Un abrazo de madre III

Ysa, merendero “Siempre pensando en vos”

miércoles, 10 de noviembre de 2021 · 07:30

Por María Colaneri

Conocí a Ysa, como ella quiere que escriba su nombre, el año pasado, en un taller por Zoom. Eran muchas en la pantalla, pero Ysa llamó mi atención por su sentido del humor rápido y fino, por su risa generosa. Mencionó una feria y le ofreció a una compañera ponerse en contacto para intercambiar cosas que podían faltarle para el merendero. Me quedé pensando en ella.

Al tiempo nos encontramos en el Argentinos de Del Viso. Ysa dijo las cosas más disparatadas durante el taller. Me di cuenta de que era una mujer resuelta, fuerte, quizá demasiado impetuosa. Le comenté que debería hacer radio, porque tiene una voz grave y profunda.

Si bien muchas de las mujeres que conocí en los talleres tienen estos rasgos de personalidad, Ysa pronto se volvió inolvidable para mí. Fue en un taller de expresión corporal y vocal, una clase menos estructurada, en la que bailamos, jugamos y soltamos la imaginación. Ysa se mostró confiada y segura, y nos hizo reír a todas. Avanzado el taller, les pedí que anotaran en un papel cinco palabras: alegría, tristeza, enojo, miedo y vergüenza, y al lado de cada una, una frase que le recordara a esa emoción. Anotaron en silencio, concentradas, y cuando terminaron formamos una ronda y compartieron lo que habían escrito. Lo siguiente fue improvisar escenas a partir de un conflicto a elección, e Ysa, en el centro, se puso en el rol de madre, y una compañera (Ivonne) en el de hija.

–Es ficción, chicas –les dije–. Pueden hacer lo que quieran. En la escena la madre le reclamaba a la hija que nunca colaboraba con nada.

–Porque la Ysa cocina, y la Ysa lava, pero un día la Ysa se cansa –dijo Ysa, en personaje pero entrando inconscientemente en ella misma.

–¿Podés repetirlo, por favor? –le pedí–. Más fuerte esta vez.

Lo repitió. Y se puso a llorar.

Esperamos en silencio. Miré alrededor y noté el respeto que sentían todas por el llanto de esa mujer.

–Nunca tengo tiempo para mí –dijo Ysa finalmente.

–¿Y qué harías si tuvieras tiempo libre?

–Si tuviera tiempo libre, para mí... –dijo, y se detuvo un momento antes de seguir–: si tuviera tiempo para mí, me sentaría en el jardín, al sol, con un libro y una mandarina.

Al final del taller, Ysa me dejó, en el mismo papel en que había anotado las cinco emociones, la historia de su padre, y una frase: “Gracias por hacer que tenga este tiempo para mí”. Al lado de la palabra “vergüenza” había escrito: “uso mi humor para no mostrar lo vergonzosa que soy”, y al lado de la palabra “tristeza”: “la falta de mi viejo”.

Quedamos en encontrarnos en la plaza de Del Viso. Estoy dos minutos tarde, pero Ysa ya me llama por teléfono. Voy por el costado de la estación y entonces la veo: abajo de la glorieta. Nos abrazamos, cruzamos la calle y entramos a una heladería. Ysa elige una mesa refugiada a un costado.

–Para que no me vean llorar –dice.

Por momentos Ysa me intimida. Su presencia, su sabiduría.

–¿Por qué querés que te diga Ysa?

–Isabel no me gusta, y mucho menos mi segundo nombre, María.

Ysa toma una bolsa que trajo con ella y saca una rosa.

–Para usted, profe, es de mi rosal.

–Podés llamarme María, aunque no te guste.

Yo le doy mi regalo: El origen de la tristeza, porque quería leerlo, y un diario con la crónica de Pablo donde aparece ella.

Nos traen el pedido. Ysa parece no notar la comida. Saca de la bolsa unos papeles y me los alcanza. Hojas de carpeta, amarillentas de viejo. Las paso despacio: son partes de un cuaderno de comunicaciones. Notas de sus maestras de cuarto, quinto, sexto y séptimo. Ysa sólo hizo la escuela primaria.

–Ya a esa edad pusieron que tengo alma de líder –dice, y señala una nota de 1987.

Algunas de las anotaciones de las maestras: “Excelente alumna, no presenta dificultades en su aprendizaje. Muy conforme”.

“Responsable, cumplidora, participativa y muy prolija”. “Tiene muchos deseos de superarse y exige lo mismo de los compañeros que integran su equipo”.

Pero también: “Últimamente la noto tensionada y algo agresiva con sus compañeros”. “En el día de la fecha la Srta. Directora conversa con la alumna por un incidente acontecido con sus compañeros”. “Pelea en clase con la alumna Campos”. “En el día de la fecha, la señorita Isabel Cabaña le pegó a un compañero de grado”.

