Por Chino Méndez
Abrazo
Pocas cuestiones se resuelven en silencio. Sin embargo en el abrazo se desembocan todos los dimes y diretes que, a veces, se disfrazan en la mirada. Un abrazo es también el comienzo de una culminación y viceversa, pensé la semana pasada mientras miraba a dos señores mayores dándose uno en pleno Derqui. Claro, imaginé que ese gesto debió postergarse año y medio.
Que el otro sea, otra vez, algo más que una imagen tirando buena onda, es muchísimo.
Es evidente que la pandemia no nos hizo mejores como sociedad, sino todo lo contrario. Nos hemos comportado como miserables muchas veces, por la guita que no alcanza, claro, por la necesidad de trasgredir las normas para sentir la brisa de la vida, desde luego, pero a la vez también por esa tediosa y cruel alarma que nos provocaba la cercanía con el otro. Algunos nos sentimos más solos que otros, quizás por la resistencia a la modificación de ciertos vínculos. Ahora es el momento de extender los brazos a los amigos y vecinos, sin perder el cuidado, pero con mayor relajación. Ahora los pares vuelven a contarse de dos en dos.
Por ejemplo, ya me imagino en Pérez abrazando a mi amigo Héctor compartiendo cara a cara su emoción ante su inminente paternidad. Mirar su dulce perplejidad y su dulzura implacable. Claro que pienso en Pame, allá en Bariloche, juro que nunca sentí tan cerca la Patagonia como ahora. ¡Esperame, Negra!
Todos vamos en busca de los abrazos perdidos, como desaforados y ansiosos, como cuando nos íbamos a encontrar con alguien que nos gustaba en la primaria. Todos necesitamos reencontrarnos en los hombros queridos y entrañables.
Otro día les cuento, pero yo, que ando casi sin, durante, ni tal vez, recuperé uno. Diferente, pero dispuesto a hacer sentir su presencia, como siempre, en las malas horas, en donde, probablemente sobren las palabras.