SOY MANO

Vende patrias

Por Redacción Pilar a Diario 23 de marzo de 2019 - 00:00


por Victor Koprivsek

¿Dónde están los Conogoles de chocolate? Sí, esos cucuruchos de Frigor Los que tenían corazón de chocolate especial casi mousse y en el final del cono un culito de chocolate macizo de sabor único. El tradicional Conogol ¿dónde está? Acaso ¿no se fabrican más? 
No digo que uno podía darse el gusto todos los días de comerse un Conogol de chocolate, creo que estaba como 70 mangos la última vez que conseguí uno. Pero, de vez en cuando, uno podía comprarse uno.
Es más, hasta de bronca por tanto torpedo de frutilla que tuvimos que comer en la infancia, uno podía mandar a la mierda la división de clases y comprar cinco Conogoles de chocolate  y compartirlo con toda la familia. Uno para cada uno qué joder. Porque les voy a decir una cosa, para que se entienda esta orfandad de Conogol de chocolate. Cuando éramos chicos y pasaba el heladero en bicicleta gritando “¡Heeeladerooo!”, uno salía corriendo para avisarle al viejo: “Pa, el heladero”, nunca nos alcanzaba para un Conogol de chocolate, y mucho menos a nosotros que éramos tres hermanos, dos varones y la Romi. Pucky todavía no había nacido. Las moneditas te alcanzaban apenas para un Torpedo. Me acuerdo que el heladero paraba en mitad de la cuadra y bajaba una especie de dispositivo que tenía en la parte delantera de la bicicleta. Era como que estacionaba y todos los pibes íbamos con las moneditas apretadas en el puño a comprar nuestro helado. Y el tipo estaba de punta en blanco con una especie de guardapolvo con el logo de Frigor o Laponia. Y cuando abría la tapa de la caja salía un vapor de frío y se nos quedaba pegada la lengua en el helado de agua. Y cómo nos reíamos.
Ya de grande con los primeros pesos propios, como una especie de rebelión, me compré un Conogol de chocolate. Y ese sabor equilibrado, perfecto, quedó para siempre recorriendo mi paladar. Por eso en los últimos años, ya más acomodado en el laburo, podía darme ese gusto, hasta lo compartía. No importaba que estuvieran cincuenta, sesenta mangos; era compartir mi historia, recordar la primera barra de la cuadra, la imagen de mi hermano y mi hermana corriendo juntos a la par por los helados que por haber estudiado en la semana nos merecíamos. Y ahora de adultos era saber que, aunque las cosas se pusieran difíciles, siempre podíamos mandar todo a la mierda y comprar unos pares de Conogoles de chocolate para compartir y mirarnos las caras disfrutando de semejante manjar. Sonrientes. Vencedores. ¿Dónde carajos metieron los Conogoles de chocolate? ¿No los fabrican más? Hasta eso nos sacaron, vende patrias.
 

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar