"Para escribir hay que vivirla; si no nos acunamos en el camelo literario” no dijo alguna vez Julián Centeya, y vaya si la vivió el tano Amleto Enrique Vergiati, porqué ese era el nombre del pibe de 12 años que desembarcó de la mano de su padre, una tarde de 1922, en el Puerto de Buenos Aires. "Vino en el Comte Rosso: fue un espiro/tres hijos, la mujer a más un perro/Como un tungo tenaz la fue de tiro/todo se lo aguanto: ¡hasta el destierro!” Desde ese momento, comienza otra historia; la de su condición de habitante de Boedo, barrio de sus amores y sus desencuentros: porteño "pero de Boedo”, siempre aclaraba. Es ahí donde adopta el nombre de Julián Centeya tomado de una milonga que escribió y puso música José Canert. "Me llamo Julián Centeya/por más datos soy cantor/nací en la vieja Pompeya/tuve un amor con Mireya/me llamo Julián Centeya/su seguro servidor”
Se cuenta que fue César Tiempo quien lo bautizó el Hombre Gris de Buenos Aires, y no fue por lo mediocre o conformista sino por su semejanza con la garúa que suele calar hondo en el ánimo de los porteños, por ese sentarse, frente de la vidriera de algún cafetín a ver el crepúsculo cubriendo su ciudad en eterna soledad, que es mucho más que no estar acompañado por alguien. "… Julián Centeya era un hombre triste que sonreía. Su tristeza es la tristeza de un hombre que se encuentra ante el dilema de ser sincero en un mundo de hipócritas, valiente en un mundo de cobardes, bueno en un mundo de malvados”. Dijo César Tiempo sobre su amigo Julián.
"Mis ideales conocés /y de eso estoy acusado/por hombres que desconocen/los derechos que he cantado,/y todo lo que he luchado/para ellos es delito,/más no ha de callar mi grito /ni cesar mi rebelión:/no me importa la prisión,/yo sueño un bien infinito”.
La muerte lo encontró en un geriátrico, una madrugada de julio del año 1974. ¿Se nos fue? o solo se nos fueron sus arrugas y sus cansados huesos y todavía anda su sombra y su soledad por las adoquinadas calles de Boedo, quizás buscando a Celina, la rubia que tanto amó. Borracho de desilusiones y amargura alguna vez cantó ese himno de despedida que tituló "Atorro”, refiriéndose a su muerte. "Encanutado en la última pilcha/negao a todo/piantado de mí/En la pinchada que da el atorro/como de nada/puesto en el forro/de un jonca e’ pino me iré de aquí/…. Sobre mi llaga pasé la lengua/cuando la chanta se tomó el piro/y en la mentira de otra salvada/me jugué el todo, quedé sin nada/si es de milagro creé, que respiro/No tuve un llanto que me llorara/y no habrá un llanto cuando finisca …”.