Soy mano

Puertas

sábado, 30 de enero de 2021 · 07:34

Por Chino Méndez

Para declarar una bienvenida sólo hace falta una mirada, en cambio un adiós jamás será un adiós sin el silencio propio de una puerta cerrada.
Están ahí, amuradas a las paredes. Algunas, bellas, decoran jardines y otras, robustas, se precipitan en las veredas donde se cordonea lo cotidiano.
De pibe me resultaron simbólicas las puertas, de hecho aún las veo como la carta de presentación de un hogar o bulo, y esto creo que va más allá de si el proyecto está terminado o no. Se me ocurre que las puertas suelen mostrar indicios de lo que esconden las moradas. En definitiva, una casa es el ámbito más propicio donde habitarse. Quizás por ello muchas personas eligen meticulosamente la fachada donde llegar a uno mismo. Aunque es cierto que están los otros que piensan sobre todo en las visitas. Hay quienes lo hacen desde el estricto criterio de la seguridad, tampoco vamos a hacernos los giles con ese tema. Pero si nos ponemos un poco metafóricos, rápidamente reconoceremos que más de una vez fuimos robados por aquellos que pasaron por nuestra vida. Claro que allí el afano es más terrible que la ausencia de un televisor en el living. 
A mí me gustan las de madera, las de hierro y las vidriadas. Pero, honestamente, mis preferidas son las entreabiertas, esas que te dan la posibilidad de adentrarse, como un experto polizón, para terminar bebiendo el whisky del señor dueño de casa, o la chance de ser un verdadero caballero que semblantea detenidamente los recovecos internos antes de sentarse y cómodamente proponer un malbec.
Las de mirilla, por donde uno puede advertir quién se asoma hasta nosotros, me entristecen, tal vez porque he aprendido a valorar las sorpresas.
Hace un tiempo yo vivía en una casa con puerta verde, que luego pinté de blanco. Me caía bien esa puerta, la veía y una especie de paz me invadía. Hasta que comencé a escuchar voces desconocidas dentro de la morada. Los ecos me aturdían y comencé a dejar de aceitar las bisagras para escuchar el crujido de todo lo que entraba y salía. Pero como dijo Gabriela Mistral, “no hay puerta que detenga al destino”. Descubrí que hasta el más aventurado de los lobos le teme a la carroña y también que hasta el más fiel de los perros, hambriento, huele la lana y se babea.
Hay quienes terminan torcidos de tanto querer enderezar al destino.
Al menos hace un tiempo yo que me deshice de mis llaves... Por algo se empieza.
Hay puertas que encierran toda la hondura, hasta que por fin otros párpados se abren y dejan entrar la luz a los zaguanes. 
  

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Incertidumbre
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Indiferencia

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