La espera

Por Redacción Pilar a Diario 10 de julio de 2016 - 00:00
de Mauro Peverelli

Yo lo vi envejecer… se paraba ahí, donde está esa mujer vendiendo pañuelos de papel. Don Carmelo me la señala con los ojos y después se queda callado y enseguida vuelve a mirar hacia el rincón donde la mujer está de pie y con los paquetes de pañuelos en la mano. Le decíamos el Curita… vio como es acá, es como en la cancha, te ponen el nombre de lo que estás vendiendo. Ahora levanta el pocillo de café y lo sostiene un segundo en el aire y antes de llevárselo a la boca me alerta: ahí vienen. Conoce el momento exacto en que está por aparecer el aluvión de gente que los trenes descargan.
Estamos en Retiro. El galpón de chapa de la terminal del ferrocarril San Martín se destaca a nuestra derecha. En la mesa del boliche que está pegado a la estación tomamos un café y conversamos y don Carmelo ahora no dice nada porque espera que termine de pasar la gran masa de gente que baja de los trenes. Vendía curitas y esas ballenitas para el cuello de las camisas… ¿se acuerda de las ballenitas?, y vuelve a mirar hacia donde la mujer está parada y con los paquetes en la mano y la mirada como perdida. Mucho tiempo… sigue diciendo; ese es el problema de vivir tantos años, uno ve envejecer y ve irse a personas que son más jóvenes que uno. 
Yo estoy haciendo tiempo. Espero a un cliente que tiene sus oficinas aquí cerca y siempre llega tarde y entonces me vengo al boliche y me tomo un café con don Carmelo. Está todos los días en esta mesa. Está como atrapado en este barrio donde pasó gran parte de su vida vendiendo garrapiñadas y turrones y chuenga. Se paraba con el carrito en la puerta y allí cocinaba los maníes azucarados en el sartén de cobre. El olor de las garrapiñadas en las mañanas de invierno crecía desde la puerta de la estación y la gente se lo llevaba prendido a esos recuerdos que anidan siempre cerca de los lugares más tibios de la infancia. ¿Se puede esperar a alguien, toda la vida?, me pregunta ahora. Mira el aire transparente de la mañana y se termina el café y vuelve a dejar el pocillo en el plato. 
Ahora mueve las manos con lentitud. Acompaña las palabras con ademanes que parecen no querer dañar la fragilidad de ese breve mundo que trabajosamente restauran sus palabras. Estuvo casi treinta años parado ahí… dice don Carmelo; llegó una mañana de invierno y no faltó nunca. Al principio venía y se quedaba en ese rincón y no vendía nada, estaba simplemente atento a los montones de gente que los trenes descargaban a cada rato. Había llegado de un pueblo del interior… ahora no me acuerdo cual. Un chico pasa vendiendo biromes y deja un paquete encima de la mesa y don Carmelo saca una y raya una servilleta y me dice que el Curita alquiló una pieza en algún lugar de aquel barrio y un tiempo después empezó a vender curitas y biromes y ballenitas para el cuello de las camisas. 
La historia, sigue diciendo, o mejor dicho la historia de su pasado me la contó el Santia; fue mozo mucho tiempo en este boliche y a veces hablaba con él… era el único con quien hablaba. Saca los billetes del bolsillo delantero del pantalón y los alisa encima de la mesa y se los da al pibe de las biromes. El pibe le quiere dar unas monedas de vuelto y don Carmelo le dice que no con la cabeza y con aquellos ademanes lentos con los que sigue protegiendo la fragilidad del aire cargado con aquella historia. Era ayudante de un pintor… no tenía veinte años y se enamoró de una piba, una alumna de un colegio religioso donde pintaban la secretaría, la dirección o algo así… vio cómo es en esos pueblos, dice don Carmelo y vuelve a mirar hacia el ruido y hacia el desorden de colectivos y de autos que la mañana empuja hasta la puerta del boliche. 
Después dice que el Curita, que todavía no era el Curita, tenía diecisiete, dieciocho años y se enamora de la piba y la piba queda embarazada y la familia nunca le deja ver a la hija. Una familia de dinero… con alguna influencia seguramente, agrega y se levanta de la silla. Se acomoda un poco la ropa y se pone la gorra y yo lo miro para ver si termina de contar lo que viene contando. Mira hacia el rincón donde estuvo mirando toda la mañana y hace una sonrisa y no dice nada y después me mira y me pregunta para donde voy yo. Le contesto y me propone que caminemos un par de cuadras. Todavía es temprano y se puede, dice y acomoda la silla debajo de la mesa. 
Salimos. Me pregunta qué hago, de qué trabajo y yo le cuento que escribo en una revista de jardinería y hago tiempo porque tengo que cobrarle unos avisos a un tipo que importa bulbos de un par de países asiáticos. Interesante… dice pero sus ojos siguen perdidos en ese ajetreo y ese ruido de autos y colectivos a los que él no ve pero que sus ojos sí están mirando. La estuvo esperando toda la vida… dice por fin y se detiene en mitad de la vereda y se pone a mirar unos antejos de plástico que una mujer ofrece casi a los gritos. A la hija… agrega; cuando la nena tiene tres o cuatro años un día consigue que la madre se la deje ver a escondidas de la familia y él la abraza y llorando le dice que la va a esperar en la estación.
