Por Graciela Labale
Por Graciela Labale
Cada mañana, somos muchas y muchos los que sentimos que debemos remontar una cuesta empinada para arrancar el día. Días de acumular una amargura profunda, abrumadora, no sólo porque los precios aumentan a la velocidad de las pizarras de la City, ni porque a la jubilación le sobre mes, sino por encima de todo por la ignorancia y liviandad con que demasiadas personas juzgan al resto, al otro, al del otro lado de una grieta inventada pero de difícil o casi imposible retorno.
Muere una mujer tras un parto, por negligencia en su atención o por pobre, deja ocho hijos y un nietito por llegar. ¿A quién le importa?
Una mujer muere por un aborto clandestino, quedan cuatro chicos sin madre y sólo se escuchan voces de escarmiento. Sólo un pequeño grupo de mujeres se acerca a ofrecer ayuda.
Otra mujer debe ser llevada de urgencia a un hospital materno con un avanzado embarazo y obviamente por su mala alimentación y la desesperanza a cuestas, al no poder vislumbrar un futuro mejor para ella y sus otros cuatro pequeños, además del que lleva en la panza, desarrolla una repentina diabetes que ya con menos de 30 años la hace de por vida insulinodependiente con una dificultad creciente para hacer la dieta adecuada y viviendo, además, en una amenaza constante por violencia de género.
Las niñas y niños de los espacios en los que trabajo, que cada vez son más, comen ávidos la merienda que se les ofrece, y si están, sus mamás también.
Una bala mata a un pibe de 13 años y de nuevo el prejuzgamiento a la orden del día, sobre todo en las redes sociales. Que llevaba un arma, que estaba en un saqueo, hasta que finalmente se oye a su maestra y a su familia diciendo su verdad. Pero claro ya nadie sale a desmentir o a disculparse por nada. La velocidad del teclado y la poca solidaridad de determinado sector no dan lugar al arrepentimiento.
Cansada y triste. Hay días de estos tiempos difíciles que solamente encuentro refugio en la poesía que por suerte existe y me sigue sorprendiendo. Comparto hoy la de un querido compañero del taller de escritura de IntegrArte. Gracias Matías Bonfiglio!
Mujer final
Tu cuerpo de belleza mujer
Perdida mujer final
Se va
Cruza el horizonte
Como nave al Oriente
Empequeñecida en la noche plenilunio
La mortecina luz de tu recuerdo
Y así
anochece mi acongojado dolor penitente.
Tu boca credulidad partió,
pero el que se va soy yo,
lento y firme en el andar alazán
y me separo
de todo lo que una vez
habitó mi pensamiento.
Tu perfume persiste,
con el aroma que tu pampa bravura levanta
cuando el sol cae
bajo el yugo de las constelaciones,
que brillan para nosotros
en el majestuoso espectáculo
del misterio original.