Ysa se ríe y mira la calle. Cuando se ríe, no muestra los dientes. Es fácil darse cuenta por qué.

–¿Por qué le pegaste?

–Porque me dijo: “yo al menos no soy huérfano”. Y a él sí que no lo iban a tocar –explica.

–¿Entonces?

–Le pegué una piña – dice, y agrega–: Es que yo en esa época primero pegaba y después hablaba.

Sigo pasando las hojas. Encuentro una copia de la segunda hoja de su documento, y abajo una ficha con datos para la escuela.

APELLIDO Y NOMBRE DEL ALUMNO: Cabaña Isabel María

FECHA DE NACIMIENTO: DIA: 19 MES: 5 AÑO: 73

Y los demás datos de Ysa, y los datos de su madre. Los datos del padre están sin completar.

Ysa saca más papeles. Esta vez son copias de dos testimonios en el juicio de su padre. Su padre se llamaba Braulio Victorino Cabaña, pero se hacía llamar Daniel, porque le gustaba ese nombre. Daniel trabajaba en una fábrica textil en Los Polvorines. Era delegado sindical. El 11 de agosto de 1976, cuando Ysa tenía tres años, un grupo de militares entró a su casa entre las dos y las tres de la madrugada. Encerraron a Rosa, la madre de Ysa, y a ella y sus hermanos en el baño. A Braulio Victorino Cabaña, o Daniel, como le gustaba que lo llamaran, lo sacaron encapuchado de la casa y lo subieron a un Ford Falcon verde.

“Nos besó, le dijo a mi vieja que nos cuide, y desapareció”, escribió Ysa en la carta que mencioné más arriba. “Un día de agosto muy frío”.

Lo desaparecieron, que no es lo mismo.

Ysa ahora saca de la bolsa un cuadro. Una foto de su padre cantando con su grupo, “Contramano”. Ysa se le parece. Cuando fueron a Mendoza a visitar a la familia paterna, me cuenta, una prima le dijo el mejor piropo que le dijeron alguna vez: “Así como brilla tu pelo en el sol mendocino, así brillaba el del Dani, tu papá”.

Su padre sigue desaparecido. Ella hizo todo lo que podía por saber algo más de él. El juicio es de 2011, muchos años después de 1976.

–Porque mi mamá no quería saber nada –cuenta.

Cuando se llevaron a Daniel, Rosa estuvo encerrada un tiempo. Pero después salió y se puso a trabajar. Como estaba poco en la casa, Ysa se encargó de sus hermanos menores. Rosa empezó a verse con hombres, y los chicos se fueron acostumbrando a un padrastro, después a otro:

–Salía uno y entraba el otro.

–¿Extrañabas a tu papá? –le pregunto.

–Todo el tiempo.

En la escuela estaba contenta. Aprendió a leer y a escribir rápido, y era buena alumna. Quería terminar la escuela para después meterse a policía. Pienso en lo que habría llegado a hacer una mujer como Ysa si hubiera seguido estudiando. Pero su madre no la anotó en el secundario. Conoció a Osvaldo, su esposo, cuando ella tenía catorce y él veintidós. Era el hermano del novio de su madre.

–Mi mamá por poco no me entregó, como a los gitanos.

En la primera salida, Osvaldo le preguntó si quería ser su novia. Ysa respondió: “Déjeme pensarlo”.

–Imagínese, profe, lo que era yo, toda formal, que ni de vos trataba.

Osvaldo fue su único novio y su primer hombre. Estaba enamorada. Al tiempo Osvaldo tuvo que volver a la cárcel por una pena que le había quedado inconclusa de años anteriores y de la que Ysa no tenía idea. Mientras todas iban a bailar, Ysa, con diecisiete años, viajaba a un penal en Mercedes. Iba todos los meses, sin falta. Tal como hizo después con su hija Yamila, durante cinco años, tal como hace todavía hoy con su hijo Jonathan. Tantos años viajando a un penal, una vez al mes. Sin falta porque no se puede faltar.

–A Yamila la fui a visitar con neumonía. Toda emponchada. Cuando llegué, la policía me preguntó: Qué hace acá, Cabaña, por qué no se quedó en casa. Pero no se puede –me explica Ysa–. Aunque algunos pueden, porque hay personas a las que nadie visita.

Me cuenta la historia de por qué Yamila primero, y después Jonathan, terminaron en la cárcel. En ambos casos habla con amor.

–Los volvería a elegir a todos como mis hijos –dice Ysa.

Justo ahora, mientras escribo, me avisa que Jonathan sale con libertad condicional pronto y que pasará las fiestas con la familia. Toda la familia, al fin.

–Volvería a pasar por todo, profe. Por todo.

Dejo esta crónica acá. Lo que sigue vendrá el miércoles que viene. Aunque conocí su casa, todavía tengo pendiente visitar a Ysa en la feria y en el merendero. Creo que esta historia estaría incompleta sin eso. 

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