Soy mano

Luto

Por Chino Méndez

Por Redacción Pilar a Diario 2 de noviembre de 2019 - 00:00

Hay historias que ven el final de golpe, pero que se vienen gestando en la terrible erosión de la rutina que no da tregua, que aliena cada movimiento del cuerpo, que impide parar la pelota, corregir y observar para volver a elegir.
Un día el camino se bifurcó y fue hasta inútil intentar reconocer en qué tramo se mordió la banquina.
¿Cuándo fue la primera noche que durmieron solos? 
¿Cómo fue que la soledad se peinó mansamente en una cama de dos?
¿Hablaron? ¿Se lo dijeron? ¿Se pudieron escuchar? ¿Qué error hubo que cometer para sentirse vivos? ¿Están vivos?
Sobre tierra arrasada llueven preguntas a las que sólo el minutero hilvanará, con sus hilos de arena, tal vez, el vano tejido de algunas respuestas.
La perfección de muchos de sus recuerdos son dagas para el alma. La memoria recorre y agrieta el pecho. 
¿Cuándo termina un dolor que recién comienza?
¿Cuándo termina tanta incertidumbre junta en ese andar de luto?
Fue un instante. No se dieron cuenta y de repente cayeron en todas las cuentas pendientes pero ya no hubo nadie a quién mirar. ¿Qué hay adentro de ese espejo?
Imagen y mesura, arrebato y deseo son piezas que ya no encastran. Necesidad, miradas, tacto, ternura, amor… 
Tiempo. Quizá el mayor enemigo, sea el mejor aliado. La esperanza y el dolor son heridas a las que cura el tiempo. Hay que soltar todo y reinventarse. Asumir culpas y bancar la parada. El almanaque pasará con su gran zaranda y entonces verán qué queda después de tanto, tanto. 
Es el momento de constituir la individualidad para que cada uno pueda entregar lo mejor. 
Cierto es que ya no serán los mismos. Seguramente serán mejores. Para eso deberán romperse en mil pedazos, porque de otro modo no tiene sentido y todo terminará siendo nada. 
Enviudarse los ojos para volver a ser. 
Hay historias que permanecerán en la retina de muchos, pero sólo de dos depende pensar y cuestionar si en realidad, juntos, aún valen la pena.
Así, tal vez, la marea los lleve a la misma arena, al mismo puerto, para mirarse otra vez.
Apenas con dulces rasgos de aquellos a quienes tuvieron que matar.

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