Soy mano

70/100

Por Graciela Labale
sábado, 19 de septiembre de 2020 · 08:13

En unas pocas horas llego al club de los 70, con montones de planes de festejo que la pandemia arrasó. Pero qué va, no me quejo, el Covid y sus crueles efectos primarios y secundarios han hecho estragos en tantos, que en algún punto estar aquí, con vida, con un plato calentito cada noche, una cama bien cobijada, una familia y amigos queridísimos que no abandonan, un trabajo en el que puedo hacer lo que más me gusta con la buena gente, hace que aquellos proyectos hayan pasado al olvido, y aún así pueda decir que soy casi feliz, a pesar de todo. Y más viendo el dolor, la tristeza, la soledad  y la miseria que nos rodean (por eso el casi). 
¿Y por qué 70/100? Hay algo que me atravesó en estos muchos años de vida: la poesía. Esa pasión empezó en la escuela normal con la profesora Rosita Pedrazzini, quien leía fervorosamente a los grandes autores y mucho antes, mi mamá, que se empeñaba en que recite bonito, para los actos escolares, versos que me hacía aprender de memoria. Con los años, en Plaza Francia solía comprar esos posters con poemas que luego pegaba cuidadosamente en la puerta del ropero. En ese rito iniciático, siempre aparecía un nombre, Mario Benedetti, quien por estos días hubiera cumplido 100 años! Con él me enamoré y me desanamoré, lloré leyendo “Primavera con una esquina rota”, me emocioné viendo la versión cinematográfica de “La Tregua”, organizamos, con la bohemiada amiga, montones de cafés literarios con sus versos en los que terminábamos lagrimeando nostalgias impensadas, entre bandoneones y vinos. 
El lunes pasado celebré íntimamente sus 100 y también agradecí haberme cruzado con esas letras colgadas en los puestos de la feria, en medio de vestidos de batik, collares con cuentas de madera y margaritas multicolores. Cuando cumplió 80 escribió esto, bien vale entre los 70/100.
OCTOGÉSIMO
A los ochenta años uno empieza a olvidar las ausencias, los vacíos, los orificios de la duda los nombres de las calles el motivo irreal de las nostalgias las lagunas del tiempo pordiosero. Después de todo hay que aceptar que esa desolación ya no hace daño más bien ayuda sin quererlo a que la talla espiritual se pula y hasta la soledad se vuelva amena. A los ochenta ya no es necesaria la respuesta humillante del espejo uno ya sabe la orografía de las arrugas la mirada sin fe de los insomnios el fiordo inaugural de la calvicie el futuro se ha vuelto milimétrico no conviven en él dulces sospechas las expectativas son flaquísimas y uno se va habituando a una quimera tan breve como inmóvil. A los ochenta las paredes miran y a veces hablan y aseguran que todavía no van a derrumbarse pero uno por si acaso sale a la intemperie y encuentra que es un refugio acogedor.
 

1
3
0%
Satisfacción
0%
Esperanza
50%
Bronca
0%
Tristeza
0%
Incertidumbre
50%
Indiferencia

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