Los ventiladores del Congreso no alcanzaban a disipar el calor ese 1º de diciembre del 36, toda la oligarquía se había dado cita para homenajear al presidente Roosevelt que venía al país a presidir la Confederación Interamericana de Paz, promocionada por él, como actualización de la Doctrina Monroe.
Pero bastó un grito, bastaron solo tres palabras para que un frio glacial paralizara a los asistentes, incluyendo a la guardia de seguridad, un grito que no solo fue escuchado por los porteros del edificio sino que recorrió toda América, porque en ese momento la radio estaba transmitiendo el acto oficial para todo el continente.
"Muerte al Imperialismo”, sorpresivo grito que le propinara en sus narices al mandatario norteamericano el hijo del mismo presidente General Agustín P. Justo, el más conservador de todos los presidentes que tuvo nuestro país. Nadie entendía lo que pasaba. Nadie, salvo el presidente de la Nación, quien -según se cuenta- se puso pálido, se llevó las manos a la cara como si estuviera dominado por un ataque de vergüenza y en voz baja, con absoluta discreción, le dijo a uno de sus asistentes: "Ese es Liborio… lo único que me faltaba”. En efecto, era su hijo Liborio. "Un loquito suelto”, como le gustaba decir a Federico Martínez de Hoz.
¿Cómo fue que entró al Congreso cuando el padre había advertido sobre los posibles desplantes del hijo? Después se supo: su madre, Ana Bernal, que nunca le pudo negar nada, le dio invitación. "Te colaste en el Congreso como una lagartija y te pusiste a gritar como si estuvieras en una cancha de fútbol”, le reprochó el padre en el calabozo. La respuesta del hijo no se hizo esperar: "En cualquier cancha de fútbol se juega más limpio que en tu Congreso Nacional”. "No me podés hacer esto a mí, a tu padre, y mucho menos a mi huésped de honor”. Y Liborio: "Será el tuyo. Yo no lo invité. Tampoco creo que lo hayan invitado los obreros, los peones de las estancias, los pibes que lustran zapatos por una moneda o los desocupados que comen en las ollas populares”.
Liborio Justo, que también firmaba sus textos como Quebracho, Agustín Bernal y Lobodón Garra, un olvidado o ninguneado por nuestra historia literaria. Autor de una extensa obra bibliográfica, la política, la historia y los cuentos costumbristas fueron sus temas, mostrando un profundo conocimiento de la realidad social.
En un viaje a EEUU (becado) se enrola en el trotskismo, de regreso propulsaba desde la revista Claridad la unidad a la IV Internacional renegando del estalinismo, acusándolo de antirrevolucionario.