David era un pastor de ovejas y Goliat, un gigante asesino. "Una topadora”, aseguran allegados y chupamedias. Según se sabe, un día se enfrentaron y la situación fue registrada en el "Gran” libro (Primera de Samuel, Capítulo 17). La cuestión es que Goliat tenía varios escudos protectores: el silencio cómplice de las autoridades (él mismo era un funcionario público), el poder económico de la corrupción y la impunidad que brinda semejante alianza.
No obstante Goliat también poseía una fuerte dosis de maldad, algo que le permitía doblegar la apuesta para amedrentar conciencias y voluntades. Sobre aquello que ni el dinero ni el poder político podían comprar, Goliat lograba imponerse a fuerza de sangre y espada.
Pero la tierra tiene sus voces, aparecen cuando se lastima el corazón del agua, cuando caen sobre su caudal de vida los cuerpos mutilados de tantos inocentes que nadie ve.
Un día Goliat, harto de hacer lo que se le antojase, decidió cagarse una vez más en todos y poner un lugar de muerte en medio de tres pueblos. Bien cerquita de ellos, pegadito a sus viviendas y escuelas.
Decidió levantar un matadero para comercializar la carne y cerrar el círculo de un negocio redondo que le procurase más dinero y más poder cómo si no tuviera ya demasiado. El problema fue David, que dijo NO. Un David multiplicado en cientos de rostros dignos. Un David levantado por las prepotencias y humillaciones de Goliat. La tarea fue ardua y seguirá siéndolo hasta el fin de los días. Hasta el fin de los tiempos. Porque de vez en cuando, esa historia contada tantas veces, se vuelve a repetir. Y David gana la batalla, como aquella vez cuando enfrentó a Goliat en el nombre de Dios. Y venció al gigante.
Trescientos jóvenes de cinco escuelas están comprometidos con la tierra que habitan. Cientos de comerciantes, de vecinas y vecinos, docentes, directivos, presidentes de clubes, sociedades de fomento, ambientalistas, escritores, músicos, periodistas, observan la prepotencia de Goliat y su gran poder.
Tan grande que ahora mueve camiones con basura día y noche, que arroja en el sitio donde no estaría pudiendo cumplir con su capricho. Ahí, junto al corazón de agua que late para que la tierra viva.
Ahí, donde no hace mucho aprendieron a nadar nuestros mayores. Donde el mismo Goliat celebró su infancia que ahora está adormecida por la codicia y el poder. En ese basural inmenso y con el silencio cómplice de la gobernadora Vidal, Mario Ishii va levantando sus montañas de mugre y contaminación. ¿Quién sabe si sonríe? Mientras tanto, niños de tierra corren detrás de una pelota rodeados de ratas y crueldad, tienen la camiseta de un club llamado Defensores de San Atilio. ¡Nosotros somos David! ¡Nosotros vamos a ganar!