“Y seguiremos luchando por Ni una Menos. Conozco demasiadas potenciales Sheilas. Niñas y niños que circulan por los barrios más vulnerables del distrito, a toda hora, lejos de la mirada atenta y cariñosa de adultos responsables. Mucho para hacer... mucho para concientizar... muchas y muchos para acompañar. Salgamos de la burbuja. NI UNA MENOS. BASTA DE MATARNOS.”
Esto posteaba ayer en una red social después de leer lo sucedido con la niña del barrio Trujui de San Miguel, indignada como tantos por el tratamiento de los medios: “A Sheila no la encontraron muerta, a Sheila la asesinaron.
Camino y trabajo como voluntaria en dos barrios aledaños al centro de Pilar, barriadas alejadas de ese Pilar que venden en diarios y revistas del corazón como el paraíso más cercano a la Capital. Lejos de la Panamericana, de los shoppings, de los cines, del corredor gastronómico. Lejos de todo. En esos mismos barrios, carentes de todo, también hay zonas más distantes, más hundidas aún, en la miseria, la soledad, en la exclusión más absoluta.
Allí puedo ver a muchas Sheilas, a muchas familias tan destruidas como la de Sheila, allí escucho historias de abusos, drogas, alcohol, violencias de todo tipo. Barrios en los que semana a semana veo como se siguen asentando personas que vienen corridas por otras miserias, sin recursos, sin trabajo o con trabajos tan precarios, por lo general mano de obra barata en las zonas vip del Partido, que no alcanzan a cubrir lo más elemental. Ahí palpo lo que es la miseria humana entre la miseria misma, no me lo cuentan ni los unos ni los otros, lo veo, lo siento, lo sufro y trato de hacer lo que se puede en el marco de un trabajo profundo y comprometido que hace años viene llevando a cabo la Biblioteca Palabras del Alma junto a muchos corazones de buena voluntad, como la Fundación Pibes por ejemplo, que ponen el hombro ahí donde nadie ve.
El título tiene que ver con este combo de drogas y miseria que nos lleva a temer que haya cada vez más Sheilas o robos, enfierrados, como el del otro día, un par de zapatillas y una tarjeta SUBE, a una chica que iba a laburar, tan pobre como el ladrón, en una parada de colectivos. Para analizar lo inexplicable acerca de quién o qué mató a la nena. En el lenguaje suburbano “Dársela en la pera” es llegar al límite del consumo de sustancias, por lo general Paco o Pasta Base, las drogas de la pobreza, consumir todo lo que el cuerpo soporte, quebrar, fisurar, romperse, perder la conciencia, el velo imprescindible para no caer en historias como ésta. Difícil de revertir en un país que excluye, estigmatiza al pobre, al negro, al villero, al planero, al extranjero. El desamparo y el abandono están presentes en cada una de las historias que se escuchan y para muchos, dársela en la pera es el único proyecto posible para pasar el día.



