Soy mano

Pensar en nada

Chino Méndez
domingo, 25 de octubre de 2020 · 08:12

El tipo debería comenzar por decir la verdad, de una vez, pero le da escozor por ahora, con reconocerla alcanza. Ya vio, comprendió y, aunque genere remolinos deliciosos, sigue inmóvil en la esquina del gran ring. Es que hay un parpadeo que sabe, le puede hacer bajar la guardia y en su mandíbula de manteca cierta caricia, quizá, unte su tacto y aceche el nocaut. Pero no es tiempo de pugilismo catedrático, ni de besos que lo pongan contra las cuerdas, irremediablemente.
Posiblemente quiera ser cool y contar historias de trasgresiones durante el confinamiento. Eso de estacionar en alguna ochava y quitarse el barbijo y ponerse el parche en el ojo para culminar el yeite del pirata tristón, buscando tesoros en orillas desconocidas. Pero tampoco.
¿Y si evoca los ojos claros que alumbraban todo, más aún cuando se cerraban, allá, sobre la calle Chile? ¡No! A veces la belleza lo deja a oscuras y en off side… 
A esta altura, tampoco tiene lugar para desmenuzar el hartazgo del que son portadores absolutamente todos. Ni de regalar la energía que absorben los miserables en tiempos pandémicos. Menos…
Del laburo y sus contratiempos. Aburrido… Y de las mezquindades que afloran en cada instante y que no conocen de empatía ni de solidaridad, también. El tipo piensa que nada va a cambiar.
A lo mejor mencionar el lazo, aquella cuerda que parecía sostenerlo todo y que hoy es el recuerdo de un hilo deshilachado. Ya no tiene sentido…
Tiene mucho por decir y tanto por callar. Un texto de Sam Shepard lo deja tecleando, pero no hay caso, hoy la prosa no fluye. Estancada, tal vez, en aquello que silencia a raja dientes. Agujas desajustadas de una primavera que llega antes o después. Victoria póstuma de los pétalos sobre la tierra incendiada. 
El año, este último, se fue pariendo sobre las cenizas. Por eso hoy, el tipo, llegó a su casa y se impregnó de alcohol diluido, preparó el mate, salió al patio y sumergió sus pupilas vaya uno a saber en la espuma de qué océano para despojarse de tanto viejo “por qué” y reluciente “hacia dónde”. Sentir el viento en la cara sin barbijo y nada más. Al cabo de tanto, pensar en nada, como un acto desesperado para mantenerse a salvo del agotamiento en esta realidad colmada de conductas tediosas para seguir vivo.
Dar un paso al costado de la senda por un rato.
Pensar en nada, después de todo, hoy puede llegar a ser un refugio.
 

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