Literatura

Lejana Buenos Aires (4ª entrega)

viernes, 12 de noviembre de 2021 · 07:35

Por Mauro Peverelli

Una luz de sol bien clara, transparente, de mañana luminosa, choca contra los edificios a uno de los lados de la Avenida de Mayo, del sector donde, según le gustaba repetir a Borges, comienza el sur, el país más antiguo, más auténtico y primitivo. Antes de llegar a Lima, viniendo desde la plaza del Congreso, hay una cuadra que bien podría resumir, si se fuerzan algunos argumentos, como ocurre siempre que se intenta desarrollar una idea con ejemplos vagos, la interesante y compleja conformación social que se produjo a fines del siglo diecinueve, y, sobre todo, a comienzos del veinte en la Argentina. 

Un par de generaciones atrás, quienes dirigían los destinos del flamante Estado Nación, habían aniquilado los últimos focos de resistencia que ofrecían los caciques de las últimas naciones indias. Ahora sí el sur era un desierto. El ejército lo había creado exterminando a casi todos los habitantes de esas tierras, su forma de vida, su historia y su cultura. Vino otro país, mezcla de criollos, de los indios que quedaron, de mulatos e inmigrantes. Esta cuadra habla de eso. Está compuesta -a diferencia de los cascos históricos de las grandes capitales europeas, donde gobierna una escuela arquitectónica definida- de fachadas con estilos completamente divergentes. Todas las capitales en una. Queda la sensación, a simple vista, de que falta el país antiguo, el que estaba aquí antes de que confluyeran todas estas culturas. Pero es solo la sensación, si se mira con detenimiento, en clave reivindicatoria, es esa presencia la que domina estas construcciones.

La mañana es fría. Camino persiguiendo un poco de sol. Cruzo la 9 de Julio. Hoy no la busco. Juego a pensar que está en algún lado, en algún bar de la ciudad, en alguna vereda, y que me la voy a chocar en cualquier momento, de pronto, sin buscar que suceda. Muchas cosas, en la vida, ocurren de esta manera. Uno agota, fatiga laboriosos planes a los que diagrama con una carga de expectativas casi siempre exagerada. La vida, el devenir de los hechos, suele ser indiferente a nuestro empeño, a nuestros deseos. En una de las novelas de Saer, creo que en Cicatrices, el narrador desarrolla una teoría de los dobles. Plantea que hay dos personas idénticas en la misma ciudad, que se mueven en círculos diferentes, y que, al tener una diferente vida, es muy improbable que se encuentren, a no ser que, en algún momento, de un modo aleatorio, los círculos se toquen y el tránsito de uno coincida con el otro. Es cuando se da la rara circunstancia del encuentro.

Malena no es mi doble, por supuesto. Recuerdo que el día en que Charly me invitó a la fiesta, que se haría en su casa, me dijo que me iba a presentar a una chica que era perfecta para mí. Se usaban estas expresiones en aquel tiempo, no sé si son pertinentes en la actualidad. Lo cierto es que Charly dijo la clásica frase: Es tu media naranja. Pero después lo pensó un segundo y agregó: Es perfecta para vos… le gusta la música, los libros… es tu otra mitad. Tu otra mitad, pienso ahora. Es un concepto clásico. Uno va incompleto por la vida. Se realiza, como individuo, cuando encuentra su otra mitad. Una idea un poco rara, desalentadora si se quiere. Hay gente que jamás… pero bueno, cuando se es joven se presta atención a estas cosas, se les da importancia.

Sigo por la avenida, hacia la plaza de mayo. Una estampa movediza, pixelada, formada por la luz que atraviesa las copas de los plátanos apenas brotados, como en una tela puntillista de Seurat, se proyecta en las fachadas a lo largo de las cuadras.