Ahora nos detenemos frente a la canasta de mimbre donde un chico vende chipá. Tiene las manos en los bolsillos y casi tiritando de frío repite la palabra chipá y dice el precio y después asegura que están recién hechas. Yo conozco este frío, dice don Carmelo y le compra una y saluda al chico y el chico le da las gracias y guarda la plata en un monederito de tela que tiene debajo de la canasta. Seguimos caminando y ahora don Carmelo saca la rosca de la bolsita y me da la mitad. 
Yo lo vi envejecer, repite… casi treinta años parado en un rincón esperando, con lluvia o con calor… con ese frio que llega hasta los huesos… siempre ahí, una vez nevó y él se limpiaba la nieve de la cabeza y seguía con los ojos atentos… esperando a que apareciera su hija entre la muchedumbre, estaba seguro de reconocerla, sola o con la madre él la reconocería al instante. Tenía un tic ¿sabe?, agrega y me mira. Se encogía de hombros, a cada rato; yo gritaba las garrapiñadas y el chuenga y lo miraba cómo a cada rato él se encogía de hombros; en los últimos inviernos no sé qué vendía, creo que alfajores o pañuelos, no sé… el pelo ya lo tenía casi blanco. Una mañana de otoño empezó a toser… fue muy rápido, dos o tres días después yo lo veía como se doblaba de la tos, se encogía de hombros y gritaba los alfajores y los pañuelos y tosía; a la tardecita vino la ambulancia y se lo llevaron. Murió en la guardia del Hospital de Clínicas. El resto me lo contó el Santia.
Nos volvimos a detener en un quiosco de diarios. Recién ahí me doy cuenta que don Carmelo se para a cada rato porque se cansa. Mira las tapas de un par de revistas y no dice nada y busca con los ojos al hombre que atiende el quiosco; enseguida le pregunta si tiene el diario de mañana porque quiere jugar a la quiniela y necesita saber los números que van a salir. ¡Carmelo querido!, le dice el hombre y sale de su prisión de diarios y de posters y revistas y lo abraza. Ya no te acordás de los amigos, le reprocha y después intercambian un par de palabras y se ríen y enseguida seguimos caminando.
Lo atiende una doctora joven, que estaba de guardia, continúa; el Santia fue con él en la ambulancia. La doctora hace todo lo que puede pero el Curita se le muere en la camilla… un paro respiratorio seguido de un paro cardíaco; después de un rato la doctora viene a pedirle los datos al Santia; el Santia le da los pocos datos que conoce y después le cuenta la historia, la historia de la espera. A medida que avanza en el relato ve como la doctora comienza a ponerse pálida, después le agarra un ataque de nervios, empieza a gritar y a pegarle al Curita muerto en la camilla. Cuando el Santia escucha los gritos no lo puede creer; la mujer se desmaya y vienen unos enfermeros a atenderla; él se aleja horrorizado. La doctora era la hija del Curita.
Las vueltas de la vida, dice don Carmelo y se queda, ahora sí, mirando el aire. Vivía hacía años aquí, sigue diciendo; había estudiado medicina, se había recibido, había empezado a ejercer y tenía del padre sólo el recuerdo remoto de un hombre que la abraza llorando, cuando ella era apenas una nena de tres o cuatro años…; dicen que se vuelve loca, nunca volvió a trabajar, durante un tiempo se la vio deambular por las calles arrastrando porquerías y dándole de comer a los gatos y las palomas… Las vueltas de la vida, repite y me estrecha la mano. Acá lo dejo, agrega y después lo veo cruzar la avenida con su paso lento y mesurado.
Al mes siguiente volví al bar de la estación. Otra vez llegaba temprano y tenía que esperar al importador de bulbos de la China. Don Carmelo no estaba. Pedí un café y agarré el diario y pensé que llegaría en cualquier momento. Después de un rato llamé al mozo y le pregunté si sabía algo del viejo. El pibe le pasó la rejilla húmeda a la mesa y me dijo que no. Es un hombre muy mayor, agregó y se puso a acomodar las sillas de las mesas vacías; entendí que se mantenía ocupado para que el encargado no lo viera hablando y sin hacer nada. Hace bastante que no aparece… venía porque quería comprobar algo… ¿le contó la historia del Curita?, me pregunta de pronto y empieza a cargar el pocillo y el vaso en la bandeja. Le respondo que sí con la cabeza y el pibe me dice que don Carmelo sospechaba que la mujer que está parada en el rincón vendiendo pañuelos es la hija del Curita. Yo no creo… me dice; demasiada coincidencia, y se aleja en dirección a la cocina. Yo me quedo mirando a la mujer por la ventana. Repito en voz baja las últimas palabras del mozo y la veo con los paquetes en la mano. Después de unos cuántos segundos ella por fin se encoje de hombros y mira la mañana con la expresión ausente y los ojos perdidos y la mirada vacía. l



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