Es entendible que una película como “Roma” ofusque al espectador online. Su paciencia frente a una ficción se ha reducido considerablemente. Hoy, sólo ve ficciones en capítulos. Y, si a los cinco minutos no se engancha, lo abandona. Total, tiene para elegir en el amplio mundo de las plataformas.
¿Travellings? ¿Paneos? ¿Planos secuencia? ¿Blanco y negro? ¿Ausencia de música? ¿Detalles sutiles? ¿La cámara como testigo? ¿Actores desconocidos?... Carajo! ¿Qué estoy viendo?
Todo lo que el amante del cine valora, el espectador on demand parece ignorar. Para colmo, la última película de Alfonso Cuarón se estrena en Netflix, el dueño del opio actual.
Desorientados, todos.
El tiempo dirá si el cine sobrevive o muere ante una percepción que necesita conocer los finales antes de arrancar.




