Un abrazo de madre IV

Ysa, merendero “Siempre pensando en vos” (2)

miércoles, 17 de noviembre de 2021 · 07:48

Por María Colaneri

–Volvería a pasar por todo, profe– dice Ysa.

Pero todo en la vida de una mujer como ella es mucho. Once hijos, cuatro varones y siete mujeres, y una nieta a quien crio como si fuera hija suya. De los cuales seis todavía viven en su casa, más dos nietos y un yerno. A Yamila y a Jonathan los tuvo que ir a visitar a la cárcel; a Yamila, a cuidar al hospital, cuando estuvo internada un mes después del accidente. Ysa también estuvo en un accidente de auto en que se rompió la mandíbula y todos los dientes de arriba, y que le dejó una cicatriz grande debajo del labio inferior. Además sobrevivió a una apendicitis gangrenosa, demasiado avanzada para cuando llegó al hospital.

–En realidad, me fui, pero me trajeron de vuelta –me dice–. Viste que dicen que cuando morís, viene una escalera, subís a una luz, qué se yo... bueno, yo digo, será que estos quisieron que yo haga gimnasia y me tiraron una soga, y yo ni loca hago gimnasia.

Otra vez el sentido del humor, esta vez con las cosas que más le duelen.

–Cuando vivíamos con mi suegra en Savio, tuvimos que revolver de la basura para darle de comer a nuestros hijos –me dice.

Y aún cuando su marido tenía trabajo, tampoco alcanzaba. Entonces él bebía y se ponía violento. Decía que era el único que paraba la olla.

–Se ponía a tomar y después se ponía a gritar y me pegaba –dice Ysa–. Yo sufrí violencia de mi propio marido.

Le pregunto cuándo fue que cambió eso. Me dice que no sabe. Pero después lo piensa mejor y fue después del juicio, cuando ella cobró “la plata”.

–Ya no era el único que traía la plata a casa. La plata te hace sentir poderosa.

Tanto cambiaron las cosas que, en 2013, veinticinco años después de haberse puesto de novios, Ysa y Osvaldo se casaron. Idea de Ysa, claro. Su primer hombre y hoy, su marido. De hecho, Osvaldo me recibió en la casa unos días después de encontrarme con Ysa en la heladería, y me dio la sensación de un hombre amable y fiel. A veces las cosas no son tan sencillas. Sí me parece fundamental que en todo momento una mujer sea independiente y no dependa de nadie.

Con el dinero del juicio de su padre, Ysa hizo tres cosas: viajó a Mendoza con sus hermanos, Miriam y Leonardo, a visitar a la familia paterna; festejó el casamiento con Osvaldo; y compró la casa donde hoy viven, en Villa del Carmen. La compraron sin haberla visitado, y cuando la vio por primera vez, Ysa se quedó helada:

–Yo soñé esa casa, profe –dice–, a los catorce años. Una casa alpina en el fondo del lote, con patio para que jueguen los chicos y un jardín grande.

Me habla de los árboles que plantó en su jardín, del piso negro de moras, y de que los chicos del merendero se metían a la pileta en el verano y no querían salir hasta que se hacía de noche.

–¡Un rato más, Ysa! –le decían, y ella los dejaba.

Son muchos en la casa pero siempre hay lugar para más, porque Ysa tiene las puertas abiertas. Y no es un decir: se niega a ponerle candado al portón de entrada.

–Varias veces me dijeron que el barrio se está poniendo inseguro, pero ¿qué podrían robarme?

Y ríe, porque se acuerda de que una vez sí le robaron: el lavarropas nuevo.

–Todavía no lo había terminado de pagar.

–¿Qué hiciste? –le pregunto.

–Compré otro lavarropas.

Tan grande es la casa que hasta adopta a todos los perros que se pasan por ahí.

–¿Cómo empezó el merendero?

–Fue para que ningún chico más tuviera que comer de la basura –dice, y los ojos se le llenan de lágrimas. Se señala la remera que lleva puesta–: Y le puse “Siempre pensando en vos” por mi viejo. Creo que a él le habría gustado.

–Creo que sí –digo.

Antes de irnos de la heladería, le pregunto si tiene algún sueño. No tarda ni un instante en responder:

–Viste lo que dicen: que en la vida hay que plantar un árbol; bueno, ya planté muchos. Tener hijos, tuve once –dice, y me mira–: Me falta el libro.

Salimos. Es jueves, el día de descanso de la feria y el que Ysa pasa con su familia. La llevo hasta su casa. Un portón de madera que Ysa abre. Dylan corre hacia nosotras, un cachorro lo sigue. El terreno es grande y está lleno de moreras y de palos borrachos, todos llenos de hojas. Veo la casa alpina al fondo. Las ventanas y puertas pintadas de azul, “para darle un toque de color”.

A un costado hay un jardín peculiar.

–Este es mi jardín –dice– lo armé yo, con cosas que fui juntando de la feria.

Me paseo por los pasillos entre las plantas. Hay macetas de todos los tamaños, maniquíes, estatuitas, figuritas de cerámica. Hay atrapasueños y adornos de hilos colgando de tensores, formando una glorieta.

