Su perfume llegaba antes que ella, la primavera en sus ojos y el guitarreo de su cuerpo la anunciaba, cuando nos abrazábamos amanecían en su cara antiguas dulzuras. Sus muslos de lluvia, el laberinto de su cuerpo me acobijaba.
La oscuridad y la luz de su geografía guardaban dudas, rencores de viejos amores.
¿Qué nos aproxima? Nos preguntábamos. Viejos enconos, fracasos que ya fueron. ¿Qué nos une? Inquiríamos, el espanto, la mera falta de amor nos decíamos. Nos amábamos, nos odiábamos, nos desgarrábamos en un perpetuo combate, luchábamos como los viejos tigres que matan sin hambre, solo para demostrar que no están viejos. Dolías mujer, tanto como la palabra prohibida, esa que nunca pude hallar.
Al irte te fuiste desvaneciendo, diluyendo como los fantasmas, entre el humo de la buena yerba. Me dejaste tu mirada, cuatro rosas de abril y un amor que se desangra en un charco de ginebra.
La memoria de tu piel, tu vientre, guardará mis estremecimientos, mis pequeñas muertes, tus muslos de lluvia mis caricias, y tus labios la tristeza de mis poesías, el sabor de mi mera esencia.
Ella fue feliz con otros hombres, conmigo fue mujer. “Cuatro rosas de abril” de la antología “Mariposas de Octubre”, de Horacio Pettinicchi.




