Me contaba mi padre que los primeros exiliados fueron Adán y Eva, cuando El Anciano los echó del Paraíso.
Desaforados, desterrados, expatriados, extrañados, y muchos otros nombres nos hablan de aquellos que por pensar distinto fueron exonerados de su tierra, y anda por el mundo con su paisito a cuesta.
“La muerte rápida es castigo muy leve para los impíos, morirás exiliado, errante, lejos del suelo natal, tal es el salario que un impío merece” nos citaba Euripides. Argentina es una tierra que expulsa, basta mirar nuestra historia tan llenas de exilios, paridora de desterrados, desconociéndose de tanto mirar desconocidos en tierras ajenas, y cuando vuelven, cuando regresan a sus olores, a sus recuerdos, al empedrado de sus calles, el exiliado sigue siendo un exiliado en su propia patria, al que muchas veces también pretenden exiliarlos de su memoria cuando los olvidadizos no quieren hablar de los olvidados, cuando el país es otro, cuando la realidad es distinta a su realidad. Y está el otro exilio, el exilio interno, el que existe ahora, el que nos duele un día y otro también, el de aquellos que no pueden volver a los restos de los hijos que perdieron, que les desaparecieron, a la justicia que se les debe, al salario digno, a la cultura, a la sanidad eficiente y que no pueden volver, hoy en la Argentina somos millones los exiliados, los desterrados, los que fuimos excluidos, los que fuimos condenados a la muerte del impío.
“Yo no me voy a avergonzar de mis tristezas, mis nostalgias. Extraño la callecita donde mataron a mi perro, y yo lloré junto a su muerte, y estoy pegado al empedrado con su sangre donde mi perro se murió, existo todavía a partir de eso, existo de eso, soy eso, a nadie pediré permiso para tener nostalgias de eso. ¿Acaso soy otra cosa? Vinieron dictaduras miliares, gobiernos civiles y nuevas dictaduras militares, me quitaron los libros, el pan, el hijo, desesperaron a mi madre, me echaron del país, asesinaron a mis hermanitos, a mis compañeros los torturaron, deshicieron, los rompieron. Ninguno me sacó de la calle donde estoy llorando al lado de mi perro ¿Qué dictadura militar podría hacerlo? ¿Y qué militar hijo de puta me sacará del gran amor de esos crepúsculos de mayo, donde el ave del sur se balancea ante la noche? No era perfecto mi país antes del golpe militar. Pero era mí estar, las veces que temblé contra los muros del amor, las veces que fui niño, perro, hombre, las veces que quise, me quisieron. Ningún general le va a sacar nada eso al país, a la tierrita que regué con amor, poco o mucho, tierra que extraño y que me extraña, tierra que nada militar podrá enturbiarme o enturbiar. Es justo que la extrañe. Porque siempre nos quisimos así: ella pidiendo más de mí, yo de ella, dolidos ambos del dolor que el uno al otro hacía, y fuertes del amor que nos tenemos. Te amo, patria, y me amas. En ese amor quemamos imperfecciones, vidas”.
(Bajo la lluvia ajena- Juan Gelman-Roma – 9/5/80).




