Apoyado en la columna

Mar de pérdidas

por Frank Di Pasquale
domingo, 12 de agosto de 2018 · 00:00

¿Alguna vez sintieron que sus mentes están hechas una licuadora? ¿O que sus corazones suben y bajan como en montañas rusas? ¿Que están acelerados como motores de Fórmula 1 pero sin los reflejos necesarios para manejarse a sí mismos?
Esta semana sentí que soy una máquina, una máquina de asimilar y súper adaptable a repuestos de cualquier origen, chino, taiwanés, brasileño o mexicano.
Me adapto a estar solo, a estar con alguien, a estar en el cine, a ir al teatro, a pasear el perro, a mirar a Tinelli (aún sin que haya empezado uno ya lo mira, lo ve y lo presiente, es omnipresente) a buscar en los 900 canales de DirecTivi (sic) y darme cuenta que lo que nos atrapa no son los contenidos sino los controles remotos (otra máquina).
Fui millonario, fui pobre, fui canillita, fui CEO, fui músico y fui público, fui poeta y poesía.
Vivo rápidamente, vivimos rápidamente, nuestros celulares saben lo que nunca sabremos, nuestras pcs ya no existen, son obsoletas, nuestros autos son viejos al año siguiente. Les cambian un espejo y ya el nuestro pasa a ser feo! Los odio don Fords, don Chevrolets y ni hablar de Mercedes Benz o BE-EMES.
Decía que todo en nosotros es posible de adaptación, posible de generarnos la adrenalina suficiente para seguir buscando mas allá, aquello que quizás nunca tendremos o siempre tendremos, da lo mismo.
Pero para lo que nuestra máquina no esta preparada de ningún modo es para la pérdida, para navegar los mares del Caribe frío sin piratas, sin perlas negras ni blancas, mares desolados por la realidad arrasadora e irrefutable.
Cuando todo se escurre entre tus manos (y no hablo de cosas materiales) cuando ves a lo lejos aquello que “les pasa a otros” no a “nosotros” pero de repente llega a tu vida y enfrentás una pérdida tan irreparable como la de un hermano (de la vida o de sangre) te das cuenta que tu máquina es un ser con sentimientos, con nostalgia, con amor, con profundidad y con mucha pero mucha negación. No nos educan para la pérdida, porque el perdedor en esta sociedad está mal visto. Pero cuánto mejor seríamos los seres humanos si aprendiésemos a perder y a ganar.
He visto en muchos funerales actitudes muy increíbles, recuerdo una prima lejana que al perder a su padre salió corriendo por la calle gritando algo inentendible, he visto gente de rodillas insultando a Dios (que de paso les cuento nos abandonó hace rato), he visto muchas personas en esa situación tapándose la cara, de hecho creo es la actitud que yo tomo.
¿Saben por qué?
Porque no somos máquinas, aunque nos quieran convencer que nuestro poder de atención es infinito o nuestro poder económico o social es de un tenor fuerte o pobre, nada de eso existe, o mejor dicho sí existe, pero existe para tapar lo otro, LO INEVITABLE, nuestra endeble finitud.
Cuando me encontré sin vos, sin tu calidez, supe que mi lavarropas no me consolaría, ni siquiera me consolaría aquel aparato que traje de Londres que repetía “All you need is Love”.
Mi único consuelo es saber que exististe.

14
1

Comentarios