Un abrazo de madre

Lorena, Merendero “Amigos del corazón”

miércoles, 27 de octubre de 2021 · 07:04

Por María Colaneri

Y a su canción como al pan
La iban salando sus lágrimas.
Manuel José Castilla

Palabras preliminares
Me propongo en este espacio narrar las historias de mujeres que crearon, dirigen y sostienen algunos de los muchos merenderos y comedores de mi ciudad: Pilar. Un Partido complejo, con sus diferentes localidades y sus tantos, tantos barrios. Estas mujeres trabajan en todos los rincones de la ciudad, luchando contra la injusticia, no con metáforas o teorizaciones sino con el cuerpo y el alma; cuerpos grandes o pequeños, delgados o corpulentos, cuerpos marcados todos por la crudeza de la vida, por la intemperie, por haberse cargado encima a tanto chico y a tanto adulto. Y almas enormes, que me enseñan mucho más de lo que yo pueda enseñarles jamás.

Tuve la oportunidad de conocerlas y seguirlas conociendo en el marco de los talleres que doy en el programa municipal María Romero. Y fueron ellas mismas las que me confrontaron con el deber que en definitiva tengo, no como profesora sino como escritora: escribir. Escribirlas. Poner en palabras lo que ellas piensan, sienten, recuerdan, sueñan, temen, reclaman.

Pero fue particularmente Lorena la que me hizo prometer que iba a escribir su historia. La que me obligó a la promesa.

– Ella va a escribir un libro de mi vida–, gritaba sin parar, señalándome, un sábado en que nos encontramos todas las mujeres del programa.

Entonces otras de las mujeres ahí presentes me recordaron que a ellas también les había prometido llamarlas para encontrarnos, para que me contaran su historia. Algo de esa historia ya habían adelantado por fragmentos en los talleres, de manera desordenada, con enojos e incluso con lágrimas. Porque tanto conmueve escuchar como que alguien te escuche.

Son historias duras pero llenas de esperanza, y por lo tanto llenas de ternura. Estas mujeres lograron transformar la amargura y el dolor en una sonrisa cariñosa y una mano amiga, que amasa cada día, en un plato de comida, un abrazo de madre.

Lorena
Primera parte.

–Decime qué día podés– me dijo Lorena, y yo lo entendí como un ultimátum. Era lunes.

–¿Mañana?

–Mañana– dijo, y quedamos en que la pasaba a buscar por Alberti a las dos, para almorzar juntas.

–Yo invito–, dijo, y agregó: –No falle a su palabra.

Es martes y en Pilar llueve. El tramo desde Villa Morra hasta la Ruta 26 me parece largo, hace mucho que no lo hago. Agarro la Formosa. El barrio en el que solía trabajar me parece más pobre que antes con sus pozos llenos de agua y los zanjones abiertos y el barro a los costados, el barro en todos lados. Pienso que me están mirando porque no soy de acá. Yo soy del otro Pilar, el que la gente dice que es lindo. Doblo en la Cattaneo y hago unas cuadras. Llego al colegio donde Lorena me dijo que nos encontráramos, pero Lorena no está. Me llama por teléfono: Dónde estás, profe, porque así me dice. O doctorcita cuando dice que soy abogada. O simplemente Mari. Me gusta que me diga Mari porque nadie nunca me dijo así en el otro Pilar.

–En la esquina del Padre Tomás–, respondo.

–Ah, ahí te veo– grita al teléfono. –¡Mirá para atrás, Mari! Vengo en una bicicleta amarilla.

Por el espejo reconozco, allá lejos, la figura de Lorena en su bicicleta. Alta y muy delgada, Lorena tiene la piel morocha y el pelo negrísimo. Va a todos lados en su bicicleta, a mis talleres en el Club Argentinos, por ejemplo. Lorena siempre dice que ella se mueve a pulmón, aunque llueva, como hoy. Llega hasta el auto, me saluda por la ventanilla baja, me hace seguirla. Vuelta en U, una cuadra y doblamos a la derecha para que deje su bicicleta en la casa de su cuñada.

–¡Espéreme ahí, profe!–, grita y entra con la bici. Cuando me dice profe, Lorena me trata de usted.

Estaciono y miro la casa. Una reja negra. Un cartel que dice comidas y el detalle: milanesas, fritas, empanadas, y un número de teléfono para pedir. Una casa baja, como armada por partes, en una cuadra de casas que parecen todas armadas por partes. ¡Qué olor a comida! escucho que grita Lorena adentro. Bajo un poco la ventanilla y me viene el olor a frito hasta el auto. Lorena vuelve a aparecer.

–Acá tengo mi merendero, profe–, dice. Tiene una torta frita en la mano.

Sube al auto.

–Quiere que le convide–, ofrece.

Tiene azúcar. Le digo que las prefiero sin azúcar.

–Entonces usted no es santiagueña, profe– dice, y se ríe. Siempre habla de Santiago.

Debatimos un momento si ir a almorzar a un shopping o a un lugar en Del Viso.

–Prefiero Del Viso–, digo, –no me gustan los shoppings.

Ella me dice que también prefiere Del Viso, aunque no sé si lo dice en serio o porque dije lo que dije.

Lorena me guía hasta el restorán. Es Don Camilo, justo enfrente de la estación. Estacionamos justo en frente. Lorena está contenta y yo también. Entramos, nos sentamos en una mesa para cuatro al lado de una ventana, ella del lado de los asientos acolchonados. Se ve la vereda y la tarde gris, la lluvia que cae. Nos traen la carta. Voy a comer una milanesa con puré. Ella mira el menú y dice que va a ser mucho. Después repite: yo como poquito por mi estómago. ¿Qué tenés en el estómago, Lore? Una úlcera.