–Cuando estoy mal, me vengo acá al jardín –dice Ysa, y recién entonces entiendo el libro y la mandarina, en este lugar.

Cuando nos despedimos, le pido que no se olvide de escribir su historia.

–Hoy mismo empiezo, lo prometo –dice, y me da la mano–. Hoy, jueves 28 de octubre de 2021, prometo cumplir mi sueño: escribir un libro.

El miércoles pasado, día de la publicación de la primera parte de Ysa, compré varios ejemplares y me fui a Del Viso. La feria siempre funcionó en la plaza de la estación, pero ahora está sobre la 26, a una cuadra y media de la vía.

Ysa me recibe de brazos abiertos. Le doy los diarios.

–No la voy a leer ahora así no me pongo a llorar ­–dice, sonriendo–. Venga, pase que le presento a todas.

Me presenta primero a su hermana Miriam, que enseguida agarra el diario y grita:

–¡Eh! ¡Presten atención, que la Ysa salió en el diario! ¿O todos los días salen ustedes en el diario?

Y se arma un revuelo, y todas piden un ejemplar, y se lo van pasando, leyendo en silencio o leyéndole en voz alta a alguna compañera que no sabe leer.

Ysa me lleva mesa por mesa y me dice el nombre de cada una de las compañeras, además de contarme algo de su historia.

–Si quiere escribir un libro, acá tiene cincuenta historias, profe.

No es tan fácil, Ysa, pienso, pero bien que me gustaría.

Viernes, cuatro de la tarde. Llego a la casa de Ysa, sabiendo que ella no va a estar en casa. Me recibe Sol, su hija y su colaboradora, a quien conozco de los talleres. En la mesa, abajo de la morera más grande, está sentado Osvaldo. Sé que le dijo a Ysa que no quería saber nada con recibir “a una desconocida”, pero se ve que Ysa lo convenció, porque me saluda con amabilidad. Sobre la mesa hay bolsitas con rosquitas y botellas de gaseosa llenas de chocolatada. Osvaldo le pide a Sol que prepare mate y traiga rosquitas.

–¿Amasó usted, Osvaldo? –digo.

–Sí –responde–. A veces es rosquitas, a veces torta frita, a veces pan casero. Pero siempre amaso yo.

Osvaldo amasa y sus hijos lo ayudan a repartir, a domicilio, porque todavía los chicos no están yendo. Ysa hace todas las demás gestiones, y consigue o troca o compra verduras y condimentos, o lo que haga falta.

–Fijate que también podría llamarse “Merendero Trabajando en familia” –me dijo alguna vez Ysa.

Mientras Sol ceba mate y sirve más rosquitas, van apareciendo los otros hijos: Antonela, Anita, Celeste, Dylan, y salen a llevar las meriendas que faltan.

–Un día la Ysa vino con la idea y enseguida estábamos todos metidos. Ni heladera teníamos, imagínese. Quién iba a decir que íbamos a llegar hasta acá ­–dice Osvaldo.

Y trabajando en familia es como su familia da hoy, la merienda los lunes y viernes, y la comida del mediodía, los lunes, miércoles y viernes.

Ysa llama por teléfono a Osvaldo y pide que preparen la silla de ruedas que tiene guardada: hay una abuela que la necesita. Anita busca la silla y la limpia.

–La Ysa está siempre pensando en los demás –dice Osvaldo.

Si hay algo que no va a cerrar, es el merendero.

La tarde está tranquila.

–Me dijo que usted me iba a hacer preguntas –dice finalmente Osvaldo.

Río. Y empiezo a hacerle preguntas. No voy escribir en detalles todo lo que me contó. Sí decir que hablamos mucho de Ysa, y que Osvaldo habla de ella con mucha admiración.

–Es muy inteligente –dice.

–Sí. Ysa podría escribir. Debería escribir.

–¿Sabe lo que pasa? Acá Ysa no tiene tranquilidad.

Me quedo pensando en eso que me dijo. En esa mujer que siempre está para los demás, pero que no tiene tiempo ni tranquilidad para ella.

Finalmente llega Ysa. Tomamos unos mates más mientras baja el sol. Miramos fotos de unos álbumes y me cuentan historias y nos reímos. Me fui con un ramo gigante de laurel, cedrón y romero, una bolsa de rosquitas frescas y un postrecito hecho por Osvaldo.

Ysa escribió: “El ‘Siempre pensando en vos’ se creó en un sueño allá lejos... cuando revolvíamos basura con mis hijos para comer... y aquí llegó. Yo sé del hambre. Mi ‘Siempre pensando en vos’ es solidaridad, amor, ayuda, sacrificio... y el ‘gracias’ o el sólo tomarte de las manos y mirarte a los ojos reconforta el alma. Es el orgullo de mi padre, esté donde esté. Sé que la gente seguirá sacando de la basura para comer... pero los que yo pueda rescatar, no”.

Nadie podría decir que este no es un gran comienzo de libro. Tal vez le agregaría sólo una cosa: “Había una vez una mujer... y hoy hay un montón de familias”.

Gracias, Ysa. 

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