Soy mano

Segunda soledad

Por Chino Méndez
domingo, 4 de octubre de 2020 · 08:14

A la primera ya la escribieron, en nombre de muchos de los pibes que hicimos consciente aquella primera soledad, esa ausencia hasta de golpes. Y cuando esa soledad fundacional te marca a hielo, es muy probable que te pases la vida intentando escapar, tanto de esa melancolía de escarcha, como del pelaje rayado de cebra que un cinturón le ponió (sí, le ponió) a tu lomo. Pero existen cuestiones inevitables y vos, por H o por B, hoy volvés a sentirte niño. Es que la soledad suele llegar con la musiquita de fantasmas que te atemorizan y es que, quizás, terminás siendo la partitura de un pibe de pantalones cortos que trae una taza enlozada color amarillo y con bordes verdes o con un vaso de forma de bota texana y sorbete, no me digas que las olvidaste, y viene a tomar el mate cocido una tarde, con su terror a las palabras y su silencio, chispeante de silbidos. Hay fantasmas que vuelven sólo para encontrar refugio. Y bueno, si no viviste al pedo, a lo mejor, terminás siendo el alero de alguna alimaña. Me estoy yendo al joraca. 
“Leete a Tejada Gómez, hacete el favor.”
La cuestión es que es domingo y son las 2 pm. Recién te despertás. Un largo cabello castaño, suelto, ondulado, en tu almohada. Noche de rouge crepitante y despertares de labios decrépitos. En la modorra de la soledad, ésta, la segunda, hay una cama con sábanas revueltas, ropa tirada en el piso, ceniceros llenos, platos sucios y vasos con resaca sobre la mesa.
Esta técnica de preparar cenas y postres y discursos aduladores para escaparte un rato de vos, funciona sólo hasta que, después de unos minutos de reposición respiratoria, calentás café para que, por favor, no se le ocurra quedarse dormida en tu cama. Allí volvés a vos, a pensar en eso que sabés que te falta. Ese dulce después que, muy de vez en cuando, germina tras el cansancio. Esa caricia que no llega o que no dejás aterrizar.
Tu cursi modo de sentir el crujido del silencio. La arena de otro tiempo que duerme en tu comisura, por más que ya no extrañes el amanecer de ninguna playa. Sabés que hay una muesca que no se llena y ya no interesa si ella se queda hasta el alba o se va en medio de la noche. Ya no sabés si esto es una elección o un destino o un padecimiento o una zona de confort. Lo cierto es que no suele estar del todo mal. A veces sólo jode recordar la primera.
Ahí vas, chapaleando en la cornisa de los solos que temen no tener ya mucho para dar. Coleccionando hebillas olvidadas que te ciñen al vacío. El gris le hace los mandados al blanco y le paga los impuestos al negro ¿Qué se le va a hacer? En la urgencia avasallante de tu calvicie, habrá que seguir peinando ausencias porque sigue presente, el silbido de tu fantasma que, preso en su ilusión, te invita a bailar, a bailar, bailar. 

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