Me pregunta por mí. No quería hablar de mí, pero Lorena tiene una manera de preguntar sincera. Se acuerda de todo lo que alguna vez le conté. Yo, en cambio, parezco no acordarme de nada. Ella me lo recrimina. Durante minutos hablo de mí, de mi historia.

–Todos terminan contándome su historia, profe– dice. –Y vos, no te acordás de nada de lo que te dije, ¿no?

–¿Empezamos de nuevo?–, pregunto.

–Empezamos de nuevo– dice, y nos damos la mano–: “Hola, soy Lorena, soy santiagueña...”.

Lorena nació en la ciudad de La Banda, en Santiago del Estero, un 21 de octubre de 1978. Tiene cuatro hermanos varones y tres hermanas mujeres. Varios en Buenos Aires, otros en Santiago. Con la hermana que está en Santiago no se habla, no sabe decir bien por qué. Quizá fueron celos, piensa Lorena, porque su mamá andaba siempre encima de ella: que cuidado con la Lore, que no la toquen a la Lore, que la Lore esto, que la Lore lo otro. Y un día, cuando Lorena tenía diecisiete, fue esa hermana la que le gritó en la cara: vos que ni siquiera sos hija de mi mamá. Lorena quedó un segundo helada. Dijo: cómo decís eso, si somos hijas de la misma madre. Su hermana respondió: tu verdadera mamá no te quiso y te tiró a la basura y mami te agarró de ahí. Lorena corrió a encerrarse en su habitación. Tres días estuvo encerrada. Hasta que su mamá perdió la paciencia y casi tiró la puerta abajo: abrime la puerta porque acá yo soy tu madre y vos mi hija y no al revés. Lorena abrió. Su mamá se sentó con ella en la cama y le habló: estaba esperando el momento justo para contarle todo. Le dijo: yo no te tuve, pero yo hice lo mejor que pude, te di todo: mi vida te di, y te voy a defender con uñas y dientes. Lorena escuchó de boca de su “mamá adoptiva”, como ella la llama cuando me cuenta esta historia, la historia de sus padres biológicos. Eran demasiado jóvenes (dieciséis ella, diecisiete él). Su madre biológica se llamaba Teresa y en la casa le dijeron: o lo tenés y lo das, o te lo sacás. Allá en Santiago no es como acá, me cuenta Lorena: si una mujer no quiere a su hijo lo entrega sin papeles ni nada o lo deja en la basura. Su “mamá adoptiva”, su mami, se llamaba Margarita, pero Lorena no la llama por su nombre. Era amiga de la familia de Teresa. Doña Marga le ofreció a la joven Teresa quedarse en su casa hasta que naciera su bebé; entonces podría decidir. Teresa aceptó. Y la panza fue creciendo, o sea, Lorena fue creciendo, y cuando estaba por nacer, Teresa le dijo a doña Marga: no lo quiero tener. Era chica y tener un bebé le arruinaba las posibilidades, le arruinaba la vida. Doña Marga dijo: dámelo que yo me lo quedo. Y eso que mami ya tenía siete hijos de ella, dice Lorena ahora. Sabe que tiene más hermanos por ahí, porque su madre biológica después “hizo la calle” y debe haber estado con uno y quedado embarazada, y después dejado a esos bebés tirados, y así.

Los meses después de enterarse fueron muy difíciles para Lorena. Durmió todas las noches abrazada a su madre, como si hubiera vuelto a ser una niña. Un día su mami les dijo a sus hijos que sentía como unas pelotitas en el estómago que se le movían. Siguieron algunos meses de médicos. Y el 11 de agosto de 2002, recuerda Lorena, su mami se despertó y le dijo que estaba muy cansada, que se iba a quedar en la cama. Sí, le dijo Lorena, quédese en la cama y yo limpio y después nos tomamos unos mates o le preparo un té. Y cuando Lorena terminó fue a la cama y vio que su mami estaba de verdad muy cansada y que apenas respiraba con un ronquido. Doña Margarita se moría. Lorena vio cómo su madre levantaba la mano hacia el cielo y cómo una luz bajaba del cielo hasta la mano levantada de su madre. Lorena lo jura, por Dios lo jura, y ella cree en Dios por sobre todas las cosas, más que en su familia, incluso. Y hace un silencio. Trato de que no se me note que yo también creo en los milagros. Lorena sigue contando: y su mami como que se rio, y Lorena no sabe si vio un ángel o qué pero sabía que se estaba preparando para irse. Estaba tranquila, dice, pero igual se le notaba como un tironeo, como una pelea: que se iba, que no se iba. Lorena le dijo a su hermana que había que llamar a una ambulancia, pero era domingo y una ambulancia un domingo es un imposible en Santiago. Le pidió a una vecina de la esquina y fueron en su auto. En el asiento de atrás viajaron una de las vecinas, y Lorena con su madre. Lorena estuvo a punto de llorar varias veces, pero doña Margarita le apretaba la mano bien fuerte y decía, bajito: no llorés, que siento todo. En el hospital se la llevaron a internar y a la noche les avisaron que había fallecido. Fue el día en que Lorena se quedó sin rumbo.

Traen la comida. Lorena come despacio por su estómago y porque habla, habla mucho. Le pido sacarle una foto.

–Esa es de las viejas–, me dice.

–Es a rollo. La compré hace poco–, digo.

Lorena sonríe para la foto. Tiene unos ojos muy negros y profundos, y la mirada pícara. Le pregunto por su papá. Traga un bocado minúsculo, mira por la ventana y sigue contando. 

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Satisfacción
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Esperanza
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Tristeza
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Incertidumbre
25%
Indiferencia

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