Estas últimas semanas las vivimos con los dientes apretados. Nuestra gente, la de la Latinoamérica morena, india, mestiza, blanca, nuestros pueblos sufrientes, padecientes de todas las injusticias y desigualdades posibles y de la mayor de las violencias que es el hambre, salieron a las calles. Ecuador primero y Chile después, el Chile del modelo a seguir para tantos iluminados, mostraron la otra cara de la moneda. Tarifas impagables, sueldos y jubilaciones miserables, desocupación, trabajo precarizado, extrema pobreza, hambre y desnutrición, atención de la salud deficiente, educación de calidad sólo para los que pueden pagarla. Y la riqueza eternamente en manos de unos pocos, siempre los mismos. Y la represión, con estado de sitio y toque de queda incluidos, haciendo lo que el norte manda.
Santiago volvió a tener las calles ensangrentadas y, esta vez, no por orden de un dictador sino por la de un presidente elegido por los ciudadanos.
Y por casa, ¿cómo andamos?
Ojalá pronto, muy pronto vuelvan a brillar las alamedas, las grandes avenidas y que nos devuelvan la dignidad a los más postergados del sur del mundo. La palabra de don Pablo Neruda resuena. Latinoamérica, la que se alza en las calles y en las urnas, muestra que Latinoamérica sueña, Latinoamérica lucha, Latinoamérica vive!