Lo cierto es que en esos primeros días, cuando me enteré que ella se había ido, y que no volvería, se produjo una especie de vacío, de sorpresiva perplejidad por esa repentina ausencia. Era extraño. No había puesto demasiadas expectativas en una posible relación con ella. Sin embargo, sentía que algo me faltaba. ¿Mi otra mitad? ¿Mi media naranja? Lo pensé en ese momento, no voy a negarlo. Tan es así que la busqué, por todos lados. Sabía que no estaba, que se había ido. Hay veces en que, sin ningún motivo a la vista, negamos la realidad, ignoramos las evidencias. Es tan fuerte el deseo que nos motiva que da la sensación, irracional, de que basta con soltarlo, con dejarlo crecer para que la realidad se modifique, se acomode a nuestras necesidades.

Entré al patio del cabildo. Me quedé parado junto al aljibe. Siempre que estoy aquí pienso, me pregunto, qué es lo que en realidad persiste de la época de la revolución, qué de todo esto es lo que vieron los hombres de Mayo. En qué arcada, muro, las piedras de algunos de estos pisos se posaron los ojos de Castelli, de Moreno, de Monteagudo o de Belgrano. Es tanto lo que hay escrito, sobre esos días. Las escuelas historiográficas se disputan los hechos, la trama, el sentido de la revolución. Es entendible. Se trata nada menos que del poder. Quien impone su sentido de la historia impone también el modo en que hay que mirar hacia delante, se adueña del futuro. Yo, por mi parte, a esta altura de la vida, me contento con encontrar algo, un objeto, un detalle, un sector del edificio que me asegure que sobrevivió de aquellos años, que se preserva tal cual los hombres de Mayo lo vieron. 

Entro. Recorro las salas. Subo al primer piso. Me quedo observando la plaza, desde una de las ventanas.

Fueron días complicados, vertiginosos. La estuve buscando por los bares, por los boliches. Sabía que no estaba, que se había ido, pero, como decía, lo negaba. La esperanza es una llama testaruda, no se apaga fácilmente. La realidad, a veces, es un aliento tan débil que no consigue extinguirla. La vi bailando arriba de uno de los bafles de Casapueblo. Sonaba una canción de Creedence; las luces la ametrallaban, la música necesitaba de su cuerpo para encontrar el ritmo. ¿Era ella? Por supuesto que no, pero en ese momento lo creí, fervientemente. Intenté abrirme paso entre la muchedumbre. Cuando llegué ya no estaba. Me subí al bafle para ver si podía encontrarla. Nada. Salí del boliche y crucé a Bianea. Me metí en el pub que había pegado a la fuente. Me acuerdo que tenía el desconcertante nombre de Un Lugar. Recorrí las mesas. Nada. Había unos amigos en una de ellas. Me quedé tomando un trago, dejando crecer la bronca, y, ahora sí, la desesperanza.

La revolución es un sueño eterno, pienso, recordando la gran novela de Andrés Rivera. Contemplo las pinturas, los objetos históricos, los estandartes. Me quedo mirando una vitrina que contiene una teja española. La curiosidad me hizo leer la etiqueta. Se trata de lo que se conocía como teja muslera. La fabricaban los esclavos negros apoyando el barro sobre el muslo para darle la forma. La etiqueta señala, también, que en uno de sus vértices se puede apreciar una huella digital del trabajador que la fabricó. Fue cuando pensé en los edificios de la Avenida de Mayo, de la ciudad entera. Una huella anónima. Pero de alguien tan real y concreto como quienes diseñaron los edificios de Buenos Aires. Está la marca, es cierto, de las escuelas arquitectónicas de muchos de los países europeos en todos ellos. Pero, si se es justo, lo primero que uno ve, debe ver, son las manos de los trabajadores. En su mayoría mulatos, criollos, descendientes de indios... La evidencia concreta, también, de que el tiempo transcurre, las sociedades avanzan. Pero los sometidos siguen siendo los mismos. 

Me vuelvo por Yrigoyen. También aquí las construcciones son imponentes, hermosas. Ellos las hicieron. 

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Comentarios

12/11/2021 | 09:48
#0
que entiende el autor por caciques de las ultimas naciones indias