Soy mano

Entre sirenas y soledades

Por Chino Méndez
sábado, 12 de septiembre de 2020 · 08:32


Por Chino Méndez


En medio de sirenas y bonetes con viseras, de pedidos justos pronunciados por jetas pintadas a manera circense. Al borde del hartazgo de los entretejidos nefastos que no dejan de bordarse. Tal vez un poco cansado de las generalidades, voy a dirigir estas líneas a ciertas particularidades para  tomar otro contacto con las palabras, aún con el alto riesgo tradicional de que éstas corran y vuelvan a ser sometidas por los vientos que las depositan en el océano innumerable del olvido. 
Escrito este preámbulo que intenta justificar una modesta pretensión de llegar a vos, comenzaré por contarte que descubrí en tu fruncir de labios una conducta facial destinada a no desmoronarte delante de nadie y un repiquetear de dedos que intentan hacer transcurrir ese momento en donde los cortos suspiros hamacan tu tristeza. Y evitás las miradas fijas y apurás el sorbo de lo que sea que estás bebiendo. La violencia de los golpes opacan la imagen de tus fantasmas queridos, que siguen gatillando al aire la brusca mueca de la sinrazón. Moretones en la piel del alma que conservan su neurálgica sensación y que la textura a trasluz  no logra llevar de las narices al dolor hacia el barril sin fondo de la distancia. Y, sin embargo, ahí vas, en busca de ese bloque humano que contenga un futuro mejor para muchas. Por momentos pormenorizándote por demás y es aquello fue todo y antes de ser nada lastimó tanto. A veces buscando ese abrazo tras una saciedad, otras corriendo como loca para cansarte y dormir.
Y yo, quizás roto, pero no tanto como vos, mirando cómo se te desprende la ternura que en ocasiones no podés reprimir y te volvés antagonista con vos misma, y encendés uno, que en un solo calo se consume rápidamente.
Parece dejarse medir el tiempo sólo cuando los que estamos alrededor decimos alguna cosa graciosa y tus ojos morochos vuelven a nosotros con una mirada cómplice.
La violencia es una hijaputez que tarda en cicatrizar, porque al puño lo anteceden otros golpes que no se ven y que degradan con habilidosa vileza. Pero perdé cuidado amiga, que llegará ese día, en que el sol será el de todas y la  noche sin luna se quedará a vivir en las sombras de los calabozos de los oscuros… ¡Ay de ese día! ¡Tendremos de una buena vez una justicia con mirada de mina! Y como la primera vez que abrimos los ojos y no nos dimos cuenta, tiene algo de niño y de mujer la sonrisa que nos falta acá en el futuro.
Ya volverán los párrafos que generalizan y que, me temo, merecen ser olvidados. No digo que éstos se inscriban en la posteridad, pero surgieron de la necesidad del hombre que creo ser. 
Sepan ustedes disculpar.

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