A la casa de mis padres me gustaría verla siempre, que siempre esté al alcance de mis ojos. Hoy que los tengo, que los veo salir y entrar con sus costumbres: mi viejo, en bicicleta y mi madre, hablando con todos, cruzando con sus bolsas lento el andar por las veredas.
Por lo pronto, yo estoy cerca, a la distancia prudencial de una mirada de reojo, cien metros, cincuenta, en la esquina, desde donde puedo ver el alero de la entrada donde jugábamos de niños y esperábamos el colectivo escolar. Estoy frente al escritorio golpeando el teclado con dos dedos, robando letras que serán palabras, que serán "Soy mano”, mirando desde la bohardilla, a través de la ventana, al barrio con sus cosas: colectivos que se detienen para que bajen las mujeres embarazadas rumbo al Meisner, manojos de niños saliendo del jardincito, autos, pozos, increíbles pozos que nadie tapa ni arregla. Y eso que está la casa peronista aquí, San Martín e Iparraguirre, con dos concejales que también conviven en la cuadra: Ricci y Zapata.
Se ha marchado el viejo Luis, Don Luis, el del cuento "Duendes” que salió publicado en el libro del "Soy mano”, allá por el 2003, si mal no recuerdo. Semillas que van quedando. Pinta tu pueblo y pintarás el mundo.
A pocas casas vive otro grande, Rosendo Cutrera, pintor de Derqui y zapatero remendón. Y yendo para la plaza, por San Martín, Doña Irma Mengoni, qué vecina, barre la cuneta del cordón todas las mañanas, siempre saluda. Cosas que no cambian.
Pegadito por Iparraguirre, como yendo para la estación, la casa del doctor Fulco, ¿cómo olvidar al tordo?, su profundo amor por Derqui, acaso una utopía.
Lo cierto es que esta esquina tiene muchas cosas. Sin embargo, de todo lo que se ve y se presiente, mientras miro la enredadera de la terraza ganando un protagonismo inusitado, lo que más me emociona es la casa de mis padres señores, al alcance de mis ojos.
Es la infancia del niño común con sus miedos y sus risas. Una casa sencilla como la vida que sucede por debajo de los cables de Telered y las antenas de Directv. No hay manera de que me saquen de Derqui.
Las plantas de mis pies sienten el temblor de los bombos que ya calientan desde la periferia, la marea desbocada que va creciendo al pie del olvido, a la sombra de la indiferencia.
Pero la casa de mis padres sucede como una alforja, sencilla, silenciosa, donde se guarda cierto tesoro de ternuras compartidas. Cierto refugio con sus custodios de barro, sus moradores del tiempo, frágiles y fuertes a la vez. Tenaces con la tenacidad del esfuerzo que no claudica nunca. Solo se doblegan ante Dios.