No?

Y uno se imagina entonces las grandes constelaciones donde se acurrucan todos los problemas y achaques, como un tsunami, en esa multitud de socorros y necesidades que no llenan formularios en ningún mostrador sino más bien se guardan bien adentro del pecho, y que, a esta altura del año y del mundo, casi ya que ni detonan, porque ¿para qué?

Yo te vi metido adentro de tu cabeza librando la gran batalla, te vi el otro día en el colectivo que me crucé justo al pie del semáforo del camino a Derqui, cerquita del Cruce, frente al Austral.

¿Cuánto dura del rojo al verde? ¿Un minuto?

Y te vi también caminando por la calle Chacabuco, ahí en Rivera Villate, con la familia alrededor, pero vos ido. Te encontré después, estabas atrás de un vidrio, vendiendo y cobrando en un negocio de Palmas, poniéndole onda aunque gastado, como si una lluvia de ceniza te agarrara sin paraguas.

Es que no sé qué hacer, me dijiste sin palabras. Necesito unos días, desenchufar la máquina, cerrar los ojos un rato y ver por dónde seguir.

En Pilar, cuando los pibes salen del colegio y se traban las esquinas, en el momento exacto del estallido silencioso de las madres y los padres embotellados, me dijiste que cuando eras pibe soñabas con ser bombero.

Que en el campito de la otra cuadra donde los muchachos armaron la canchita, siempre te elegían primero en el pan y queso, que tus cumpleaños eran los que más se llenaban en el barrio, porque había sánguches de miga y gaseosa, no galletitas con jugo.

Y que tu piñata, la que te armaban tus tíos, estaba llena de cosas y no solo de caramelos. Había chupetines con chicle adentro, soldaditos, silbatos, autitos chiquitos y una vez, el «Cofla», ese amigo callado que nunca te dejaba en banda, encontró entre la nube de talco y papel picado un chocolatito Jack.

¿Sabés lo que es eso?, me dijiste mirando la Panamericana como si fuera la Cordillera de los Andes, ese domingo que armaste un pic-nic, ahí, a la sombra de unos árboles adelante del Memorial… ¿te acordás?

Cómo no me voy a acordar si me dio el viento en la cara tan suave, como cuando estaba en segundo grado y la escuela nos llevó al cuartel de Derqui y salimos a dar una vuelta en la autobomba y me dejaron hacer sonar la sirena. Cómo no me voy a acordar.

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