Soy mano

Carta de un objeto que no trabaja más

Por Graciela Labale
sábado, 14 de diciembre de 2019 · 00:00

Ésta fue la consigna que disparó nuestra profe del taller de escritura creativa, Mariela Palermo, que cada miércoles se desarrolla en IntegrArte Pilar con su coordinación.
Ni bien la escuché, no dudé en elegir a una plancha de carbón que pertenecía a la madre de la nonna Aurelia y que hoy uso como adorno en casa.
 ¿Y por qué la plancha? Porque estoy definitivamente del lado de los que piensan que planchar es otra construcción cultural heredada, que hay que desterrar, eligiendo prendas que no requieran su uso. Decretado!, ja…ja…
Pero “Ella”, la antigua, la muy ofendida, un buen día dejó una sentida carta sobre el mueble del living que quiero compartir con las y los amigos de la columna.
“Acá estoy entre espejos, jarrones y muñequitos traídos de lugares extraños que se lucen sobre un mueble en un lugar privilegiado de la casa.
Dicen que soy una antigüedad, un objeto que usaba la bisabuela de mi dueña actual, una señora de rodete, hilos de plata y eterno delantal, que se luce a mi lado desde la soledad de un portarretrato. Parece ser, que el progreso, ese impertinente, me dejó relegada al galponcito del fondo, el de las cosas supuestamente inútiles, abandonada a mi suerte, cuando la luz eléctrica llegó al pueblo y todas las doñas se enamoraron de una tal “Atma” de la que decían que era más limpia, más liviana y no sé cuántas bondades más. Debo confesar que mi corazón de viejita, aunque algo oxidado, aún se sentía orgulloso de su estirpe y sólo me consolaba recordar, con cierta arrogancia, mi duro trabajo con los impecables guardapolvos blancos endurecidos a puro almidón, el moño de la Primera Comunión de Ricardito, los puños de la camisa de Padre y hasta aquel vestido de Shantú, el del atrevido escote, que usaba la piba para ir al baile.
Aunque hoy sea un mero objeto decorativo del que dicen que por mis incontables años valgo mucho, me siento inútil, atrapada, inmóvil y sin futuro, entre estos hierros herrumbrados, en medio de una abrumadora quietud que únicamente se sobresalta con el murmullo del plumero. De todos modos, agradezco a quien me sacudió el polvo del olvido para concederme un destino un poco más loable. Respetuosamente. La Plancha de Carbón.”

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