En estos tiempos donde el cine agoniza, la presencia de Tarantino, ampara. Da aire. Ya hay generaciones que no saben muy bien quién es, qué hizo. Ven “Tiempos violentos” (1994) y poco les pasa. Desconocen aquella revolución que paralizaba la calle Lavalle. Esa estructura narrativa que dejaba sin palabras a viejos y conservadores profesores de guion.
Un artista que, en su momento, lo puso todo sobre la mesa de edición para crear algo nuevo. Una bisagra.
Porque Tarantino hace cine por pura pasión. Cada una de sus películas es una carta de amor. Desmedida, irregular, dispersa, apabullante. Sincera. Justamente, en ese detalle, el espectador, que todavía no cayó en los acelerados ritmos que impone la adicción on demand, entrega su corazón.
Ya nos olvidamos, pero el verdadero cine posee y exige otros tiempos.
Con “Erase una vez en… Hollywood”, su novela joyita, Quentin vuelve a meterse con la historia, alterándola a través de la ficción. En el camino, alocadas líneas narrativas y una variopinta galería de personajes conforman una gran bola de nieve, la que converge fatalmente. Es Tarantino y, lo sabemos, después de dos horas de minuciosa construcción, donde las escenas se pueblan de homenajes, aparece el caos.
Sangre, gritos, rostros desfigurados, un lanzallamas y un perro con ganas de hacer justicia.
Como Tarantino que, con cada una de sus entregas, levanta la bandera del buen cine, ese que, como dije, se está muriendo.
Tarantino, ampara
Por Hernán Deluca